| CULTURALES |
Los llamados
"teleplay" a debate
PEDRO DE LA HOZ
Desde hace tiempo, el teatro en la Televisión Cubana, brilla por su ausencia. Los televidentes de menos de 25 años nunca han tenido la suerte de los mayores: resida donde se resida, en Baracoa o en Guane, hay quienes supieron de Lope de Vega, Shakespeare, Lorca, Sartre, Williams y O'Neill, como también de Brene, Estorino, Felipe, Quintero y Ramos, los nuestros, sin necesidad de contar con una sala teatral o un colectivo dramático profesional en su municipio. La TV, de un modo u otro, con diversas calidades, ofrecía esa opción. Lo más curioso es que cada vez que se aborda el tema en asambleas de las Asociaciones de Artistas Escénicos y de Radio, Cine y TV de la UNEAC, en incluso en el Consejo Nacional de la organización intelectual, existe consenso entre realizadores, artistas y funcionarios del ICRT acerca de cuánto urge restablecer esa línea de producción. ¿Será acaso la magra economía material de la TV Cubana la que ha impedido el logro de tal propósito?
En lugar de teatro, ahora tenemos "teleplay", temible anglicismo que muy bien podría ser sustituido por un neologismo en nuestro idioma: los teledramas (y alguna que otra telecomedia, como No parqueo, con una situación humorística que sólo daba para unos quince minutos y sin embargo fue fatigosamente estirada hasta la hora) son obras originales, es decir, guiones especialmente escritos para la televisión, algo así como una película de medio o largometraje, según el caso, pero en video.
El último en pasar por la pequeña pantalla fue Lo mío primero, de Olga Consuegra (Sin perder la ternura y Punto 40), realizado por Anabel Leal, quien además de actriz, fue una de las más brillantes alumnas de la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte.
Era (y lo será más en lo adelante) necesario dar el frente a ciertos conflictos éticos que nos vienen rondando: el reflejo de la crisis económica de los 90 en la vida material y moral de los jóvenes cubanos; mientras unos ruedan cuesta abajo seducidos por la vida y el dinero fáciles, otros encajan el golpe y afrontan las dificultades en un contexto de enfrentamiento de la divisa con la moneda nacional, del auto que se abastece en las pistas de CUPET y la bicicleta que recorre decenas de kilómetros a la semana; del mundo laboral de la fábrica y las vías alternativas de "escape"; del amor por sentimientos y la entrega por interés gerencial.
Pero era todavía más necesario que el producto fuera artísticamente creíble, que se evadieran los tópicos de una edulcoración pseudorrealista que afortunadamente nunca dictó pautas normativas en nuestra política cultural; que los personajes fueran de carne y hueso, matizados y verdaderamente conflictivos y no esas caricaturas del Bien, el Mal, la Ligereza y la Duda que ni siquiera la absoluta y eficaz entrega de Consuelo Vidal (a quien quisiéramos más a menudo por su enorme potencial histriónico), Enrique Molina, Jorge Martínez, Corina Mestre y Javier Avila pudieron salvar.
El telespectador agradece que se corran riesgos en el ejercicio de abordar, con espíritu críticamente constructivo, la más cercana realidad. Pero no le gustan las fábulas prefabricadas y menos que terminen con una moraleja.