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 Marinello y García Lorca

LUIS PAVON
LOS RIGORES del centenario juntan
estos nombres que nos evocan imágenes distintas e
igualmente entrañables. La de Lorca es eternamente
adolescente: El propio Marinello lo describió como
"un muchacho saludable y parlero, ebrio de vida y de
canto", aunque la memoria coloca inevitablemente
sobre el rostro juvenil la impronta de haber llevado
"a su gloria / ese horror en los ojos de último
fogonazo", según inolvidable poema de Alberti. De
Juan guardamos la estampa del anciano sereno, de prosa
magistral, y ademán combativo, dueño de sabiduría
ganada en larga vida ejemplar. Sin embargo, cuando se
conocieron en La Habana, en el verano de 1930, ambos
estaban por arribar al cumpleaños treinta y dos de sus
vidas. Lorca lo alcanzaría el cinco de julio; Juan, el
dos de diciembre.
El poeta fue invitado a Cuba por la
Institución Hispano-Cubana de Cultura que presidía Don
Fernando Ortiz. A Marinello, como vicepresidente de la
Institución correspondió acompañarlo en sus días
cubanos. Así nació una amistad breve y cálida.
"Para el queridísimo Marinello, con un abrazo y la
devoción de Federico" estampó el granadino en el
ejemplar de "Canciones" que entregó al cubano
quien lo guardaría como valioso tesoro. En uno de
aquellos encuentros Lorca entregó a Juan algunos de sus
últimos poemas, de inmediato publicados en Revista de
Avance, y le mostró el borrador de "Son de Negros
en Cuba".
En Avance quedaron igualmente las
reseñas de la estancia del poeta escritas por su
anfitrión cubano. Desde entonces la obra de Lorca fue
objeto de estudio y pasión de la prosa marinelleana.
Cuando el mundo conoció el asesinato del poeta por los
fascistas perpetrado en agosto del 36, entre las primeras
voces en alzar la denuncia estuvo la de Juan que asumió,
en las páginas cubanas de Mediodía, en las
costarricenses de Repertorio Americano y en la
publicación de la Liga de escritores revolucionarios de
México, carácter continental. Luego, en 1937, el viaje
de Marinello a la España combatiente sería de diario
recuerdo del poeta, como registrarían las páginas de
libro "Momento Español". Años más tarde, en
otro de sus grandes libros de ensayos,
"Contemporáneos", estaría también presente,
y en una larga sucesión de notas, artículos
periodísticos, conferencias y manifiestos, Juan dejaría
fiel constancia de su devoción. En 1939 alentaría a
Paco Alfonso y otros artistas cubanos que llevaron a las
tablas, en la clausura de la III Asamblea del primer
Partido Marxista, por primera vez en nuestro país, ese
canto de amor y libertad que es Mariana Pineda.
En Marinello podemos encontrar,
junto a la valoración literaria que inserta, con
acierto, al poeta entre los clásicos del idioma, la
admiración hacia la estética del artista, el humanismo
poderoso que la reacción segó brutalmente, porque Juan
supo encontrar en el juglar de Romancero Gitano y hondo
cantor de Poeta en Nueva York el paradigma del
intelectual que nunca fue neutral ante la gran disyuntiva
de su tiempo, estrictamente leal a su pueblo, en verso y
vida.
Dijo del gran poeta que en su
cabeza "andaba, a caso sin saberlo él mismo, ese
ímpetu de amor y de bien, de unidad suprema que alienta
la Revolución de ahora". Y asumió su nombre, con
justicia, entre las nobles banderas de la lucha del
pueblo.
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