Mensaje fraternal al
Presidente Fidel Castro

Artículo publicado en el diario El Sol de México, en su edición del 29/XII/98

BIEN A BIEN no sé dónde nació el afecto por Fidel, como le decía mi padre a ese hombre que a mis apenas ocho años identificaba yo como lo hago ahora por su uniforme, su barba y ya entonces como niño también, por su gran corazón, porque a decir de mi viejo había que ser muy valiente para enfrentar el poder de los ricos de dentro y de fuera de su nación que sometían injustamente a su pueblo. Era pues para un niño de un barrio cualquiera de la Ciudad de México como yo, una especie de héroe de carne y hueso, un ser de leyendas que enseñó una de las primeras lecciones de mi vida que iniciaba la congruencia. Fidel, pueden estar de acuerdo o no con él, es de los hombres que cumple lo dicho por el Che, arriesgando su pellejo para demostrar su verdad. Eso fue lo que me motivó a admirarlo.

Creo que fue así como lo aprendí. Por ello no me fue nada difícil ir contra la corriente de poco más del noventa por ciento de mi generación. Sabía que era correcta mi decisión aquel 1975 en la facultad de Psicología de la UNAM. Eramos nosotros unos muchachos disidentes, decían algunos, éramos unos chiflados, decían otros. Lo cierto es que actuábamos como jóvenes y soñábamos con un mundo en donde todo era posible, hasta que el mismo doctor y Comandante Fidel Castro fuera nuestro padrino de generación, si algunos de nosotros creíamos en que tan sólo le enviábamos una carta solicitándoselo. Eramos poco más de una docena de jóvenes que no creíamos en la opción que más de un centenar de nuestros compañeros habían tomado, seleccionando al entonces secretario de Gobernación de México, el licenciado Mario Moya Palencia como su padrino, porque ante los hechos previos (dos secretarios habían pasado de esa secretaría a la presidencia) su posición le hacía virtualmente el Presidente de la Nación durante el sexenio 1976-1982, hecho que -dicho sea de paso- no se dio.

Recuerdo que ni la cena y el baile que ofertaban los compañeros de la mayoría movió mi opinión para cambiar mi decisión. No bastaba recibir un regalo. Si había de elegir un padrino tenía que ser un hombre que admirara y ése no era otro que Fidel Castro. Tomamos la opción, decididos, escribimos y recibimos como recompensa su firma en nuestro diploma de graduación y el honor de escuchar en el auditorio Justo Sierra un mensaje personal del Dr. Fidel Castro. Participé de la decisión y jamás me he sentido más orgulloso de ella que ayer, cuando leí su carta en donde nos habla -a sus hermanos mexicanos- con el corazón y pide perdón si hubiese ofendido -al menos- a un niño. Esta es la grandeza de ese hombre que desde pequeño, con cariño, mi viejo padre obrero supo identificar como un hombre de valor y me enseñó a admirar su hombría de bien. Fidel Castro es el hombre que merece la historia en este momento, ave de tempestad y refugio de dignidad para la humanidad, voz que se alza en Río diciendo "páguese la deuda ecológica y no la externa", para hacer cimbrar el escenario de la Cumbre de Naciones Unidas, que algunos supusieron montado para legitimar pretensiones monopólicas de transnacionales farmacéuticas, como si no hubiese valor alguno en la biodiversidad, patrimonio legítimo de pueblos indios y amerindios de la región. Sólo una anécdota pinta de cuerpo entero su presencia en Río, durante la Cumbre del Medio Ambiente y Desarrollo. No dudo que él y el ya fallecido Jacques Costeau acapararon los reflectores en ese evento y vaya que jamás he visto en parte alguna del mundo reunidos, en el mismo escenario, a tal cantidad de mandatarios. Fidel destacaba, entre todos ellos, por su presencia de hombre-leyenda y sobre todo por su dignidad y congruencia. El hecho a referir es el siguiente: pasaría en una hora más por un lugar y ya la valla de personas estaba dispuesta. Esperándole entre ellos, un periodista de apellido Kitamura, uno de los comentaristas más prestigiados de la televisión japonesa, con quien había tenido la oportunidad de haber trabajado haciendo un reportaje en la frontera México-EE.UU. para la televisión de su país. ¿Le vas a entrevistar?, le pregunté. "No, sólo quiero conocerlo, para mí es muy importante", respondió. Me quedé ahí esperando su paso sólo para ver cómo la gente le aplaudía y vitoreaba, hombres y mujeres de diversas latitudes. Un hombre de nacionalidad boliviana, al verlo pasar, alcanzó a decir, mientras le veía cómo se retiraba: "ahora sí ya conozco a un hombre de verdad".

Fidel es y ha sido eso: la leyenda que crece con gestos como su respuesta a los niños que todos sabemos jamás siquiera intentaría ofender. ¿Cómo lo haría el hombre que abrió sus brazos a los niños de Chernobil, con una generosidad digna de ser referida con justeza en mayores espacios?

Después estuve en una reunión con él en Copenhague, durante la Cumbre de Desarrollo Social, una reunión con daneses y latinoamericanos que viven en la región. En esa ocasión me preocupó su salud, se veía cansado y un tanto enfermo. Me preocupé, pero lo olvidé cuando lo vi de extraordinario semblante bromeando al decir, después de recibir la andanada de impactos de las luces de los flashes de las cámaras. Esa vez vi un Fidel de mucho mejor semblante a menos de dos metros de distancia, en Estambul cuando, acreditado yo como periodista, vi su presentación ante la prensa, acompañado de las autoridades turcas durante el encuentro protocolario que precedería su participación al día siguiente en la Cumbre de Naciones Unidas denominada "Habitat II". No queriendo faltar al protocolo, no le di en propia mano el libro "¿Hijos del maíz o del Corn Flakes?: México y Latinoamérica ante el reto de la integración". Preferí entregarlo a uno de sus colaboradores de seguridad; quiero que se sepa que lo he lamentado. No sé si la vida me dé la posibilidad de estrechar su mano y darle las gracias, no solo por su mensaje fraternal del día 17 de diciembre, sino por su vida dedicada al servicio de su pueblo y a dar ejemplo de real libertad y dignidad para la humanidad. Por ello, lo hago a través de estas líneas que envío a la prensa de mi país como a la cubana, haciendo votos porque Fidel Castro siga siendo el hombre congruente y bueno que me enseñó mi padre a admirar y que la vida me ha dejado conocer en estos gestos que aquí describo, con la única intención de rendir un modesto tributo a la grandeza de uno de esos hombres a los que Romain Rolland se refería al tratar de explicar -a mi ver- lo que es la trascendencia:

"La vida es una sucesión de muertes y resurrecciones, pero hay hombres que mueren sin haber vivido y hay otros que sobreviven a su tiempo, porque ensanchan sus vidas con el fervor de las cosas grandes, las cosas que perduran". "No os conforméis con lo mezquino".

Fidel es de esos hombres, que han trascendido a su tiempo y que han ensanchado su vida por el cauce del servicio. Ahora que nos preparamos a conmemorar la Navidad, recuerdo la frase con la que el mismo "Maestro de Maestros" respondió cuando se le preguntó que quién tenía mayor amor y dijo: "Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por la de sus hermanos". Fidel lo ha hecho ya por más de 40 años.

Si se me permite, digamos Feliz Navidad y después de leer el fraternal mensaje de Fidel Castro digamos: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Esa es la enseñanza congruente de quien como Exupéry en El Principito, con un gesto de genialidad pidió perdón a los niños para enviarnos a todos los mexicanos de buena voluntad su mensaje de que hemos sido niños y nos acordamos. Acuso recibo de ese mensaje fraternal de amor que hace que nuestros lazos y puentes de comunicación se mantengan unidos. Comandante, Doctor, Amigo, Hermano, Fidel. (G. Arturo LIMON. D).