CULTURALES

Santiago Alvarez y sus 79 años en La Isla
de la música

 


MARTA ROJAS


Silvio Rodríguez en La Isla de la música.

El ocho de marzo próximo Santiago Alvarez cumplirá (1919), 79 años, la edad de Ho Chi Minh cuando sus 79 Primaveras; una década y un año menos que Compay Segundo. Santiago llega a esa cota de la vida con una recién estrenada obra artística documental dedicada, como dice su título a La Isla de la música que también habita el nonagenario Francisco Repilado, incluido entre los músicos cubanos de la más reciente premiación del Grammy.
Casi todo el trabajo cinematográfico de Santiago Alvarez está calzado con la música. Conocedor profundo de los archivos musicales de la radio y televisión cubanas desde que trabajaba en la antigua CMQ, ello le habría de servir para su prolija y excelente creación documental a partir de la creación del Noticiero ICAIC.
Ahora, desafiando la enfermedad que encara con entereza, vulnerando pronósticos pesimistas, Santiago ha realizado con un equipo mínimo de colaboradores y modestos recursos financieros, un fresco musical que desde ya deviene reserva activa de conocimiento, y disfrute de la música popular cubana, sin desconocer otras modalidades.
Santiago Alvarez dice en la entrevista realizada durante un diálogo familiar, que la productora disquera Magic Music quería un documental para promocionar discos compactos de músicos cubanos que por lo regular no entran en la esfera comercial. Algo cultural muy concreto y expedito para cualquier director de cine, pero no para Santiago. De esa idea elaboró un documental sensacional de 49 minutos de duración en el que, con el montaje que le ha granjeado justa fama, Santiago incorpora alrededor de 60 músicos y agrupaciones cubanas algunas olvidadas pero de las que existen imágenes, y otras en pleno auge.
No es ni inventario, ni didáctico, aunque valga para ello, sino una obra de deleite audiovisual y comprensión de un proceso de desarrollo de la música cubana.
Para quienes no han visto la más reciente obra de Santiago diremos que el cierre de los 49 minutos de proyección dice: Cuando vemos la música que se hacía a comienzo de siglo, la música cubana, el tipo de danzón, el enriquecimiento de una cuarta parte en el danzón, la introducción del montuno, la llegada del son que nos llegaba de Oriente en los años veinte, que la gente de La Habana comienza por despreciar, el paso al cha cha cha, el paso al mambo, el paso a las veinticinco mil formas, nos explicamos que la música cubana, como el jazz, tenga vida en el mundo entero porque es una música ¡viva!: Quien lo dice es Alejo Carpentier hablando ante las cámaras, expresivo, eufórico. La sala Villena, de la UNEAC, donde vimos el documental por primera vez, vibra con el aplauso, en su mayoría de jóvenes músicos. Las sillas chocan y en unos segundos Santiago Alvarez se pierde entre el público que lo abraza y besa.
"Es que los cubanos siempre percutimos hasta en el modo de hablar" -dice Silvio Rodríguez en el filme. "La música en Cuba es como una idea que entra y sale transformándose". "Las fuentes populares nuestras son infinitas, ese mismo caudal alimenta la música elaborada, la llamada música culta", subraya Harold Gramatges en el documental.
La Isla de la música es todo ritmo. Los criterios subrayan situaciones y sirven de lógico contrapunteo actual entre músicos cubanos. Desde Compay Segundo al Médico de la Salsa. Desde Juan Formell a Piloto, o Electo Silva. Y está Pepecito Reyes quien en Palma Soriano frente al teclado del piano, reconstruye los compases que incorporó a la Guantanamera para hacerla universal: "Yo le dije a Joseíto, vamos a darle un poco de ritmo a esto, y se lo di así...".
El musicólogo Helio Orovio es el conductor del documental de Santiago Alvarez. Como siempre Santiago sabe escoger su equipo. En la narración de Orovio hay creación que se complementa. El joven Ismael Perdomo, cuya tesis de grado de la que fue Santiago Alvarez tutor ("Noticiero ICAIC 1501"), es el otro director, con Santiago, y hay que admirar el tino del hasta hace poco, asistente de dirección.
Fueron muchos y agotadores los esfuerzos para una producción como esta, pero Alvarez quizo hacer algo de factura mayor que un documental de promoción. Su esposa la Licenciada Lázara Herrera, productora general, da fe de que él se impuso con su voluntad creativa y carácter, e hizo que el equipo en el que no podía faltar el camarógrafo Iván Nápoles -con David Rabelo, simultaneando en la iluminación- filmara y buscara en los archivos, algunos de su propia obra, cada plano necesario para La Isla de la música.

 


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