CULTURALES

Todo al fuego


PEDRO DE LA HOZ

Todo al fuego, la serie de aventuras de Eduardo Moya que acaba de finalizar, desconcertó, en un inicio, a muchas personas del medio. Un tratamiento dramatúrgico inusual, regodeo en ciertas imágenes, una estetización explícita de la puesta en escena, una banda sonora destacada a un primer plano (incluso, por momentos, tapando parlamentos), y una marcada oscilación entre los contenidos históricos-conceptuales y la acción pura, hicieron de este material, que recrea el original Tierra o sangre, de Abraham Rodríguez, a un punto en el que el anglicismo remake queda estrecho, una feliz curiosidad en la programación dramática de nuestra pequeña pantalla durante 1997.
No creo que todo haya salido a pedir de boca: pueden cuestionarse la pertinencia de una serie dramática que excede la caracterización del espacio Aventuras, o la relativa lentitud de los veinte primeros capítulos en los que faltó la vivacidad propia del género, o el tratamiento esperpéntico de los elementos lumpen, o el controvertido cabo Guao, demasiado folclórico para su maldad, pero el saldo general revela muchas más ganancias que pérdidas.
Moya tocó una zona sensible y necesaria: la lucha por la tierra en el marasmo neocolonial de la república cubana anterior a 1959. En todo caso, se trata de la lucha por la dignidad, por la solidaridad, por la justicia, valores que no pueden ser olvidados en un mundo como el de hoy.
El espectador cubano no vive en una urna de cristal; recibe imágenes de una realidad en apariencia complaciente, en la que todos los problemas se resuelven a partir de la filosofía del más burdo pragmatismo. Detrás de esa realidad se esconden cifras escalofriantes que definen la situación y desmienten las virtudes del modelo en boga.
Sin memoria no es posible instalarnos en el presente ni pensar en el futuro. No nos podemos dar el lujo de la amnesia. Si nuestros 90, pobres pero resistentes, nos definen como un proyecto alternativo válido ante la pérdida de valores de la contemporaneidad, es porque hubo carne y sangre sacrificadas a lo largo de una historia que merece ser contada y asumida.
Hacerlo bien, de una manera atractiva e interesante, es el reto de nuestros realizadores. Muchas veces el teque o la simplificación han arruinado nobles propuestas. En Todo al fuego, Moya consiguió presentar el tejido social de una época, los vericuetos del poder en el ámbito rural, la confrontación de intereses y aspiraciones que se reflejan en esa categoría llamada lucha de clases que tampoco ha dejado de operar objetivamente en la actualidad. Y todo esto lo logró mediante una puesta en escena retadora, desafiante, nada plácida, apelando por momentos a claves sugerentes, como la de cerrar cada capítulo con La belleza, una canción de Luis Eduardo Aute que constituye una suerte de arte poética para estos tiempos y la mirada asombrada de los luchadores comunistas sobre las listas de precios en uno de nuestros mercados agropecuarios de hoy.
En su carrera como director, Moya siempre le ha abierto espacio a jóvenes talentos, a más de extraer a actores de probada eficacia lo mejor de sí. Todo al fuego nos trajo impecables actuaciones que no nos sorprenden: ya sabemos que Isabel Santos, Rubén Breñas (1997 el año de su consagración definitiva), y Mario Limonta poseen una capacidad histriónica admirable. Pero también destacaron, por su ajuste a las exigencias, Serafín García y Oscar Llaguno, actores de reparto no siempre bien aprovechados en otras ocasiones. Gustó apreciar a Francisco Candelaria, veterano en las tablas, con buen pie en la TV, así como el retorno de Iván Colás. Y mucho más, el desempeño de jóvenes como Hugo Reyes, Violeta Rodríguez, Hiram Vega y, de manera extraordinaria, Bernardito Menéndez, cuyo Tinté es modelo de antihéroe: distante de todo maniqueísmo.

 


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