Sagua de Tánamo

A Pepe Santiago no lo asustan las breñas

ALEXIS ROJAS AGUILERA

SAGUA DE TANAMO, Holguín.-A Pepe Santiago Herrera, Tito, las breñas -tierras quebradas llenas de malezas- no lo asustaron. Las conoció desde su niñez campesina y son muchas las que tuvo que enfrentar en la vida. "Estas de ahora no me iban a quitar el sueño", dice sonriente, mientras extiende el brazo mostrando lo hecho en menos de un año.

El es uno de los muchos hombres de la montaña que han regresado a ella, esta vez como usufructuario de siete caroes de tierra entre barrancas y bajíos, de la finca La Caoba, cerca del punto conocido por El Jobo, como quien va para La Alcarraza en busca de los límites con Guantánamo. Pero Pepe no regresó solo porque varios de sus hijos lo acompañaron en esta vuelta a las raíces.

"Yo era no hace mucho trabajador agrícola. Gracias a la Revolución pude hacerme técnico en café. Por esta Revolución estoy aquí y mis hijos pudieron estudiar y no perder el amor a la tierra. Saben que de la tierra todo viene y a ella siempre hemos de volver.

"Soy hombre de la montaña que un día atraído por las estrellas eléctricas se fue al llano. Pero no estaba completo, mis estrellas son otras, esas que cada noche se ven limpiecitas en el cielo. Entonces me descubrí pensando en mis lomas y cuando supe que podía volver a trabajar la tierra como mía, no lo pensé mucho. Hasta solo hubiera regresado."

Recibió José (Pepe) Santiago siete partes de caballerías que parecían nunca habían sentido la acción de una "guataca" afilada y un machete "despalmado". Verdad que quizás a otro le hubiera sacado frío de la columna vertebral tanto bejuco espinoso, tanto matorral innoble, tanto guao ardiente, pero a él no. Y le entró con los brazos y con el corazón.

Hoy no puede menos que sentir regocijo, pues tiene resultados. "Cojo esos dos caroes (que es la medida agraria de la montaña) sembrados completicos de un café arábigo que va arribando con gusto y placer y que en no tanto tiempo será todo un cafetal para respetar. Porque además seguirá creciendo, sin faltarle una postura, sin carecer de atenciones".

Enseña su yucal, que en una suerte de equilibrio se empina triunfante en una pronunciada falda, en tanto le encuentra mejor acomodo, porque bien conoce que no es el sitio ideal por los probables efectos de la erosión, aun con las medidas de contención que él tomó. Por eso ya le echó el ojo a otro pedacito que será su futuro plantío.

Pero se desborda de entusiasmo cuando muestra un arrozalito en ladera que es una belleza y del que espera comer bastante. "Arroz de secano, noble y vividor. Fíjate lo verde y fuerte cuando casi no le ha llovido. Creo que parirá bien aún en estas condiciones nada propicias de falta de humedad. Me decían que en esta laderita no se daba nada, pero quise probar y no me quejo. Tiene ahora cuatro meses".

Cuenta de las crías de pollos y cerdos, de sus bueyes patifinos que son tractores y de la casa que está construyendo para dejar el ranchito con que plantó bandera de nuevo, y de lo bien que se da el guineo (plátano), el maíz, la calabaza, los boniatos, y de que para lograr estas cosas no se puede andar mirando el reloj ni escondiéndole la espalda al sol.

Pepe Santiago no es hombre que las breñas lo asusten y menos en sus montañas de estrellas limpias.

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