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 René Ramos
Latour
El Comandante Daniel

PEDRO A. GARCIA
EN MEDIO del combate se oyó un grito:
"Han matado al Comandante. Está vivo
todavía", alguien dijo. Lo llevaron en brazos,
entre los disparos de la infantería, el bombardeo de la
aviación y el impacto de los obuses enemigos, hasta un
bohío cercano.
Años después, Fernando Vecino
Alegret rememoraría su impresión de ese momento ante el
rostro lívido del Comandante Daniel: "Su apariencia
cadavérica parecía imposible en aquel hombre que era
todo un gigante (...) No pude más y comencé a llorar de
dolor. Le quitamos la ropa mojada, le dimos fricciones
por todo el cuerpo".
Aquellos hombres curtidos en la
guerrilla, con los ojos llorosos, hacían todo lo posible
en una batalla imposible contra la muerte. "Mandamos
a un compañero con el caballo más veloz a buscar a
algún médico rebelde -relataría Vecino-, a veces nos
parecía que se iba a recobrar; hasta le veíamos mejor
color. A las 6:30 p.m. ocurrió lo inevitable".
Por entonces, Radio Rebelde
informaría desde la Sierra Maestra al pueblo, en la voz
de Fidel, la noticia de la caída en combate de René
Ramos Latour, el Comandante Daniel.
RENE
Según testimonios familiares, era
de carácter alegre, de fácil comunicación con sus
amigos, pero cuando conocía a alguien, la primera vez se
mostraba parco, reservado, hasta que lo conocía bien.
Gustaba de la música, sobre todo Wagner y Tchaicovsky;
amante de los deportes, practicaba la natación, el
voleibol y, por supuesto, el béisbol.
Cuentan que el Golpe de Estado del
10 de marzo significó un impacto tremendo en René.
Todavía no tenía 20 años (los cumplía el 12 de mayo)
y ya empezó, desde los primeros días del batistato, a
protestar contra el régimen en huelgas estudiantiles.
Cuando se creó el Movimiento 26 de Julio estuvo, junto
con su amigo Rafael Orejón, entre sus fundadores en
Nicaro.
Con Rafael, organizó los cuadros
del Movimiento en Mayarí, Cueto, Antilla y Banes. En
esos trajines, conoció a Frank País, quien era
dirigente provincial. Al regresar a su casa, René dijo a
sus familiares: "Hoy he conocido a un hombre
extraordinario".
Solo una casualidad le salvó de
ser asesinado, como su amigo Rafael Orejón, durante las
Pascuas Sangrientas de 1956. Marcha a Santiago de Cuba y
tras cumplir varias misiones de Fidel y Frank, se le
designó jefe de Acción en Oriente y segundo de Frank a
nivel nacional. A la muerte de Frank, lo sustituyó como
jefe nacional de Acción y Sabotaje del M-26-7. Ya para
entonces dejaron de llamarle René, todos lo nombraban
Daniel.
DANIEL
Tras el fracaso de la Huelga del 9
de abril de 1958, se incorporó al Ejército Rebelde en
vista de la inminente ofensiva batistiana y Fidel le
entregó el mando de una columna. Al frente de ella
libró duros combates para rechazar al enemigo que
pretendía apoderarse del territorio libre rebelde de la
Sierra Maestra.
A los hombres de su columna, les
extrañaba las dos mochilas que siempre llevaba su
Comandante. En la primera, pequeña, iban sus efectos
personales; la otra, grande, pesaba extraordinariamente.
Un día comprobaron que contenía libros de Martí.
Daniel los leía en horas
sustraídas al sueño o al descanso. Era frecuente que
algunas noches, reuniera a la tropa para exponerles una
de las facetas del pensamiento martiano, de forma
asequible, como en un cuento, y lograba interesar en el
estudio del ideario del Apóstol hasta a los analfabetos.
Los compañeros de columna de
Daniel coinciden en calificar a su Comandante un hombre
fuera de lo corriente. Tal pareciera que en él
confluían, por los testimonios recogidos, la exigencia y
la ternura, la firmeza y la sensibilidad, dotes de
organizador, una gran dosis de comprensión humana, la
energía y el tono afable de la voz, los modales corteses
y pausados. Afianzaba su jefatura, no sobre la vía de la
imposición y la coerción, sino en el ejemplo personal y
permanente, y en una rigurosa exigencia.
ESE MISMO DIA
El 30 de julio de 1958, Daniel y su
columna se dispusieron a librar su tercer combate en solo
cinco días, en un paraje de las estribaciones de la
Sierra Maestra perteneciente al hoy municipio Bartolomé
Masó.
Santiago de Cuba vivía entonces
momentos de tensión. Se cumplía el primer aniversario
del asesinato de Frank País y el aparato represivo de la
tiranía aguardaba nerviosamente en sus cuarteles.
Después de las seis de la tarde, se oyó una explosión:
habían colocado una bomba en la misma entrada del
cuartel Moncada.
La madre de René Ramos Latour,
años después, recordaría: "Entonces pensé (al
escuchar la explosión), ¡ay, Frank, hijo mío, cómo
están vengando tu muerte! Qué lejos estaba yo de
imaginarme que ese día y casi a esa misma hora, herido
ya de muerte, agonizaba Daniel".
"Lo supe más tarde. Pero ya
ve, ese mismo día, a la misma hora en que el pueblo
vengaba la muerte de Frank, estaba vengando, sin
sospecharlo siquiera, junto con la de Frank, la muerte de
Daniel, René, de mi hijo, el combatiente".
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