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La sonoridad del Septeto
Omar Vázquez
El amplio espectro de nuestra música ha traído aparejadas varias tendencias de éxitos, dentro de ellas, una de las más llamativas es el papel que vuelven a ocupar los septetos; otra es que junto a los dos grupos que habrían de llevar el son a su máxima expresión: el Habanero (1920) y el Nacional de Piñeiro (1927), reciben a jóvenes interesados por este dúctil formato.
El anterior es el caso del ya reconocido Septeto Jóvenes Clásicos del Son y del santiaguero Turquino hecho subrayado en la clausura del III Encuentro Nacional de Septetos, que con tanto éxito se desarrolló el pasado fin de semana.
La iniciativa del Centro Promotor de la Música Ignacio Piñeiro de reunir en su Jardín, Echale Salsita (17 y K, Vedado) a excelentes instrumentistas y cantantes procedentes de diversas regiones del país que se lanzaron a la significativa aventura del Todos estrellas Salsita (con las inspiraciones dirigidas a homenajear al Poeta del Son, en su 110 natalicio y a Faustino Oramas, El Guayabero, en su 87 cumpleaños), no solo posee todos los atractivos sociocomunicativos, ya que la mayoría del público era joven, sino que revela el alto grado de preparación alcanzado en general por la mayoría de los participantes y que en cualquier tipo de formato se puede integrar un team del más alto nivel.
Entre los que sobresalieron, figuran el Juvenil de Sancti Spíritus, explotando el rico folclore de su región; Son Esperanza y Tambao (Villa Clara), en la línea de la rumba y con una vocalista que se lució en Quién será esa mujer, y Son entero, de Camagüey, cuyo nombre tomaron de un poema de su paisano Nicolás Guillén, en una línea más tradicional pero efectiva.
Hay un caso que merece mención aparte: la de Juan de la Cruz Antomarchi, más conocido por Cotó y sus Ecos del Caribe, quien reeditó el hecho de gran triunfador en esta tercera edición, con la incorporación del cantante Pascual Hernández, El Sinsonte, con la lógica influencia que en ambos dejó su paso por el Charangón de Revé.