| CULTURALES |
¿Guardián de los secretos aborígenes?
Toni Piñera
En el campo de la cerámica ocurre como en el de las demás artes. Cada artista tiene sus propósitos e intenciones. Roberto Fernández (Pinar del Río, 1933), se entrega a la creación de unas piezas en las que reproduce el quehacer "artístico" de nuestros aborígenes, en una cerámica muy enraizada con la cultura cubana.
Roberto Fernández rodeado de sus piezas cerámicas en su galería-estudio, de Obispo, que pronto cumplirá 35 años.
Traspasar el umbral de su galería-estudio de Obispo 516, es tocar de cerca la herencia del barro que con amor, paciencia y sabiduría modelaron otrora aquellos primeros hombres y mujeres de nuestra Isla. Hoy el artista continúa esa obra, la multiplica.
La vista del creador recorre la antigua estancia que guarda sus dibujos, grabados, esculturas y pinturas (donde recoge el paisaje y las raíces, traducidos en lienzos, maderas y cartulinas). Y también las obras de muchos artistas cubanos, amigos y alumnos, pero se detiene en la cerámica. "Cuando Tejedor, mi profesor, iba a las cuevas investigando y buscando el ayer, yo lo acompañaba. Siempre me interesó lo aborigen, porque por ahí nació el arte cubano, está el concepto de forma y dibujo... Yo lo he tocado con mis manos. Quedaron sus huellas".
Como defensor acérrimo del arte aborigen dijo: "no hay que ir a Altamira para hablar, de aquí partió nuestra escultura. En Cuba debía existir un gran museo con las obras de los aborígenes, y no tenerlas fraccionadas. Es lo más alto de cubanía".
En los conjuntos de piezas que Roberto Fernández somete a la contemplación aflora una serie de elementos que se identifican con lo cubano, en temas y formas: hay totems, rostros, vasijas, platos y otras piezas utilitarias. Es como un guardián de los secretos. Por eso, los elementos permanentes de la naturaleza -la tierra, el agua, el aire y el fuego- pueden entrar en una síntesis armónica con los que fragua esa estatuaria, dando corporeidad a las metáforas por igual atormentadas y esperanzadoras de aquellos hombres. Porque de antiguos originales se basan algunas de sus piezas.
También las "pieles" de sus obras están tocadas por la magia del tiempo. Es una cerámica bruñida cuya coloración realiza a base de óxidos con los que puede alcanzar cualquier tonalidad. Y hace otros trabajos donde está su impronta personal: mezcla lo aborigen y la cultura negra, buscando híbridos artísticos, y hasta una palma la puede llenar de rostros, ¿un totem bien cubano?
No cabe dudas, la inventiva de Roberto Fernández se asienta sobre un sustrato cultural y formal, a partir del cual desarrolla su creación, insertándola en formas actuales, traspasándola de significación social. Y hace bien en llamar la atención del visitante, generalmente propenso a ver en la cerámica un elemento decorativo, sin más trascendencia.