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La felicidad tiene nombre propio

Una escuela con ocho alumnos entre el lomerío de la Sierra Maestra. Paradojas y coincidencias de un abuelo y su nieta

VLADIA RUBIO

Elizabeth Medina, la futura atleta, le escribe a Pilar, la de Los Zapaticos de Rosa, como si fuera una antigua conocida.

Las imágenes no quieren dejarse poner la rienda de las palabras y se entremezclan, insubordinadas. En un primer plano, el rostro pecoso de nueve años de Elizabeth, con sus ojos vivísimos y una sonrisa que tal parece va a tragarse todo el verdor de estos montes; al fondo, la escuelita -como dibujo de niño- con las paredes blanqueadas por cal y la bandera ondeando en un asta de caña brava.

Luisito, el más pequeño y decidido, -Pocholo como le dicen todos- respondiendo el primero a todas las preguntas; los ocho alumnos de la escuela Abel Santamaría subiendo y bajando en el cachumbambé rústico, recortada su alegría contra las montañas de la Sierra Maestra que escoltan esta región de Polo Norte, donde está enclavado el plantel, a unos 600 pies sobre el nivel del mar.

Nunca han visto la nieve y mucho menos un pingüino -que bien le harían honor al nombre del lugar-, pero de café sí que saben y de esa realidad feraz que les circunda, en la que se educan y donde lo mismo aprenden de computación que de la rica historia local o se adentran en los secretos de La Edad de Oro, tratándose con Pilar y Meñique como si fueran viejos conocidos.

Es un multígrado. Bajo el mismo techo de fibrocemento estudian niños que están entre 1ro. y 4to. grados, y a cada uno, la maestra, Misleydis Rodríguez, les da atención diferenciada, atendiendo a sus demandas de conocimientos y las característica de cada personalidad.

La profesora tiene 27 años, es de Bartolomé Masó y se graduó en 1990. Desde que estaba en 4to año, en la práctica docente, "oí hablar muy bien de Polo Norte y decidí venir. Ya hace ocho cursos que estoy aquí,... y seguiré".

La mamá trabaja en el central y el papá es obrero agrícola. En su familia no hay antecedentes de personas vinculadas al magisterio, pero desde que terminó la secundaria ya estaba decidida a ser maestra primaria "porque es muy bonito enseñar a los niños; difícil pero bonito ver cómo llegan a ti sin saber nada y poco a poco aprenden con tu trabajo y tu constancia. En particular, el multígrado me pareció algo muy complejo al inicio, pero ahora creo que me sería más complicado trabajar con un solo grado".

Algunos caminan hasta cuatro kilómetros para llegar a la elevación en que se alza su escuela; pero todos están puntuales a la hora del matutino.

A CIELO ABIERTO

En el receso, escoltados por yagrumas, majaguas, cocaenas, helechos gigantes, y los postes del tendido eléctrico, que van bordeando toda la montaña, nos sentamos a dialogar en los bancos rústicos de madera.

Los ocho niños rodearon a la reportera y al fotógrafo, primero tímidos, luego curiosos, y finalmente desinhibidos y bulliciosos como siempre son. Pero cuando les pregunté ¿Qué significaba para ellos ser felices?, volvió el silencio.

Después, aparecieron respuestas bajitas, como si estuvieran contestando un examen y tuviesen miedo a no acertar: "¿La felicidad?: es jugar al chivito pega'o"; "No, jugar a los melones"; "¡Yo tengo un libro de colorear"!

La voz aguda del más chiquitico -que como Meñique todo lo quiere saber- se escucha la más alta:

-Yo soy feliz porque mi maestra me cuida, y mi papá y mi mámá me quieren.

-¿Y tu maestra no te quiere?

Una carcajada unánime estalló, y cuando ya me estaba preguntando en qué me habría equivocado, la aclaración llegó sola:

-Es que mi mamá es la maestra.

Viven los tres juntos en una habitación contigua a la escuelita, y de los ocho centros escolares que hay en la zona, en cinco, se repite el caso de Misleydis.

Acalladas las risas, parecían agotadas las respuestas. Pero Elizabeth se había concentrado tanto repensado aquello de la felicidad, que para ella los minutos no habían pasado; así que, alzándose en puntillas para hacerse oír por todos, declaró muy seriamente:

-Soy feliz porque seré atleta, como Ana Fidelia Quirot.

Tanto era su convencimiento, que casi uno podía ver, en vez de la pañoleta roja sobre los hombros menudos, las medallas que un día le relumbrarán en el pecho.

Actualmente, es del equipo de la dirección municipal de atletismo y recibe atención directa de un activista deportivo que viene del llano, de Las Mercedes, encomendado por el INDER para desarrollar los talentos de la montaña.

EL ADAN DE POLO NORTE

Lérido Medina, el abuelo de Elizabeth, también quería ser deportista. Mucho, muchísimo antes de que le nacieran sus cuatro hijos y luego los nietos, mientras veía por televisión los juegos de pelota, el pensamiento se le iba tras el mejor batazo, y ya no estaba en su finquita, sino enfundado en un traje de pelotero de las Grandes Ligas y coreado por el público que colmaba las gradas.

La maestra Misleydis Rodríguez, desde que se graduó está consagrada a la Abel Santamaría y sus alumnos.

Se escribe fácil, pero costó bastante arrancarle esta confesión a Lérido, quien con sus 71 años, fue el primer poblador que llegara a este sitio serrano hace 55 años, y por el nombre de su finca fue que se bautizó al poblado.

Cuando llegó este Adán -primer hombre- a Polo Norte "no había caminos, ni escuela ni nada, esto era un realengo, solo trillos hechos por las bestias, y Minas del Frío, una mina de donde se sacaba mucho manganeso acarreándolo con mulo"

Lérido habla catando las palabras, modelando primero cada idea, como figura de barro, antes de dejarla escapar. Y así, con esa sabiduría honda, nos comunica que "fuimos los campesinos quienes levantamos la escuela, antes del 59, y fue la primera de toda esta región. Al principio, era de tabla y guano. La madera con que se hizo, otro campesino y yo la aserramos en Minas del Frío."

Como vive a escasos metros de la escuela, le basta señalar con su brazo fornido para indicar "El primer maestro que dio clases allí era del Ejército Rebelde, y al igual que todos los que vinieron después, paró en mi casa."

El tema de la lucha en esas montañas le hace desgranar un recuerdo tras otro y de sus labios brotan con naturalidad, nombres muy conocidos, muy respetados. Cuando le pregunto si tiene alguna medalla, algún reconocimiento que avale su contribución a esta gesta responde categórico; "Jamás pedí un papel, pero sí sé que a los que les serví, los quise y los quiero, y están ahí, vivos, para suerte de todos".

-¿Y si después de tantos años de vivir aquí, junto a la escuela que usted mismo levantó, usted que no pudo estudiar; le invitan ahora a mudarse, a ir a otro sitio? -pregunto.

-¿Dónde voy a ir que más valga?

Alguien conversa a nuestras espaldas sobre la famosa Luz de Yara. Es como una estrella, dicen, que se pone a moverse entre las lomas con una luz muy clara. Y se entrelazan las evocaciones de ese mítico resplandor con el decir de Medina, porque de una luz también él nos ha hablado, una que también nació en la Sierra y continúa alumbrando, se hizo escuela en Polo Norte, se hizo dicha en sus ocho alumnos, y ahí sigue.

Repito la pregunta, formulada una hora antes a su nieta.

-¿Eres feliz?

-Nací desnudo. Ahora tengo mis hijos que los he criado y han estudiado, tengo mis nietos que también han estudiado, ¿que más puedo pedir?...

 
 
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