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Cuba: la forja de una nación

JOSÉ A. TABARES DEL REAL

Cuba: la forja de una nación, publicada recientemente por la Editorial de Ciencias Sociales, integra en dos volúmenes un total de 1494 páginas, cuidadosamente encuadernadas en cartoné, en las que el doctor Rolando Rodríguez nos obsequia un recorrido global crítico, y más allá de todo tipo de convencionalismos y lecturas dogmáticas o monocordes -propias del pseudomarxismo y de la historiografía burguesa o pequeño burguesa-, del acaecer cubano durante los siglos XVIII y XIX. Por añadidura, el autor nos anuncia que, pese a su extensión y a la diversidad de temas abordados, se trata de una obra aún inconclusa que se coronará con el estudio de la dictadura de Machado y la Revolución del 30, en un quehacer posterior.

Esta es, sin duda, la labor de un erudito. Hay quien, al presentar su tesis doctoral profundiza en un tema, generalmente monográfico, con lo que se brindan informaciones y valoraciones novedosas, pero constreñidas a un objeto singular de estudio cuya vinculación con el proceso histórico cubano, a través de largos períodos, no siempre queda claro.

En su erudición, Rolando Rodríguez recuerda a Ramiro Guerra y a algunos de sus siempre magníficos libros. El positivismo de Guerra, lejos de servir para afear su labor, se convirtió en uno de los más lúcidos ejemplos de lo que es un trabajo de primera calidad, juicio que no puede silenciar algunas de nuestras bien razonadas negaciones a algunos criterios y perspectivas de Guerra. Rolando Rodríguez recorre en estas páginas un camino más acertado, mejor y más difícil: el de intentar, desde su adhesión a las ideas marxistas, ofrecernos una visión total y no almibarada de los procesos históricos que tuvieron lugar durante los siglos XVIII y XIX.

La conversión de los hijos de la tierra en criollos y de estos en cubanos; las contradicciones que señorearon la Cuba colonial; el surgimiento y esplendor de los propietarios azucareros y el porqué de sus sucesivas posiciones políticas; el papel del esclavo en la economía, la sociedad y la política cubanas; las tempranas y siempre crecientes ambiciones hegemonistas de Estados Unidos hacia Cuba; las discrepancias y antagonismos en el seno de los dirigentes e intelectuales independentistas cubanos e, incluso, el papel poco feliz de algunos de ellos, así como muchos otros fenómenos más llenan, sin maquillajes innecesarios, los dos volúmenes de esta obra.

Desde luego que los profesionales y no profesionales de la Historia discreparemos, en más de una ocasión, de esta o aquella idea particular del autor. ¡Eso no importa! Lo básico es que el libro, o mejor dicho, los dos tomos (¿uno o dos libros?) nos ofrecen informaciones que hasta ahora desconocíamos, procedentes de trascendentes fuentes estadounidenses y europeas y una visión enriquecida por ellas y las cubanas. Además, el autor nos regala un modo oxigenado, sin camisas de fuerza de interpretación del pasado. También es de subrayar que en la obra tenemos motivos más que sobrados para estudiar lo que él dice sobre el ayer, sin dejar de compararlo con lo expresado por los historiadores que lo precedieron.

Ahora esperamos que Rolando Rodríguez nos entregue el anunciado volumen de sus tareas historiográficas, que nos dará nuevas luces sobre la Cuba neocolonial, la dictadura de Machado y la Revolución del 30.

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