|
|
 Kurosawa
para siempre

Rolando Pérez Betancourt
Akira Kurosawa acaba de decirle adiós a la vida a los 88 años de
edad dejando en lo alto la rúbrica de los grandes. Su transcurrir por el mundo del cine
fue una constante reafirmación artística y una lucha en contra de los mercaderes que
trataron de enrolar su talento en beneficio del consumo más ramplón. Hollywood lo llamó
cuando ya él era grande. Fue, miró, comenzó a escuchar proyectos y con la dignidad de
los irrepetibles hizo las maletas del regreso.
Akira
Kurosawa fue capaz de mantener un talento renovador con el transcurso de los años. Desde
hace mucho tiempo, la historia del cine le abrió un espacio en la tribuna reservada a los
grandes de verdad.
En 1950 Kurosawa había asombrado al ámbito cinematográfico
internacional con una historia que era un estudio sobre el crimen y la violencia desde
diferentes puntos de vista. Rashomon, León de oro en Venecia, le abrió las puertas de
Occidente y tras él al cine japonés, casi desconocido aun para los entendidos. Pintor
seducido por el cine, las películas de Kurosawa se caracterizaron por sus planos
concebidos como cuadros y por una manera muy particular de observar al mundo, sus
grandezas y miserias, desde una óptica que partiendo de una exploración en la identidad
nacional del cineasta, alcanzó esa universalidad a la que aspira todo artista. Su Macbeth
y Rey Lear se recordarán como adaptaciones muy inteligentes de Shakespeare, una
transposición poética a la realidad japonesa en tiempos de feudalismo, que demostró la
asimilación de un mundo al otro sin dejar de ser el mundo de todos.
Para el gran público cubano, Kurosawa comenzó a ser conocido y
admirado a partir de los años sesenta: El idiota, Los siete samurais, Trono de sangre,
Sanjuro, Dodes ka-den, Kagemusha, Ran, y otras más nos trajeron un cine portador de una
gramática en no pocos aspectos renovadora y hasta entonces signada en buena medida por el
cine norteamericano, pero rápidamente asimilada y aplaudida. Ver un Kurosawa se
convirtió en una fiesta y los críticos hacían de cada uno de sus filmes un debate
nacional.
Pero no todo fue un sol relumbrante sobre la cabeza del artista:
Ganador de los más diversos premios internacionales, el director japonés conoció
también una etapa de esquinazos y olvidos. De buenas a primera pareció como si todos,
danzando en un aquelarre adorador del dios fortuna que traía la realización de filmes
comerciales, se olvidaran de él, precisamente cuando el gran director aseguraba que le
quedaba mucho por decir. Hombre de sensibilidad extrema, Akira Kurosawa cayó en una
crisis depresiva ante las muchas puertas que se le cerraban. Entonces trató de encontrar
la salida mediante un intento de suicidio. El optimismo se lo devolvería la posibilidad
de filmar Dersu Uzala (El cazador) en la Unión Soviética en 1975. La cinta obtuvo el
Oscar a la mejor película extranjera y demostró que había Kurosawa para rato, un rato
tan largo que terminó poco antes de su muerte, cuando ya, impedido de rodar por su
avanzada edad, se refugió en la pintura.
Algunos de sus últimos filmes, realizados en la década del
noventa, no son conocidos por el espectador cubano. Verlos, de cualquier forma, sería una
magnífica oportunidad de seguir reverenciando al cineasta que lejos de su tierra, en el
trópico, también encontró un aplauso en el corazón reconocedor del buen arte. |