Hermoso y claro, como una copa de agua fresca, es el poemario de
Luis Lorente (Cárdenas, 1948) que ha editado La Rueda Dentada; un cuaderno de 90 páginas
en el que se incluyen sonetos, versos, poesía rítmica o de aliento evidentemente
conversacional de uno de los mejores poetas de su generación.
Aquí fue siempre ayer, resulta fiel a la poética conocida del autor, aunque en
esta ocasión una tiene conciencia de estar participando de ese estado puro de concilio
entre sus viejas y recientes angustias de hombre lírico, como en una especie de resumen.
Luis Lorente, ganador en 1975 del Premio David con Las puertas y los pasos, no
es una de esas personas con las cuales se pueda establecer una comunicación avanzada de
primera intención. Tengo la fortuna de conocerlo, pero sólo saber de él a través de
sus versos, de evidente fe testimonial, y no de la relación que supone coincidir tantas
veces en un mismo sitio de reunión o estar fundidos de alguna manera en el concierto de
amistades entrañables.
Me tomo la licencia de hablar de estas menudas cosas personales, porque de otra manera
no sabría introducir al lector en Aquí fue siempre ayer, que es en sí la obra de
un hombre en búsqueda, revelado en una vocación de desgarramiento y consuelo, en
realidad, turbadora. Un poeta sin otra pose que la del escriba solitario, en apariencias
casi siempre lejano de todos y de todo, que entrega sin altivez sus mejores imágenes de
vida, pérdidas, amores y añoranzas, sólo para ser leídas.
Lo mejor de estos poemas reunidos por Lorente son sus diversas maneras de concretar el
hecho poético con una singular intensidad y transparencia metafórica y, también, sus
formas disímiles, vinculadas por un ritmo interior desde el verso o el poema de voluntad
coloquial; antológico desde el origen de las interrogantes que por siglos han acompañado
al hombre, y que, en él, se traducen en declaraciones de una contundente fuerza lírica
desplegada en la casi totalidad de los poemas reunidos en Aquí fue siempre ayer.
El libro lo conforman veintiocho poemas en una primera parte, Ultimos años, y
una segunda, Pequeñas canciones en varias soledades, integrada por otros
diecisiete que ofrecen de conjunto uno de los más sugerentes cuadernos de poesía
publicados este año.
LAS TARDES QUE YO HE AMADO (del libro AQUI FUE SIEMPRE AYER)
Las tardes que yo he amado nunca más volverán./ Ninguna otra mujer se llamará
Rosario/ a quien habré de encomendar mi espíritu./ Me iré quedando ciego, sin encontrar
sentido a los azules./ Me prohibirán la carne, el alcohol, las fronteras./ No tendré
nunca acceso a lo posible./ El rumor de los peces voladores se dejará de oír/ como ayer
se dejaron de oír los cantos de sirenas./ La montaña no vendrá más a mí, por lo que
yo tampoco/ volveré a la montaña./ Otros hombres enfrentarán mañana su tristeza./
Seguiré en lo incesante, tras el dolor incauto/ de las carpinterías/ esperando que
juzguen mis acciones cobardes,/ los silencios no escritos donde he dado la espalda./
Reclamarán mis manos ese cuerpo desnudo/ formado alguna vez de mi costilla./ Mi palabra
de entonces será palabra vieja./ No dejaré deudores sólo guerras perdidas./ Las tardes
que yo he amado nunca más volverán/ (ni aquella madrugada del treinta y uno de enero)./
No seré nada solo porque jamás fui solo ni ultraísta,/ ni un sembrador de lilas que
aparenta la dicha/ y allá en su huerto muere de repente./ Todo fue una invención, un
ardid, otro gesto/ para encubrir mi paso hacia el enigma,/ hacia una mano experta en el
tapiz/ y en un olor urgente de ciruela./ Firmaré nuevos pactos cuando a mis puertas
llamen/ las desconfianzas nuevas/ cuando estallen mis nervios llegaré a reducirme/ como
un temblor, como algo que amenaza/ en convertirse en la curiosidad de las hormigas./