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El sinsonte de la mocha
JOSE ANTONIO FULGUEIRAS
Los que no saben de tonadas campesinas piensan que tartamudea e injustamente lo apodan El Gago. El bisabuelo materno le regaló los ojos azules para encantar a las mujeres y "un nombre bien feo que no pasa inadvertido: Tranquilino Jacinto Ríos y González, para servirle". Sonríe sin prejuicio tras un bigote cano que encubre a duras penas los dientes que le faltan. Desde la cabeza pelona hacia la frente le corren unos arroyuelos apresados hasta hace unos instantes por una gorra sudada. "A mí la caña me gusta y ya tengo más de dos millones de arrobas cortadas desde que empecé en 1951. En el 63 solté la mocha y me fui a luchar contra los bandidos en El Escambray. Mis años buenos en el tajo fueron del 75 al 79, cuando corté más de 100 000 arrobas por zafra con la brigada Batalla de Yaguajay". En Ranchuelo muy poca gente no lo conoce. Los más viejos lo recuerdan sobre un jamelgo escuálido y batallador, los de ahora lo ven pasar en su Lada 1 500 ganado a mocha limpia en las Zafras del Pueblo. "Yo disfruto cortándola o sembrándola. Lo que no me gusta es guataquearla. Será porque le tengo tanto odio a los guatacas. Aunque comprendo que esa guataca si es necesaria y le da vida a la caña. Hace poco hizo el equipo Cuba y se fue hasta Jamaica a un torneo internacional: "Si me hubieran dejado llevar mi mocha otro gallo cantaría. Los jamaiquinos eran livianos y con buena técnica, pero nosotros cuatro no éramos fáciles, lo que pasó fue que nos dieron una mocha mal afilada y a las tres horas ya no podíamos ni peinarnos". Los ojos le brillan con la frescura del guajiro nato, hasta que rompe en una carcajada: "óigame, conmigo iba de pareja Tomás Torres, un negro de Matanzas que es un diablo cortando, pero aquellos prietos jamaiquinos con un pañuelo en la cabeza empezaron a picar y cantar y aquello parecía un infierno. En medio de esa gritería y la mocha sin filo, el matancero me dijo: ¡Ay mi madre purísima¡, y yo le grité: "guapea, guajiro, que no podemos rajarnos aquí, carajo". "En Jamaica nos atendieron muy bien todo el tiempo. Nos fuímos sin medalla -porque no me dejaron llevar mi bate de aluminio-", replica este cantor silvestre, quien siempre que se toma las primeras cervezas empieza a rememorar sus años mozos de pelotero, cuando le decidió aquel juego a Aquino Abreu en Mataguá, o cuando Santín le metió tres ponches en aquella tarde aciaga de Santa Lugarda. La mayor tristeza le vino precisamente este año cuando una ciatalgia lo dejó tendido en la cama sin moverse: "A mi que en 59 años y pico no me había dolido ni un dedo. Yo pensé que nunca iba a volver a mi brigada `Dos Ríos', pero ya ve, estoy aquí de nuevo de pelea y siempre en el surco, porque a mi me gusta dirigir con la mocha o la caña en la mano". Repentista de verso fácil se bate en una cuarteta con cualquiera: "cuando fui a La Habana a un acto por mis 11 años de Vanguardia Nacional, un poeta empezó a cantarle a todas las provincias, pero no mencionaba a Villa Clara, y yo me paré y le dije improvisando que allí había un hijo villaclareño y terminé la decima así: tengo la mente más clara/ y multiplico mi afán/ desde que en mi suelo están/ los restos del Che Guevara/." Con dos hijos, 32 años de casado con una esposa como Teresa a "quien hay que ponerle una medalla en el pecho", este militante del Partido recibió también en 1998 la mayor felicidad de su vida: "Cuando me impusieron la Orden Lázaro Peña de Segundo Grado, Fidel se me acercó, me puso la mano en el hombro y me preguntó: ¿Viejo, hasta cuándo tú vas a estar cortando?" "Entonces lo miré y le dije: hasta que tenga fuerza, Comandante". Y desde el corazón le empezó a gorjear más nítido que nunca antes su inseparable y diáfano sinsonte. |
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