DEPORTES

¿Probar facultades?


ENRIQUE MONTESINOS

CUANDO LA Revolución desapareció de golpe el deporte rentado, sobre todo el béisbol y el boxeo, el respaldo popular fue prácticamente unánime.

Aquella generación conocía perfectamente, sufría en carne propia, la maquinaria de lucro y explotación que se agazapaba detrás de una actividad sana como el deporte.

El concepto de aficionado, como estandarte para proporcionar glorias al país, satisfacciones al pueblo, fue arraigándose cada vez más.

La guerra decretada por el Imperio frente a nuestra nación siempre alentó las deserciones, la traición, y sobran ejemplos de respuestas patrióticas, viriles, hasta con los puños, en distintos escenarios, los cuales llenaron de orgullo a nuestro pueblo.

En los últimos tiempos -cuando el deporte aficionado perdió solidez con la desaparición del campo socialista, y el profesionalismo comenzó a engullirse los ideales olímpicos- también ha ganado terreno el carril de los enemigos de Cuba dedicado a destruir la imagen positiva -insoportable para ellos- que impregna en la arena internacional el deporte cubano.

Ya se han descubierto y denunciado planes concretos que forman parte importante de la estrategia global contra Cuba, porque vale la pena tener claridad de que la actividad del músculo no está fuera del contexto político-ideológico que entraña la agresión.

Quienes piensen que solo existen motivaciones "deportivas" se equivocan de plano.

Por estos días he escuchado el argumento justificativo para ciertos deportistas que olvidan su compromiso con el pueblo en el cual nacieron de que "querían probar sus facultades físicas al máximo nivel".

La Revolución no ha prohibido que equipos de las llamadas Grandes Ligas vengan a medir fuerzas con nuestros peloteros. Han sido las leyes de aquel país las que truncaron, unas tras otras, todas esas intenciones.

Tampoco Cuba ha impedido que compitan allá representando a su Federación y al país bajo las normas establecidas. De hecho, una amplia gama de técnicos y profesionales de distintas ramas aportan sus conocimientos, previo contratos favorables para ambos, en cientos de países.

Por eso pienso que esos términos de "motivaciones económicas" o "probar facultades deportivas" forman parte de una intencionalidad que intenta enmascarar las verdaderas razones del proyecto anticubano en este sector.

Recientemente se conoció que el agente principal instigador de las deserciones de peloteros ha ingresado a sus arcas personales más de tres millones de dólares sin invertir un centavo. ¿Cuántos dueños de clubes y otros acólitos que siempre existen también se llenarán los bolsillos a costa del empeño de un país en desarrollar el deporte?

Otro "argumento" esgrimido por algunos que pretenden justificar lo que el pueblo condena es: " si la vida le dio esas facultades..."

Cierto es que cada cual tiene un por ciento de facultades innatas, pero son el medio y las posibilidades en que se desarrolla los que finalmente determinan si las puede explotar o no.

Un veinteañero de la actualidad, debe tener presente que su realización individual, como la de sus progenitores, ha sido respaldada por los programas de salud, educación y deporte que la Revolución implantó desde sus inicios con el esfuerzo y la contribución de los trabajadores, de modo que desaparecieron enfermedades crueles, como la polio; se redujo a límites insospechados, para un país asediado, la mortalidad infantil; la enseñanza hasta el máximo nivel es un derecho materializable.

Afanes que llevaron a la formación de profesores en educación física y licenciados para detectar los talentos del deporte desde las edades más tempranas; que construyeron internados con las facilidades materiales, técnicas y científicas posibles para desarrollar el alto rendimiento.

Denuedo para costear y garantizar las confrontaciones nacionales, el fogueo internacional, asistir a las más grandes competencias deportivas donde se dan a conocer internacionalmente.

Si ese esfuerzo lo hemos hecho todos, unos más, otros menos, pero de conjunto, resulta bien legítimo que aspiremos a los frutos.

No nos dejemos engañar por cantos de sirena que exacerban los rasgos de egoísmo para destruir la unión que nos fortalece.

Si hubo descuido en la preparación político-ideológica de algunos, más que reconocerlo, hay que ganar la batalla emprendida para revertir la situación, sobre todo apoyados en los miles de ejemplos positivos.

De quienes agradecen a su pueblo y a la Revolución la cuota innegable de sacrificio entregada para proporcionarles la maestría deportiva, frustrada en otras muchas latitudes, con similares aptitudes, por falta de recursos, apoyo de la sociedad, o ambos.

De aquellos que valoran los principios por delante de las ventajas económicas, indudablemente tentadoras en medio de las dificultades actuales; de quienes por probar sus facultades al máximo nivel -aspiración por demás legítima y humana- no conciben traicionar a su gente, a sus valores, no toleran imposiciones y, mucho menos, aceptan convertirse en una mercancía.


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