Un amigo mío, economista de profesión y corazón, se niega a ver
un capítulo más de Café con aroma de mujer. No le importa tanto creer o no creer
en la impotencia relativa y selectiva, de dominio público y notorio de Sebastián
Vallejo, tema que entre los latinos solo lo ha hecho perdurable el humor de aquella cinta
antológica italiana, El bello Antonio, o en los raptos histéricos de Lucrecia que
a fuer de repetirse aburren, o en la bonhomia con que los hacendados tratan a los peones,
pues ya se sabe que la inmensa mayoría de las telenovelas no son escenarios para la real
lucha de clases sino, por lo contrario, están concebidas en función de los espejismos
sociales. Lo que mi amigo considera una ofensa a la mínima inteligencia humana es la
increíble y vertiginosa ascensión de Gaviota, alias Carolina Olivares, de recolectora
temporal de la cosecha cafetalera a subgerente de una poderosa empresa exportadora,
pasando en menos de un año por una virginal buscavidas en Europa occidental, una
experiencia en el giro hotelero y una engañifa colosal para introducirse en Café Export.
Hasta ingeniera en sistemas y experta en la bolsa se volvió Carolina Olivares en un
proceloso fin de semana.
Nada nuevo bajo el sol, solo que no había por qué apretar tanto con la trama y eso
que está suavizada con las constantes citas paródicas con que la madre de la
protagonista recuerda otras telenovelas. La fórmula se cumple a pie juntillas: la
muchacha de origen pobre debe hacerse a sí misma, obviar todos los obstáculos, luchar
contra el mal (ya se viene asomando la oreja peluda del tal Pérez, agente aduanero,
presto a todo tipo de chanchullos) y contra el amor contrariado. Sebastián, no importa
los devaneos de la trama, llegará a conquistar la felicidad en los brazos de la mujer
amada cueste lo que cueste y caiga quien caiga en el camino. Total: él no los
derrumbará, sino caerán por su propio peso. Sebastián y Gaviota se equivocan y
equivocarán una y mil veces, pero triunfarán por buenos.
Esas son las reglas del juego de un producto facturado hasta cierto punto con cierto
cuidado, entre dos canciones de fácil audiencia y firme raigambre continental, mucho
mejor actuado que Las aguas mansas y con todos los ingredientes necesarios para
atrapar al televidente en la telaraña de las intrigas. Se advierte mucho del clásico
melodrama latinoamericano, ese que Cuba, desde las míticas transmisiones radiofónicas de
los 40, contribuyó a acriollar. Pero también hay mucho del seriado norteamericano por
excelencia, Dallas: la lucha por el poder económico en el seno de una familia,
trocado el petróleo por el café.
Nuestro problema es que sigue siendo la única opción novedosa en términos de
telenovela y que, por lo que parece, lloverá café para rato, hasta un día, ojalá más
pronto que tarde, en que las acciones se emparejen y la Televisión ofrezca un diapasón
más amplio, variado, culto. Como el que todos nos merecemos.