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Harold 80

Pedro de la Hoz

A los 80 años, cumplidos el último fin de semana y con un reconocimiento social que en estos tiempos se ha acrecentado notablemente, pudiera vivir de manera apacible en estado de gloria. Pero ese no es estilo para quien se multiplica todos los días entre la docencia en el Instituto Superior de Arte, la presidencia de la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y la composición de nuevas obras. Ahora mismo, y desde hace meses, da cauce a la creación de una partitura sinfónico-coral, por encargo de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE).

ma6-1.jpg (3366 bytes)Cubanía en una obra universal.

Así de vital es Harold Gramatges, santiaguero, viva estampa del conversador criollo, cubano de pura cepa que se esconde detrás de un nombre de resonancias nórdicas. Si en la composición es austero, se prodiga en el compromiso con su identidad.

En su rigurosa formación académica influyeron la notable pianista Dulce María Serret, José Ardévol, el recio español transplantado a la Isla y con quien compartió la fundación del Grupo de Renovación Musical en los años 40, y el célebre compositor norteamericano Aaron Copland durante su estancia en el Tanglewood Music Center, pero también pesan en su perfil las hazañas vanguardistas de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, los sabrosos sones de su tierra, las tonadas campesinas, el contacto con la cultura palpitante en su entorno.

Sólo así se explican la irreductible cubanía y la solidez estructural de sus partituras, características que se anticipan en la Sinfonía en Mi, con la que obtuviera en 1945 el Premio Rechold convocado por la Orquesta Sinfónica de Detroit, y alcanzan una sustanciosa jerarquía en su Serenata para orquesta de cuerdas (1947).

Los horizontes estéticos de Gramatges se ensancharon, de modo especial, a partir de los 60, cuando se identificó con determinados procedimientos de la vanguardia -atonalismo, aleatorismo controlado, postserialismo- sin perder jamás su orientación. De esa renovación en los códigos composicionales dan fe obras como Móvil I para piano; Móvil II para nueve instrumentos; Móvil III para flauta y piano, Diálogo, para violín y piano, y La muerte del guerrillero, para recitante y orquesta.

Por cierto, que esta última obra, escrita en 1969, pone de manifiesto una vertiente esencial en la vida del creador: su explícita e inequívoca adhesión a los ideales de justicia social. Harold, bien lejos del panfleto, sobre la base de la más cultivada elaboración de los materiales sonoros, ha compuesto obras de significativo calor patriótico, entre las que se cuentan In memoriam, dedicada a su coterráneo Frank País, y Cantata a Abel, para honrar al héroe del Moncada.

De labor paciente, minuciosa, y a la vez bullente, el músico ha ido tejiendo un catálogo imprescindible para diversos instrumentos. Su pianística, recogida íntegramente en una grabación protagonizada por el maestro Roberto Urbay, muestra un trazo excelente y es una estación que todo intérprete cubano debe recorrer. Para los guitarristas, tanto la Pequeña suite, transcrita por Jesús Ortega, como los Canti de Villa Grazioli o el concierto Para la dama duende, resultan contribuciones antológicas.

¿Se puede pedir más? Harold, de seguro, dirá que sí, porque la fuente es inagotable.

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