INTERNACIONALES

Estados Unidos

Escándalo o complot


ORLANDO ORAMAS LEON



La caricatura de una publicación norteamericana mostraba a un niño viendo un programa de televisión donde aparecía el mandatario de ese país. Detrás, la madre del pequeño, con la cara enrojecida de indignación, le dice: "Te he advertido que cuando aparezca el presidente Clinton apagues el televisor".
Esa ilustración no es de las más calientes, pero sí una de las tantas que por estos días han llenado el descomunal espacio otorgado por los medios de comunicación estadounidenses a lo que han denominado como: sexogate, zippergate o mónicagate, entre otras denominaciones del escándalo alrededor del jefe de la Casa Blanca.
Y aunque a primera vista parece apenas un "asunto de faldas", el tema trasciende tal categoría por cuanto pudiera llegar a costarle el puesto al presidente de la potencia más poderosa de este mundo unipolar, y ello, paradójicamente, puede ocurrir cuando los sondeos de opinión le otorgan a Clinton altas cotas de popularidad interna.
DEL WHITEWATER A LA LEWINSKY
No hay dudas de que el actual inquilino de la White House si no tiene el récord, al menos está entre los presidentes estadounidenses involucrados en mayor número de escándalos, por lo menos en estos últimos años en que los adelantos tecnológicos hacen correr las noticias con rapidez increíble.
Ya en 1992 Hillary Clinton debió salir en defensa de su esposo, en plena campaña electoral por la presidencia, para desmentir los supuestos amoríos del entonces gobernador de Arkansas con Gennifer Flowers, cantante de cabaret. La artista, por su lado, asegura haber mantenido una relación de 12 años con "Bill".
Aquello quizás fue el empezar de una serie de problemas que fueron asediando a la actual presidencia. El caso Whitewater toma el nombre de una inmobiliaria de Little Rock, Arkansas, que quebró al parecer de forma fraudulenta y en la cual se relacionó a la pareja presidencial.
Un amigo y consejero legal de los Clinton, involucrado en los hechos, se suicidó y otros inculpados en el asunto guardan prisión. El matrimonio presidencial salió bien, pero las investigaciones continúan.
Es en el caso Whitewater que entra en acción el fiscal independiente Kenneth Starr, quien prosigue investigando los escándalos del presidente. Por coincidencias, la figura jurídica que él representa fue aprobada durante la administración Carter, como colofón del caso Watergate, el cual costó el puesto al republicano Richard Nixon.
Otros percances ha tenido el actual jefe de la Unión Americana, como el de las elecciones pasadas, en las cuales fue acusado incluso de alquilar cuartos de la Casa Blanca, además de otros manejos oscuros para recaudar fondos para el Partido Demócrata.
Pero, y en sintonía con el falso puritanismo de aquella sociedad que se erige en modelo mundial, los mayores trascendidos vienen de las supuestas aventuras sexuales del presidente. Así, en mayo próximo, debe comenzar el juicio que le entabló la joven Paula Jones, quien lo acusa de acoso sexual en la época en que el ahora mandatario era gobernador de Arkansas.
Antes tuvo lugar un Gran Jurado, o comité de acusación, un procedimiento de la justicia estadounidense por el cual un jurado dictamina si hay evidencias suficientes como para enjuiciar a alguien. William Clinton compareció ante ese Gran Jurado y negó el "affaire" con la Jones, cuyos abogados sacaron de la manga el caso Lewinsky, otra supuesta aventura sexual.
Kenneth Starr, quien había utilizado 20 abogados a su servicio para intentar incriminar a los Clinton durante el asunto Whitewater, cree llegado su momento de gloria. Máxime cuando lo que en realidad se investiga no son sólo los encuentros sexuales del presidente con la ex becaria Mónica Lewinsky entre 1995-96 en la mansión ejecutiva, sino si en efecto Clinton pidió a su presunta amante negar los hechos ante la justicia. Eso se llama perjurio, y pudiera ser inaceptable para un presidente de los Estados Unidos.
¿COMPLOT DE LA DERECHA?
La primera dama, Hillary Clinton, en sendas comparecencias televisivas, asumió otra vez la defensa de su esposo y acusó a la ultraderecha de orquestar un complot contra el mandatario.
Razones parecen no faltarle. Linda Tripp, quien subrepticiamente grabó 20 horas de confesiones a su supuesta amiga, Mónica Lewinsky, y las entregó a Kenneth Starr, está vinculada a sectores de la derecha republicana y ya en 1994 intentó publicar un libro cuya tesis principal era que los Clinton habían asesinado a Foster, su ex consejero legal.
Tripp se vincula a la editorial Regnery, de tendencia conservadora, la cual ya había publicado el libro Acceso Ilimitado, sobre las aventuras sexuales de Clinton en su período de gobernador. La editorial le encarga entonces conseguir pruebas sobre los deslices del presidente y por ello graba de incógnito sus conversaciones con la Lewinsky.
Para ir cerrando el entarimado, la editorial le pone un abogado, miembro de la derechista Sociedad Federalista, a la que casualmente pertenece el fiscal independiente Starr. Y por aquí comienzan las coincidencias. Kenneth Starr es además amigo de Alfred Regnery, el dueño de la editorial de marras.
El fiscal, sin dudas, además de republicano es un hombre de la derecha. Dejó su puesto de fiscal vitalicio en la Corte Federal de Apelaciones de Washington, que recibió de Ronald Reagan, para, en 1989, asistir legalmente al presidente George Bush.
Fue nombrado en 1994 fiscal independiente por una tríada de jueces que antes habían almorzado por separado con Jesse Helms, a quien todos aquí conocemos. El juez que preside ese panel fue nombrado a instancias de John Whitehead, presidente del fundamentalista y derechista Instituto Rutherford, y por aquí anda otra coincidencia.
En los salones del Instituto Rutherford, en 1994, fue donde Paula Jones hizo pública su denuncia de acoso sexual contra Clinton. Es precisamente esa fundación la que financia los altos costos de la demanda de la Jones. Hillary también denunció al televangelista Jerry Falwell, líder del grupo integrista Mayoría Moral, quien vende videos a 40 dólares con acusaciones de todo tipo contra los Clinton.
Falwell ha sido muy publicitado en su campaña por la publicación American Spectator, que desde 1990 recibió dos millones de dólares en contribuciones de instituciones de indudable tinte derechista.
A todo ello se añade que desde la oficina de Starr, en contra de la ley, se han filtrado a la prensa detalles que según las reglas del Gran Jurado no debieron salir del recinto judicial. Tales informaciones apuntan a desacreditar al mandatario y ponerlo en desventaja, además de moldear a la opinión pública.
Pese al silencio de Clinton, la Casa Blanca no se ha cruzado de brazos e iniciado una contraofensiva contra las formas en que el fiscal ha llevado la investigación y acusándolo incluso de moverse por móviles personales y malgastar unos 20 millones de dólares en la investigación, sin resultados concretos.
¿IMPEACHMENT A LA VISTA?
Mientras llega mayo y con la primavera el juicio Paula Jones vrs. William Clinton, prosigue el Gran Jurado por el cual un panel intenta determinar si existen pruebas suficientes como para iniciar un proceso judicial en el zippergate.
Hasta el momento la Lewinsky ha postergado su presentación ante el comité de acusación, a la espera de poder lograr que el fiscal le otorgue inmunidad. Por algo su abogado le aconseja obtenerla. Starr, a su vez, se niega y reclama un cara cara con la testigo, para poner a prueba su veracidad.
Si en definitiva se comprueba que el presidente Clinton instó a la Lewinsky a mentir bajo juramento, entonces Starr podría pasar el asunto a manos del Congreso, el único facultado por la Constitución estadounidense para, mediante el impeachment (acusación) deponer al jefe de Estado. Ello sólo ocurriría si se logra el voto de la mitad de la Cámara y de los dos tercios del Senado.
El hecho de que el presidente Clinton mintiera en supuestos asuntos de faldas no es relevante. Desde la Casa Blanca se ha mentido antes en asuntos de mucha más relevancia para el mundo. Un complot desde la derecha, por tanto, podría estar tras los telones del escándalo.

 


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