| CULTURALES |
El paciente inglés
ROLANDO PEREZ BETANCOURT
Superados los dimes y diretes en torno a la realidad y la ficción revueltas en El paciente inglés, queda la película, sin duda una entrega fuerte en el campo artístico. Cuando el filme de Minghella vio la luz y obtuvo una lluvia de nominaciones para el Oscar, los historiadores se echaron sobre él para tratar de poner las cosas en su sitio: Al contrario del romántico conde Laszlo de Almasy que tan brillantemente interpreta el británico Ralph Finnes, el verdadero, el de carne y hueso, resultó ser un colaborador de los nazis por propias convicciones fascistas, coagente de gran eficiencia gracias a sus conocimientos del desierto y amigo del mismísimo general Rommel, a quien no dudó en escribir pidiéndole la liberación de un apuesto oficial nazi que había cometido un pecadillo de segundo orden y que desde hacía rato venía atolondrándole los latidos del corazón.
Un filme con un aire épico que no resulta desconocido, pero también portador de un riesgo de estructuras que en tiempos de guiones de corta y clava posee un mérito y una eficacia innegables.
Ya en la novela del canadiense Michael Ondaatje, cineasta luego volcado a la literatura, algunos hechos verdaderos habían sido cambiados en aras de obtener aquel opuesto a la verdad en aras de la verosimilitud, de que hablara Goethe. Se alteró la historia, las certidumbres políticas del conde -un recalcitrante aristócrata- y por supuesto el sujet amor, enroque que eliminó al oficial nazi y en su lugar hizo aparecer a esa dama de abolengo atrapada en las garras de la pasión y a la cual la Scott Thomas, con su actuación, convierte en un personaje memorable.
Dejadas a un lado las siempre llamativas confrontaciones realidad vs. ficción, queda una filme vasto, de múltiples lecturas a partir de su aliento épico, apasionado y también reflexivo en torno a la guerra, al concepto fidelidad, las grandes y pequeñas cosas que dan aliento a la vida y por supuesto, la muerte abroquelada en el rincón más insospechado de la existencia. Y todo ello expuesto mediante una narrativa de rejuegos geométricos, pulsada con habilidad por el director Minghella para ir de una historia a la otra, de la desmemoria a la evocación, contando siempre con un espectador atento a esos riesgos artísticos del novelar que él asume y que el espectador, atrapado en una época de películas facilonas, elevado ahora por el desafío de volar en grande, agradece. Porque además de la historia amorosa de fuerte garra, en la cual algunos han querido ver reflujos de una casi decadencia romántica, uno de los grandes méritos de la cinta hay que buscarlo en su diseño.
Salvando pocas diferencias, resaltan paralelismos melodramáticos entre las tragedias amorosas de El paciente inglés y Titanic. En ambas la muerte viene a sellar un canto a la alegría, pero también en las dos (y a pesar del toque dulzón que no le falta a la segunda) las puertas se abren a la vida tras el naufragio de sus urdimbres románticas. Es así que mientras el amor imposible de los protagonistas de El paciente inglés sucumbe ante ese gran portador de sinónimos llamado destino, dos otros importantes personajes salen de la oscuridad en que se encontraban sumidos para ir ganando las primeras luces del sol: la enfermera interpretada por ese encanto de mujer que es Juliette Binoche y el ladrón-espía que encarna el siempre efectivo y especialista en dualidades que resulta ser Willem Dafoe.
Una luz para la vida que los espectadores atrapados en la historia también deben haber sentido muy cerca.