INTERNACIONALES

Estados Unidos y el caso Lewinsky

Contrastes de un sistema


NICANOR LEON COTAYO

DESDE MI punto de vista, el nuevo escándalo que rodea al presidente William Clinton, vinculado a supuestas relaciones sexuales con mujeres, es, ante todo, otra lección res-pecto a cómo funciona el sistema político en Estados Unidos.

Los periódicos, la radio y la televisión de ese país colocaron el tema en primer lugar, mientras algunos, entre ellos la primera dama Hillary Clinton, estiman que se trata de un complot ultraderechista para sacar a Clinton de la presidencia.

Un cable de AP fechado en Washington dijo el pasado 22 de enero que las nuevas revelaciones estremecieron al país, y que los medios noticiosos "dejaron inmediatamente en segundo plano la visita del Papa Juan Pablo Segundo a Cuba y se centraron en los líos de faldas".

Un ex destacado presentador de cadenas nacionales de televisión, Marvin Kalb, ahora laborando en la Universidad de Harvard, dijo a la emisora CNN que el 90% de las informaciones periodísticas que han girado alrededor del asunto no tienen una base real.

La cuestión, en resumen, consiste en lo siguiente: Clinton fue acusado de haber mantenido relaciones sexuales con una estudiante que realizó prácticas laborales en la Casa Blanca, Mónica Lewinsky, así como de haberla inducido a negarlo si era interrogada. El mandatario rechazó ambas imputaciones.

Lo anterior está enlazado a la investigación abierta en torno al caso de Paula Jones, la mujer que acusa al mandatario de acoso sexual cuando era gobernador en el estado de Arkansas, supuesto hecho por el que reclama a manera de compensación dos millones de dólares.

En medio de una opinión pública dividida, sobre el jefe de la Casa Blanca flota la sospecha de haber cometido perjurio (mentido bajo juramento), y la advertencia de que podría ser juzgado por el Congreso y hasta destituido de su cargo.

¿Quiénes han propiciado esta situación? Lo explicó en parte el corresponsal del periódico español El País, en Washington, Javier Valenzuela, al decir en una crónica el pasado 18 de enero que detrás de este episodio se encuentra el Instituto Rutherford, "una organización muy conservadora, al borde de la extrema derecha".

Valenzuela afirma que esa entidad financia todos los gastos de Paula Jones, incluidos los abogados ante los que declaró Mónica Lewinsky, y recuerda que Jones, "bajo el padrinazgo de extremistas de derecha" no denunció a Clinton hasta 1994, año de elecciones, o sea, 36 meses después de los hechos que supuestamente revelaba.

La persona que grabó conversaciones privadas que sostuvo con Lewinsky, y donde esta última habría contado sus relaciones con el mandatario, es Linda Tripp, una integrante del Partido Republicano que trabajó en la Casa Blanca durante el gobierno de George Bush y posteriormente bajo la actual administración.

Según informaciones de prensa, a mediados del año pasado la señora Tripp acusó a Clinton de hacer insinuaciones amorosas a una empleada de gastronomía de la mansión ejecutiva, Kathryn Willey, días aquellos en los que también comenzó a grabar sus charlas con Lewinsky.

Otro de los personajes importantes de este proceso es el fiscal independiente Kenneth Starr, también miembro del Partido Republicano.

Desde hace más de tres años ha tratado sin éxito de demostrar el involucramiento de Clinton y su esposa -entre otras cosas- en un manejo sucio de finanzas que aconteció en Arkansas cuando el primero se desempeñaba allí como gobernador en la década del 80. Solo en esos trajines de Starr han sido invertidos ya unos 30 millones de dólares.

Starr se convirtió con solo 37 años en el juez federal más joven de Estados Unidos, cuando en la década del 80 fue nombrado para esa responsabilidad por el presidente republicano de extrema derecha Ronald Reagan, y más tarde se desempeñó como subsecretario (viceministro) de Justicia durante el gobierno del también republicano Bush.

Fuentes periodísticas divulgaron además que ha llevado a cabo donaciones para campañas de candidatos republicanos y dictado conferencias en organizaciones ultraderechistas, incluida la del predicador Pat Robertson.

Un cable de EFE señaló el 24 de enero pasado que "fueron agentes del FBI a las órdenes de Starr" quienes grabaron una conversación entre Linda Tripp y Mónica Lewinsky en un lujoso hotel en las afueras de Washington, con el objetivo de confirmar las 17 cintas que la primera había grabado antes sin conocimiento de la segunda.

En una entrevista que Hillary Clinton concedió el martes último a la cadena de televisión NBC, aseguró que el caso Lewinsky es parte de "una conspiración derechista" montada contra su esposo.

"Están usando el sistema de justicia para lograr objetivos políticos", pues "Bill y yo hemos sido acusados de todo, incluso de asesinato, por algunos de los mismos que ahora están detrás de estas acusaciones".

En la que insistió en denominar vasta conspiración derechista, la Primera Dama incluyó como partícipes al fiscal independiente, Kenneth Starr, a los senadores de Carolina del Norte Jesse Helms y Lauch Faircloth, así como al telepredicador Jerry Falwell.

Se trata de un capítulo en marcha y por lo tanto aún no es posible hacer todas las consideraciones que requiere. El ángulo que me interesa ahora destacar una vez más son los agudos contrastes que caracterizan a la titulada democracia norteamericana.

Debido a un asunto más o menos amoroso, incluso encerrado entre signos de interrogación, relacionado con la denominada "infidelidad" matrimonial, por maquinaciones cualquier Presidente de Estados Unidos puede ser vapuleado por una ruidosa campaña de prensa y hasta llevado ante el Congreso y quedar cesante.

Sin embargo, quién podría explicar con un mínimo de seriedad que ese mismo Presidente tome parte en actos abominables, tanto dentro como fuera de su país, y después todo siga igual, o remitido a las anécdotas que nunca van al fondo de lo acontecido.

Por ejemplo, la ONU se ha visto precisada a iniciar una investigación en Estados Unidos debido a la brutal violación de los derechos humanos que tiene lugar allí en la aplicación de la pena de muerte, y las medidas contra inmigrantes extranjeros, en especial a lo largo de la frontera con México, se tornan bestiales. Sin embargo, por ello, no hay escándalo.

De acuerdo a la Secretaría (ministerio) de Agricultura de ese país allí hay dos millones de estadounidenses que padecen hambre, y según estadísticas gubernamentales más de 35 millones no tienen asegurada la asistencia médica, precisamente cuando el Congreso y la Casa Blanca aplicaron drásticos recortes a la ayuda destinada a esas personas. Sin embargo, por eso, no hay escándalo.

En agosto de 1945, cuando ya Japón había perdido la guerra, un presidente norteamericano, Harry S. Truman, ordenó lanzar dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, donde perdieron la vida, solo por aquellos días, alrededor de 800 mil japoneses. ¿Hubo por esto un encendido escándalo en Estados Unidos? No lo hubo.

Durante la devastadora guerra que Washington impuso a Vietnam, y que llegó a levantar una gigantesca repulsa mundial, allí perecieron unos cuatro millones de personas bajo el napalm, las armas químicas y los explosivos.

En las noches, trascendió, uno de los presidentes responsables de esa contienda, Lindon B. Johnson, fiel esposo, se dedicaba a escoger las ciudades que serían bombardeadas al día siguiente. ¿Amenazó alguien a Johnson con enjuiciarlo ante el Congreso por ese genocidio? No.

Nueve presidentes de Estados Unidos, con anuencia legislativa, han realizado un bloqueo contra Cuba destinado a rendir por hambre y enfermedades al pueblo de esta nación, el mundo se ha levantado casi unánimemente contra ello, pero ninguno de esos mandatarios fue víctima de un escándalo por tal comportamiento ni enfrentó a un fiscal independiente que les exigiese cuentas por esa atrocidad, todavía vigente.

Es cierto que fuerzas de la extrema derecha norteamericana verían con agrado el derrumbe político de Clinton. Luego que llegó a la Casa Blanca, por ejemplo, el actual mandatario tuvo enfrentamientos con las poderosas empresas farmacéuticas, así como con importantes firmas de seguros, cuando trató de reformar el sistema de asistencia médica.

También afectó intereses de la ultraconservadora Asociación Nacional de Rifle, al limitar en el país las ventas de armas, y más tarde al iniciar una campaña contra el hábito de fumar chocó con el mundo de los grandes productores de tabaco, al que presta servicios el senador Jesse Helms.

Junto a lo dicho, y sobre todo después que los republicanos ganaron la mayoría del Congreso en 1994, Clinton virtualmente asumió el discurso y el programa de sus adversarios de la extrema derecha como parte de la estrategia que se trazó para recuperarse electoralmente. Actuó, en última instancia, como un producto del sistema político al que pertenece.

En línea con eso, a manera de ejemplo, puede situarse la posición que el Presidente norteamericano adoptó frente a la denominada Fundación Nacional Cubano Americana, con sede en Miami, grupo estrechamente ligado, precisamente, a gente que ahora son acusadas de maniobrar para derrocarlo, como es el caso de Helms.

Como dije al inicio, estamos en presencia de otra cruda lección, brindada por las más altas instancias oficiales de ese país, sobre la escala de valores que prima en el sistema político de Estados Unidos.

El primer ya conocido mensaje es que allí vale utilizar cualquier medio, aun el más deleznable, para alcanzar un fin en ese mundo político.

El segundo es que los hambrientos y sin asistencia médica en ese país, o los masacrados en Japón con la bomba atómica, o los asesinados en Vietnam con el napalm, o los enfermos de cáncer que en Cuba no pueden recibir un medicamento debido al bloqueo, tienen menos valor, o ninguno, a la hora de juzgar la actuación de un Presidente norteamericano, que determinado supuesto trance amoroso de este.

Tal es la moral de ese tipo de democracia.


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