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Pasaje de un libro importante
Lola María, testigo de la reconcentración de Weyler
MARTA ROJAS
"... RECUERDO cuando la reconcentración, (de Weyler) -¡aquello fue horrible!- a la ola humana, hambrienta y descalza, silenciosa, cubierta de harapos, vagando por las calles con sus enfermos, durmiendo a la intemperie, mendigando sin cesar -ellos, que en sus fincas y bohíos de nada carecían, y que, como medida de guerra para evitar pudieran ayudar a cobijar al insurrecto, ordenádose había el cruelísimo desalojo. Al principio iban en carretas con el ajuar de casa. Creí, y no sin razón, que mi madre iba a perder el juicio en este período de su vida. Quería a todo atender, a tanto ayudar, y el gigantesco esfuerzo de la infeliz se perdía como un grano de arena en el revuelto mar. Aquel olor de hidrohemia aún lo siento. El olor, ese olor que a nada se parecía, y éste era el de la reconcentración (de Weyler), que el clima propagaba la enfermedad especialísima del cadáver que, hinchado como un sapo, las calles recorría. Murió toda aquella legión de desgraciados sin protestar, en los hospitales, en la vía pública, en los portales. A veces una vela en un tarro vacío de cerveza, por alguien colocada, indicaba al transeúnte que el envoltorio aquel era cadáver. Dícese alcanzó a cuatrocientos mil en toda la cifra de defunciones por la reconcentración (de Weyler)."
Los cadáveres junto a los moribundos en las calles durante la reconcentración de Weyler, ordenada por el gobierno colonialista español para exterminar a la población cubana.
Quien esto y más escribe como testimoniante del genocidio ordenado por el colonialismo español, no era una insurgente, aunque sí patriota, ni una pobre mujer, sino una riquísima joven cubana, hija de una de las familias más encumbradas, de raigambre criolla de la ciudad de Matanzas: Dolores María de Ximeno y Cruz, más conocida en la literatura y sociedad de finales del siglo XIX, como Lola María.
"Memorias de Lola María" es tal vez el testimonio personal más interesante de esa época. En él la ilustre hija de don Ximeno retrata el mundo de opulencia en que nació y vivió, pero no deja afuera los episodios más dramáticos protagonizados por el colonialismo español en los estertores de su muerte.
Don Fernando Ortiz fue el primero que recogió, íntegramente, las Memorias cuando a partir de 1925 dirigía la Revista Bimestre Cubana, Colección de Libros Cubanos y la Colección Cubana de Libros y Documentos Inéditos o Raros. El logró arrebatarle a la autora el manuscrito de su obra... Luego, en 1983, Ambrosio Fornet hizo una Selección de aquel contundente documento. Fornet omitió, entre otros, los pasajes horrendos de la supuesta Conspiración de La Escalera (1844) con la cual el también gran asesino Leopoldo O'Donnell -durante el inicio de su sultanato- sacrificó a golpes, fusilamiento y "enfermedades de diarrea" a tres mil negros y mulatos en Matanzas, en un corto período de tiempo. Además de la expulsión de ilustrados blancos liberales que hizo involucrar en la llamada "conspiración de los negros", cayendo en una gran contradicción. El testimonio de La Escalera no era personal de la autora sino que ésta lo había recogido de la madre y en particular de la abuela, pero resulta tan contundente y aleccionador de nuestra historia como el suyo propio.
Sin embargo otras cosas se salvaron en la selección publicada por la Editorial Letras Cubanas en 1983, sobre la reconcentración que, como expresaba Raúl, merece un monumento de recordación.
Dice Lola María:
"Como fatídico sueño, como angustiosa pesadilla huye mi memoria el asolador recuerdo (...) la Isla entera estaba convertida en una inmensa ratonera, por todas partes se nos cazaba... Desde entonces Mazorra no es un manicomio, no; por el número inconmensurable, una ciudad de dementes más bien debía ser. Allí, niños en proporción alarmante, hombres y mujeres en la fuerza de edad, ancianos decrépitos de ha veinte y cinco años.
Un niño cubano durante la reconcentración.
"Un día se llenó nuestra casa de una dilatada familia de reconcentrados -no querían pan, sino techo-, y ella, mi madre, sabía de una aislada casita en las paralelas de un ferrocarril que por las afueras de la población cruzaba. Su dueño, el señor Antonio Barnet, sobrino de ilustre químico, era un corazón muy grande y mi madre lo sabía, y sin conocerle le escribió, pidiéndole la casa para aquellos desheredados; y la respuesta fue "La casa es suya". (...) La necesidad aumentaba -la emigración era espantosa..., nos quedábamos solo los imposibilitados de huir. El bloqueo se acercaba; los puertos fueron cerrándose, empezábase a carecer de todo -insostenible, la situación apremiaba y la munificencia divina acudió, y tal alivia de maíz y mangos envió a la ciudad. ¡El milagro! milagro sin procedencia... ¡Oh Virgen de la Caridad!
"En nuestra casa (la casa más opulenta y con más reservas en las despensas, en Matanzas) ya habíamos apelado a la sopa de verdolaga, que hasta en las aceras de las calles crecía, afirmando y encareciendo mi madre de excelencia, cual si se tratara de exquisito ravioli.
"En aquellos días en que estábamos solos, separados del resto del universo, bordeado el litoral de los grandes cruceros yanquis, de las poderosas unidades, cruzó un entierro por nuestras calles (el de don Domingo Lorenzo Madan) (...) dejó este mundo llevándose a la gloria la horrible visión de su triste despedida... Era un entierro en que el acompañamiento esperaba, tarde o temprano, igual suerte que el ilustre muerto. Parecía una procesión de insectos disputándose cosa de gran provecho.
"A diario publicaban los periódicos las hazañas guerreras de los españoles en sus encuentros con los rebeldes, que siempre pulverizaban. Las notas concluían: Por nuestra parte sin novedad.
"He vivido un siglo en estos días (...) He adelgazado una arroba, nuestra situación es tristísima (...) Ya lo tenemos todo hecho un lío de ropa, cada uno el suyo, y además, yo, un paquete con papeles y el retrato de mi papá..."-, escribe Lola María a una prima que vive en la ciudad de La Habana.
Data su memoria de 1898, cuando el Capitán General español de la Isla era Valeriano Weyler.