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 40
Aniversario
Dos héroes de la Patria:
Pedro Martínez Brito
y José Rodríguez Vedo

LUIS SUARDIAZ
Día trágico aquel 10 de julio de
1958. Apenas despuntaba la mañana cuando un grupo de
connotados esbirros, a las órdenes del sanguinario
Ventura Novo, irrumpieron en el apartamento 27, del
edificio 459 de la calle B, en el barrio capitalino de El
Vedado, donde se alojaban dos jóvenes estudiantes
revolucionarios de la antigua provincia agramontina:
Pedro Martínez Brito y José Rodríguez Vedo, el primero
de Ciego de Avila (7 de enero de 1936) y el segundo de
Camagüey (8 de febrero de 1939).
Pedro
Martínez Brito.
Cercado por varios agentes de la
tiranía, Rodríguez Vedo, a quien sus amigos llaman
Tato, se lanza entre dos edificios, se fractura las
piernas y es masacrado en el acto. Martínez Brito,
conocido desde sus días adolescentes como Pájaro Loco,
logra deslizarse por una pared, mas también lo capturan,
lo traen al apartamento con la pretensión inútil de que
delate a sus compañeros ocultos en diversos sitios de la
ciudad y como no logran su objetivo lo asesinan. Después
sus cadáveres son arrastrados hacia la calle en medio de
la expectación y la ira de los vecinos. Entre las fieras
están Rosabal, Mirabal, y el traidor Calviño que tuvo
la osadía de volver como mercenario en Girón y pagó
ante el paredón sus muchos crímenes, no sin antes
mostrarse en toda su cobarde inhumanidad.
Martínez Brito se destacó en sus
días de estudiante de bachillerato en Ciego de Avila;
fue un combativo presidente de la Asociación de Alumnos
y participó también en apoyo en huelgas azucareras en
1955 con tanto destaque que la guardia rural lo golpeó
en la cabeza y estuvo a punto de morir en esa acción.
Más tarde se traslada a La Habana para estudiar Ciencias
Comerciales, la misma especialidad que pensaba estudiar
Tato, tres años más joven que él, si lograba terminar
la Escuela de Comercio.
José
Rodríguez Vedo.
Entre las tareas que cumplió como
miembro del Directorio Revolucionario sobresale el asalto
a la emisora Radio Reloj, el 13 de marzo de 1957, cuando
se produjo el ataque al Palacio Presidencial. De la
clandestinidad pasa al exilio -Panamá, Miami, Nueva
York...- y al fin logra retornar a Cuba como camarero del
vapor Reina Isabel; entra clandestinamente al país, pasa
en una urgente despedida por las calles de Ciego, arriba
a Camagüey y participa en los preparativos para recibir
la expedición del Directorio que llega a Nuevitas el 8
de febrero. Cumplida esa misión regresa a La Habana,
continúa con sus labores como tesorero del Directorio y
también como vicepresidente interino de la FEU. Pasa de
una misión a otra y de un refugio a otro, hasta que,
mientras intenta sacar la pistola de Tato, oculta bajo la
almohada, lo fulminan los plomos de la tiranía.
A Tato lo conocía desde la
infancia. En el barrio compartimos descubrimientos,
juegos, travesuras y más tarde inquietudes cívicas. En
la escuela de Comercio ingresa en 1954 y pronto se
destaca como un adversario irreductible del régimen de
facto y un audaz promotor de actos patrióticos. Cuando
se produce la toma de la Escuela por el estudiantado el
24 de febrero de 1956, él está entre los que unifican
criterios, planifican acciones y resisten la embestida de
los gendarmes. En esa ocasión lo golpean salvajemente.
Su accionar en el escenario
agramontino se hace ya problemático en extremo y se
muda, con su arma, para La Habana. Como Martínez Brito
integra las filas del Directorio y participa en acciones
armadas muy riesgosas.
En septiembre de 1957 se ve
precisado a marchar al exilio -México, Miami, Nueva
York- un accidente automovilísico en la Babel yanki
donde resultó herido le impide venir en la expedición
del 8 de febrero, mas pocas semanas después consigue
entrar clandestinamente a la Isla y en Camagüey
participa en los preparativos de la frustrada huelga de
abril de 1958. Nuevamente pasa a La Habana y aquí
despliega una actividad incesante. Consciente de su papel
y de los riesgos que asume, duerme con su pistola bajo la
almohada.
Martínez Brito fue velado y
sepultado en Ciego de Avila y su sepelio reflejó
hondamente la combatividad de sus paisanos, reafirmada
con su muerte heroica.
A Tato lo velamos en una humilde
vivienda, muy cerca de las paralelas ferroviarias en
Camagüey. Al amanecer de aquel domingo organizamos una
solemne marcha por toda la ciudad. A lo largo de la calle
República, custodiado por los azorados agentes
represivos, desfilamos, gritamos consignas, cerrando
filas integrantes de organizaciones revolucionarias,
vecinos, familiares, amigos, gente de pueblo que se unía
espontáneamente o que, desafiando a los activos
fotógrafos-policías, ocupaban las aceras y se sumaban
al duelo. Ninguno de los que participamos aquella mañana
en esa despedida que fue una acción combativa, como Tato
lo hubiera deseado, olvidaremos los ojos de muchos
jóvenes y aun de ciudadanos ya maduros que no vertían
lágrimas sino ráfagas de ira.
Han pasado cuarenta años y ya no
podría repetir las palabras que dije en el cementerio.
Pero sí que destaqué su carácter chispeante, generoso,
amistoso. A los 19 años no se puede exhibir una cuajada
biografía, con títulos, premios, medallas. Todo lo que
un joven puede ofrecer es el sacrificio de una vida para
que en el pueblo también una vida nueva comience.
Descabezar la tiranía era entonces la tarea principal.
Para conseguirlo y abrir una brecha al futuro había que
oponer a la violencia animal la violencia revolucionaria.
Aquella era también, como la de José Martí, una guerra
necesaria y Tato, como su compañero el Pájaro Loco, no
vaciló en poner en la balanza su vida única. Dijimos
que volveríamos con el triunfo a poner las flores
naturales y las acciones reivindicadoras de la
Revolución, en su tumba y en las tumbas de todos
nuestros muertos. Y así fue. Y aquí sigue en alto la
bandera de la Revolución después de cuarenta años de
una hermosa pelea que ellos también siguen librando
junto a nosotros.
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