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Alfredo y otras pastillas veraniegas

Pedro de la Hoz

¿Qué tuvo Su noche con Alfredo que a tanta gente, tirios y troyanos, arrancó diversos grados de complacencia? Una deuda de la TV Cubana con su propia tradición: la de contar el fin de semana con un telespectáculo musical clásico, con la presencia de público, animador, orquesta en vivo, solistas, cuéntame-tu-vida, momentos de humor, bailes, elementos de variedad y la mínima dramaturgia de los shows televisados de antaño, sígase la línea que va de Jueves de Partagás o Casino de la alegría hasta Juntos a las nueve.

Un director sagaz, Julio Pulido, quiso probarse a sí mismo por esos trillados y probados caminos, no exentos de peligros objetivos -hoy día, dadas las circunstancias económicas por las que atraviesa el país, toda producción cuesta ensayos, tropiezos, dios y ayuda- y subjetivos -selección del talento, estructura del guión, pertinencia de la narración, encaje con el público- y salió a reverdecer laureles a partir de convenciones cuidadosamente dosificadas y un arma infalible en las postrimerías de los 90: la nostalgia.

Fue un programa como para ver y comentar en familia y traer de nuevo los dorados 60, los grandes éxitos -ya antológicos- de la música cubana de los 40 y los 50, en un discurso variado, donde no predominó una tendencia, sino por lo contrario, varias unidades temáticas que permitieron complacer a su vez diversos gustos del público.

En Alfredo Rodríguez se desplegó un comunicador ad hoc: decencia, contención, respeto, elegancia, solidaridad gremial, valores que compensaron su cada vez más acentuadamente agónica manera de cantar.

Todo esto en un contexto que magnificó la estética kitsch, no como parodia, tomada muy en serio, como norma de gusto (o mal gusto, según el cristal con que se mire): las lucecitas en escena, el circulito con el nombre del conductor, las poltronas para las entrevistas de preguntas cerebralmente formuladas e ingeniosamente respondidas, la pobreza dulzona del timbre orquestal (¡ay, cómo se echa de menos lo que fue alguna vez la Orquesta del ICRT y que lamentablemente se dejó perder!), las entusiastas tomas al público en las gradas que todo lo aplaude, la firma de autógrafos y apacible frivolidad de la puesta en escena. Afortunadamente siempre el espacio jugó sus mejores cartas a las emociones de los reencuentros con indiscutibles cumbres del arte cubano y entonces el kitsch cedió espacio a la autenticidad, valor éste que debe primar en próximos empeños por dignificar un género que debe estar presente en la pantalla doméstica.

ULTIMOS APUNTES DEL VERANO

En cuanto a las jornadas de la programación estival, no se pueden pasar por alto ciertos alcances. Entre estos, el acertado tratamiento de Entrada libre a la música campesina, con el homenaje a Celina González, la chispa y la frescura de las emisiones de El regreso de Lucas y A capella; la buena idea de reservar el inicio y los finales de la tarde a los niños, la introducción de una tónica de debate social en La confronta y Orígenes, la selección de Cinema europeo, a cargo de Luciano Castillo; el regreso de la magia y el circo, y la confluencia de talentos de la enseñanza artística y maestros de la música en Como un concierto tuyo.

También hubo otros momentos inolvidables, pero en otro sentido: dígase lo que se diga, los últimos capítulos de Las aguas mansas resumieron la antología de todo lo que no se debe hacer en una narración dramática. Uno puede hasta admitir los resortes del género -el triunfo del Bien sobre el mal, el mal que encuentra el camino del Bien y el final feliz de todos los romances, pero ese policial de séptima categoría, resuelto con pasmosa lentitud, esos trucos de circo de mala muerte repetidos hasta la saciedad, esa violencia caricaturizada de Juan, ese asesino que se demoró quince minutos en decidirse a derribar una puerta, ese hacerse pasar por muerto de Camilo Montero, ese hallazgo de las cartas de Nivaldo a Maruja... para qué seguir. No es cuestión de género, sino de mínimo respeto a la inteligencia del telespectador.

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