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 Los soneros se despiden
PEDRO DE LA HOZ
EL CICLO de Mi salsa se ha cumplido. Lo que comenzó siendo un
modesto espacio para la difusión de las orquestas populares de baile terminó aportando
el reflejo de una verdad incuestionable: el boom de la creación musical de la Isla en
este final de siglo, éxito que no descansa en factores coyunturales -que los hay, no
caben dudas- sino en la fortaleza que le viene de la raíz y la permanente y lúcida
actualización de una herencia.
Lamentablemente algunos no han comprendido la correspondencia entre
la utilización mediática de un fenómeno cultural y la trascendencia que este último
tiene por sí mismo. Ahora, cuando después de la competencia anual Buscando el sonero, el
programa se despide, hay que sacar cuentas claras: el proyecto concebido y dirigido por
Víctor Torres ha sido un acompañante ideal para el impulso de algo que nos pertenece y a
lo que no debemos renunciar. Se habla de saturación de la salsa, de promociones
privilegiadas, de olvido de otras zonas de la creación musical y es posible que ello haya
sucedido, pero no debemos olvidar que la música cubana de baile -llámese son
genéricamente y con toda razón, o salsa para estar a tono con una etiqueta que para bien
o mal se ha mundializado- es quizá la que con mayor nitidez exprese en nuestra cultura
relaciones tan precisas entre la tradición y la modernidad, entre la elaboración
intelectual y la sensibilidad popular.
Si ha habido saturación y desmesura habrá que hallar explicaciones
en estrategias comunicativas equivocadas o distorsionadas en el diseño de la
programación televisiva o, diría más, en el entramado de los medios y en el
funcionamiento de ciertos mecanismos de valoración del éxito social que se derivan de
las condiciones en que hemos vivido desde el inicio de esta década, pero no en la música
ni en sus promotores más serios, entre los que se cuenta Mi salsa. Habría que recordar
también cómo esos factores influyeron hace veinte o treinta años, en una situación
inversa -mucho peor- cuando los jóvenes apenas bailaban nuestros géneros; unos se
atiborraban del pop hispano más insulso y otros rendían un culto desmedido a la cultura
anglosajona, mientras era poco el estímulo para la inducción de nuevos desarrollos en la
creación sonera.
Emisión por emisión, Mi salsa logró archivar una cadena de logros
apreciables que superan con creces las faltas. De estas últimas hay que aprender: alguna
que otra promoción indebida o injustificada, apasionamientos estériles, falsos
protagonismos, y en las competencias, selecciones discutibles y mimetismos innecesarios.
Pero Mi salsa se distinguió mucho más por el balance ponderativo: tribuna de todas las
generaciones, las establecidas y las emergentes; espacio para homenajes merecidos y
lanzamientos oportunos. Con toda seguridad puede afirmarse que más del 80 por ciento de
sus emisiones, de conservarse, constituyen un registro testimonial impresionante para el
futuro. En esos videos está concentrada una parte significativa de la música que
definió una arista visible de nuestra identidad en estos últimos años. ¿Se debe pedir
más? |