ELSON CONCEPCION PEREZ
UNAS SEMANAS después de la proclamación en 1949 del Tratado
de Washington, que diera origen a la Organización del
Tratado del Atlántico Norte, un articulista de la prensa
estadounidense escribía:
"La OTAN se ha creado para mantener a los rusos fuera, a
los norteamericanos dentro y a los alemanes sometidos".
Había culminado la II Guerra Mundial, y la llamada guerra
fría se imponía en el mundo, como eje de las relaciones
entre los bloques políticos y militares.
Estados Unidos se convertía en el centro de esa nueva
política, y para ello contaba, además, con una industria
militar en desarrollo vertiginoso, y una economía que, lejos
de sufrir daños, se beneficiaba con el auge de la
confrontación y el crecimiento de la maquinaria de guerra.
Medio siglo después la Alianza Atlántica y su principal
progenitor -el gobierno de Estados Unidos- a renglón seguido
del derrumbe del campo socialista europeo y la
desintegración de la URSS, aprueban la adhesión de las
primeras repúblicas ex socialistas y la aspiración de
otras, a ingresar en esa institución bélica.
Y qué mejor para la celebración de medio siglo de
existencia que la convocatoria que ya hiciera el presidente
norteamericano, William Clinton, para realizar una cumbre de
la OTAN en Washington, en la primavera de 1999, donde
oficialmente quedarían integradas Polonia, Hungría y la
República Checa.
La idea de ampliación tiene su origen en la necesidad de
consolidar, no solo económicamente -cosa no lograda-, sino
desde el punto de vista militar y estratégico, a los países
del este y centro europeo, luego del final ventajoso para
Occidente de la época de la guerra fría.
Otro elemento a tener en cuenta es la forma en que se está
produciendo la transición hacia el capitalismo,
fundamentalmente en la zona de los Balcanes y en las
repúblicas de la ex URSS, donde predominan las guerras y los
conflictos internos.
Con el salto histórico hacia atrás en los Estados del este
europeo, la enorme cantidad de problemas sociales y
económicos, más la vuelta de viejas discrepancias
étnico-nacionalistas, la OTAN ha encontrado la razón y el
momento, no de extinguirse como algunos ilusos profetas
pensaron, sino de fortalecerse y ampliarse.
Junto a la llegada del capitalismo a esos países,
irrumpieron en ellos las mafias, las drogas, la corrupción
incontrolada, y en muchos casos la atomización de espacios
geográficos que por muchos años estuvieron unidos con el
nombre de repúblicas o federaciones.
A tenor con todo este universo de problemas, Estados Unidos
ha asegurado, en voz de su presidente y de su secretaria de
Estado, que el proceso de ampliación de la OTAN "es
irreversible".
La cumbre de Helsinki entre los presidentes Boris Eltsin y
William Clinton y la firma en mayo del pasado año en París
del acuerdo Rusia-OTAN, dejaban sentado el compromiso de la
primera de no vetar la ampliación, y de Estados Unidos y la
Alianza de prestar colaboración en asistencia y control de
armamentos, participación en operaciones de paz, prevención
de conflictos y control de la proliferación nuclear.
En la capital finlandesa, Clinton también prometió ayudar a
que se incluyera a Moscú en el Grupo de los siete países
más ricos (G-7) y la creación de un cuerpo consultivo de la
Alianza con participación rusa (16+1).
LOS COSTOS DE LA AMPLIACION
Quizás uno de los elementos decisivos que tuvo en cuenta
Estados Unidos para restringir, por ahora, a tres países los
nuevos ingresos a la OTAN (Polonia, Hungría y República
Checa), tiene que ver con el alto costo del proyecto, y la
nada encomiable situación de la economía en la mayoría de
los países ex socialistas de Europa.
Aun así, se considera que no menos de 5 000 millones de
dólares se tendrán que sustraer en los próximos años de
los presupuestos de los actuales miembros de la Alianza, más
los tres inquilinos aceptados. Del total, Estados Unidos solo
abonaría 150 millones.
Si a esto agregamos que la actual operación en Bosnia cuesta
ya más de 6 500 millones de dólares -y ahora se aprobó que
continúe por tiempo indefinido-, es fácil constatar que la
situación, en el caso de Europa, es complicada, pues el
aporte que tendrían que hacer esos países no está acorde
con la necesidad de disminuir el déficit presupuestario a
menos del 3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), como
objetivo y condición principal para la proyectada y acordada
unión monetaria.
No creo que Europa esté dispuesta a sacrificar el Euro
en aras de la ampliación de la OTAN, por lo que me inclino a
pensar que serán los contribuyentes polacos, húngaros y
checos, sobre los que posiblemente caerá esta costosa
operación.
Por supuesto que el proceso de ampliación actual -y poco a
poco- es la confirmación de que en la filosofía política
de los Estados Unidos y sus aliados, ha predominado el
lenguaje de las armas y las exigencias de una industria
militar que ve su futuro garantizado con la renovación y
modernización de esos medios en los Estados que van entrando
a la Alianza.
En fin, tanto la ampliación como la adecuación de su
estructura, es, además, otro negocio lucrativo para la
industria militar que es elemento consustancial a la
supremacía y el hegemonismo norteamericanos.