Líneas para una hondureña
sin nombre

SUSANA LEE

Ahora, cuando el Mitch ha vuelto a resurgir luego de haber dejado una fatídica estela de muerte en Centroamérica y de sumir aún en una mayor miseria a dos hermanos pueblos de esa región -Honduras y Nicaragua-, los más azotados por los efectos de la fuerza demoledora de sus torrenciales lluvias, una no puede sustraerse a los encontrados sentimientos que semejante tragedia le provocan.

Aún sin la cuantificación total de los estragos -¿quién sabe si alguna vez podrán saberse?-, las imágenes de las televisoras extranjeras, los despachos de prensa, las declaraciones de algunas víctimas de semejante catástrofe ¿natural o social? o de testigos posteriores de sus dramáticas consecuencias, nos han llenado de congoja... y, ¿por qué no?, de una solidaria impotencia.

Todavía tengo fijo en la memoria el rostro de una hondureña, entrevistada por un canal de noticias, a la puerta de su desvencijada vivienda en la zona pronosticada a ser embestida por el huracán -Mitch apenas iniciaba entonces su paso devastador después de cruzar sobre la deshabitada isla de Swan-, y de cuyas escasas y casi inaudibles palabras, solo presentí la amargura de una pregunta sin respuesta: "¿Y qué hacer?- ante el "aviso- trasmitido por las autoridades del lugar de que "hay- que evacuarse... Así, sin más, y esto, si cabe, le dio la ventaja, al menos, "de saber- lo que podría acontecer porque ahora también se sabe de denuncias de lo que en algunos de estos países ni siquiera se informó.

¿Habrá podido evacuarse por sus propios medios? ¿Habrán logrado sobrevivir ella y su familia? ¿Estará acaso entre los miles de desaparecidos, quién sabe si bajo las montañas de lodo que descendieron por las laderas cercanas? ¿O estará, si corrió mejor "suerte-, entre las decenas de miles que han quedado sin hogar o el millón de damnificados en la región?

Escribí "encontrados sentimientos- porque no se puede, ante tales acontecimientos, obviar lo distinto que es mi país, con todo y sus penurias económicas, su necesidad de viviendas, sus casas sin pintar, sus calles con baches, su escasez de recursos, los deseos siempre por encima de las realidades...

Y pensaba en el Lili, en el Georges y hasta en el propio Mitch, en la permanente información que se brinda al pueblo y el riguroso cumplimiento de las medidas previstas en cada etapa por la Defensa Civil, aunque todo ello obligue a cuantiosos gastos -que nunca siquiera se mencionan- por los recursos de todo tipo que se movilizan, sin reparo alguno, en función de preservar lo más preciado, la vida de cientos, miles o decenas de miles de cubanos...

En los miles de ciudadanos, no pocos a veces con gran esfuerzo de persuasión, son evacuados en el primer alerta, en previsión, en muchas ocasiones incomprendida, de lo que pudiera ocurrir horas o días después.

En las previsiones inimaginables que se toman por la dirección del país, de las provincias, de los municipios y hasta de los Consejos Populares, ante las peores alternativas de cada fenómeno atmosférico que nos amenaza.

En el trabajo infatigable que se despliega en aras de garantizar cada tarea, asegurar al máximo cada recurso, impedir consecuencias advertibles -es ante situaciones extraordinarias y claro que quisiéramos que fuera siempre, y poco a poco lo va siendo-, pero, sin dudas, enaltecedor cuando al final de estos eventos, sucedan o no, los daños son los mínimos gracias a ese esfuerzo colectivo, como también en el que se acomete de inmediato a todos los niveles, cuando lo ha requerido la situación, para recuperar lo perdido.

Y pensaba asimismo en la premisa básica de la Revolución de que nadie queda desamparado, ni en las peores circunstancias que se puedan estar atravesando.

Recientes pruebas lo evidencian con las medidas que tomó el Gobierno Central en favor de los millones de personas afectadas por la intensa sequía padecida en las provincias orientales, o por el paso del huracán Georges, o dirigidas a los segmentos de población más sensibles -niños y adultos mayores de 60 años- que se verían perjudicados en todo el país por el déficit de productos del agro derivado de tales inclemencias climáticas, sin contar otros esfuerzos en construcción y reparación de las viviendas e instalaciones dañadas, en obras hidráulicas, en la agricultura, etc., que en total suman decenas de millones de nuestras escasas disponibilidades en divisas.

Y pensaba, además, en las numerosas muestras de solidaridad humana interna que siempre acompañan estos avatares, y hacia el exterior, que nunca falta, haya o no período especial: ahí está ya, en República Dominicana hace un mes y en Honduras, apenas horas, la representación solidaria de nuestro pueblo en su preciado personal de salud, en los lugares donde las autoridades de esas naciones han determinado que es más útil su concurso.

Por todo eso y por mucho más, mis sentimientos encontrados... y estas líneas para esa hermana hondureña sin nombre que ojalá aún viva en la zona de La Mosquitia y nuestros médicos puedan devolverle aunque sea un poco de esperanza...

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