 Fernando Alfonso Torices
El capitán Morúa

PEDRO A. GARCIA
Fue Nieves López, una activa integrante del Frente
Cívico de Mujeres Martianas, quien le impuso su nombre de guerra: "Como tú eres de
Matanzas, la tierra de Morúa Delgado, le dijo, te llamaremos Morúa". Y así le
conocieron desde entonces compañeros y enemigos.
Había nacido en el poblado de Máximo Gómez, el 30 de mayo de 1928
y en realidad se llamaba Fernando Alfonso Torices. De familia muy humilde, desde temprana
edad tuvo que dedicarse a trabajar. Como muchos en su tiempo, se fue a La Habana buscando
mejores opciones de trabajo.
Su oposición a la tiranía batistiana lo llevó a integrar el
Movimiento 26 de Julio, en el que rápidamente formó parte de sus comandos de Acción.
Ascendido a capitán de milicias, organizó y dirigió grupos en La Habana Vieja, Párraga
y Lawton. Participó activamente en la noche de las 100 bombas, llamada así por la
cantidad de artefactos colocados en la capital durante una sola jornada.
Después de la Huelga del 9 de Abril, dice Hidelisa Esperón,
"lo designaron jefe del cuartel maestre de la Comandancia de Acción y Sabotaje en La
Habana, es decir, el responsable de las armas que se conseguían, todo el pertrecho mayor.
El las controlaba y se las suministraba a los grupos de Acción; aparte de que continuó
con los grupos que antes dirigía".
ERA MUY ALEGRE
María Trasancos (Mariíta) recuerda a Morúa como alguien "muy
combativo, leal, aguerrido, valiente. Siempre se estaba riendo, hacía una broma y una
chanza de cualquier cosa. Lo conocí a inicios de 1957, el ya pertenecía a Acción y
Sabotaje del M-26-7 y estaba de lleno en la lucha clandestina; a partir de ahí empezamos
a trabajar juntos".
"Era muy limpio, escrupuloso, continúa relatando Mariíta,
siempre con una ropa muy modesta pero bien planchadita. Le gustaban mucho los perfumes y
como no tenía dinero para gustos como esos, siempre fue muy humilde, un amigo suyo que
también se llamaba Fernando y tenía más posibilidades económicas, le regalaba perfumes
y pañuelos con la letra F".
Para Hidelisa, la característica principal en Morúa era lo
delicado y fino en el trato con los compañeros: "Sobre todo, con nosotras, las
muchachas. Nos trataba de cuidar mucho. Era muy alegre y conversador. Una gente con quien
se podía hablar y hablar y el tiempo se te iba".
Pilar Sa Leal lo conoció a su salida de prisión, en 1958.
"Como Mariíta ya estaba fichada por la policía batistiana, ella me coordina para
que yo trabaje con él, a partir de ahí, estuve bajo sus órdenes hasta su muerte. En los
avatares de la vida, durante ese tiempo nos hicimos novios".
"Los sueños que teníamos eran los de una pareja modesta,
nunca pudimos ejercer el derecho de ser jóvenes, todo el tiempo que estuvimos juntos fue
en la lucha clandestina, nunca supe si sabía bailar, qué tipo de música le gustaba. Fue
un noviazgo casi platónico, idílico".
LA ASTUCIA DEL COMBATIENTE
Todos sus compañeros destacan de Morúa su inteligencia y astucia
como combatiente clandestino, capaz de prever las reacciones de los que trabajaban con
él. Cuentan que nunca entraba directamente a las casas donde se refugiaba, sino que daba
varias vueltas, como si escudriñara el ambiente.
En una ocasión, al dar uno de sus habituales merodeos antes de
dirigirse a su refugio, Morúa se puso a hablar con el limpiabotas de una esquina.
"¿Qué tal, cómo andas?", le dijo; y el hombre le replicó: "Yo, muy
bien. Tú eres el que tienes gente en la casa, allí está hasta la policía". Morúa
sonrió:" Entonces, yo no estoy tan bien", y muy sereno, se alejó del lugar.
A mediados de 1958, varios compañeros le plantearon a Morúa que
debía irse para la Sierra porque estaba muy perseguido. El no aceptó, le parecía que
eso era como abandonar a los muchachos de acción de Lawton, Párraga y La Habana Vieja.
DELACION Y MUERTE
Una delación puso a Ventura sobre la pista de Morúa. Fue
identificado (pues había cambiado mucho su fisonomía para la lucha clandestina) y un
grupo de sicarios lo acribilló en la calle Hatuey, en Arroyo Naranjo. En el necrocomio,
detectaron más de 60 orificios de bala en su cuerpo.
La Revolución castigó merecidamente a los asesinos de Morúa y
puso en práctica el ideal por el cual había entregado su valiosa vida. |