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El camino de las músicas
que se encuentranEl son y el jazz honran a Harold Gramatges
Pedro de la Hoz
Nadie que se respete niega aquello de que no hay músicas mejores que otras, sino buena o mala música, cada una enmarcada en estilo, formato y función social diferentes. Pero del dicho al hecho, más que un trecho queda por recorrer en este mundo donde las industrias culturales y la impronta del mercado han consagrado divisiones y parcelas, incompatibilidades y reducciones. En Cuba, si prestamos interés a la tradición, sobran ejemplos de vasos comunicantes entre lenguajes musicales diversos: cómo no admirar en las danzas de Cervantes el sabor de las calles habaneras o en los danzones de Urfé y Romeu la presencia de Mozart y Rossini o la idéntica facilidad con que Lecuona y Roig se entregaron al bolero y a la lírica.
Pienso que en ello tiene mucho que ver el carácter eminentemente sintético de nuestra cultura musical, culta y popular a la vez, de modo tal que siempre saltó por encima de usos sociales conservadores. Con la democratización del acceso a la cultura registrado en los últimos 40 años, esa síntesis acentuó todavía mucho más. No hay prácticamente un músico en las orquestas de baile que no haya tenido una formación académica rigurosa o desconozca los códigos sinfónicos, de cámara y operísticos. Y no hay músico de nuestras agrupaciones sinfónicas o especializado en el repertorio clásico que no sea capaz de incursionar en géneros populares de la canción o la danza. En la historia más reciente, por solo citar un par de botones de muestra, nos llena de orgullo saber que las excelencias de la Nueva Trova cuentan con la contribución de Leo Brouwer y que José Luis Cortés, en uno de sus temas de mayor impacto, cite a Bach.
De tal manera fue más que coherente que los músicos llamados populares -diría mejor, que soneros y jazzistas- hayan rendido homenaje al maestro Harold Gramatges, por la obtención del Primer Premio Iberoamericano de Música Tomás Luis de Victoria. Bobby Carcassés, Frank Emilio y Jóvenes Clásicos del Son lo hicieron en representación de sus colegas. Harold recordaba, con toda justicia, cómo él, santiaguero de pura cepa, o lo que es lo mismo, profundo catador del son, ha tenido entre sus alumnos a Bebo Valdés, el padre de Chucho, y, en el ISA a los más jóvenes soneros y salseros.
Ese es el camino de las músicas que se encuentran y funden, el de una indentidad forjada hoy conscientemente. Por su simbolismo, el gesto debe ser lección para quienes tenemos responsabilidades en la promoción y la difusión de la cultura.