Para que la cotorra no
sea exclusiva de museos

Diego Rodríguez Molina

ju4-1.jpg (8837 bytes)NUEVA GERONA.-Desde tiempos remotos el hombre se ha identificado con las cotorras, atraído por su multicolor plumaje, sus parlanchinas maneras de imitar los sonidos humanos y esa singular y pronta capacidad de asociación con la gente. Por eso devino -enjaulada o no- mascota cautiva en hogares.

Tales condiciones las hacen ser, por tanto, muy perseguidas. No pocos enemigos la acechan, incluso indirectamente quienes dicen quererlas y proteger en familia.

Cada vez más compleja, sin embargo, se ha tornado la situación de esta atractiva, longeva y fiel ave que los científicos se han encaprichado en identificar como Amazona leucocephala. Aunque en libros se reporte solamente en Bahamas, Gran Caimán e Isla de la Juventud, en las dos primeras prácticamente ya no tiene perspectivas de recuperarse, tras varios años declarada en grave peligro de extinción, tanto que en Bahamas se ve obligada a anidar en cavidades de la roca caliza.

De este panorama se deduce la responsabilidad cubana por salvar esa subespecie endémica de Los Canarreos, con la mayor población de la región y el mejor estado de conservación.

Sin embargo, pese a los grandes esfuerzos del país, con el apoyo de prestigiosas instituciones del orbe, los resultados preliminares de un censo masivo realizado a estos y otros ejemplares de la avifauna pinera, revelados en el IV Festival Internacional de ayuda a las especies en peligro de extinción, alertan la negativa tendencia al envejecimiento de la cotorra y la creciente disminución de su población juvenil y de su capacidad reproductiva, dada la sustracción indiscriminada de pichones y huevos para una ilegal comercialización.

También tiene en contra la cría en cautiverio -donde no se reproduce-, con la consiguiente afectación a los demás miembros de la camada, que mueren al caer a tierra los nidos, e incluso la pérdida de esas cavidades, tan difíciles de lograr en las palmas barrigonas muertas, utilizadas solo tras adversa competencia con unas 15 especies luego que el pájaro carpintero abre los huecos.

Y si a esa dura lucha agregamos que la cotorra pone una vez al año y la camada de cinco huevos se queda primeramente en tres pichones y es aún menor la cantidad de los sobrevivientes, entonces se comprenderá mucho más la magnitud del daño de los depredadores no naturales, con sus irresponsables actitudes, no siempre enfrentadas con suficiente energía.

Este tipo de violación, al parecer inofensiva aisladamente, reiterada de un año a otro, compromete con seriedad la supervivencia de la especie y su futuro.

"¿Qué ocurrió con aquel elegante sitácido, de gran porte, llamado guacamayo? Se extinguió en Cuba desde principios de siglo, no solo por destrucción de su hábitat, sino también por la cosecha de pichones para llevarlos a cautiverio en los más inimaginados confines", explica la investigadora Xiomara Gálvez, y pone el ejemplo del catey -también de vivaces colores y más pequeños- muy abundante aquí y desaparecido ya totalmente hace muchas décadas, por similares razones vinculadas a la comercialización, que llegó a tener su principal mercado en Estados Unidos.

La alarma se hace más intensa con estas señales que han comenzado a inquietar en mayor medida a investigadores y autoridades de la ecología, quienes coinciden acerca de la necesidad de adoptar medidas más allá de los esfuerzos por crearles las condiciones para su desarrollo silvestre.

José Rivera, de la Empresa Nacional de Flora y Fauna participante en el equipo que procesa los datos del conteo masivo, opina que la crítica situación obliga, además de enfrentar con más rigor la comercialización, ilegalizada de acuerdo con la Convención Internacional para el Tráfico de Especies Silvestres (CITIES), a prohibir la tenencia en cautiverio de aves como la cotorra, como forma de frenar y desestimar su captura indiscriminada.

Podrá parecer una medida fuerte y hasta a muchos desagradará -comenta- pero se imponen acciones extremas para salvar a tiempo esta subespecie endémica que tan rico colorido y original sonoridad da a la campiña cubana, cada vez más vinculada al desarrollo turístico y de la economía en general por el nivel de conservación o de recuperación de sus condiciones naturales.

A tiempo aún estamos para que la cotorra no sea en el futuro exclusiva de museos, como son hoy el guacamayo y probablemente el vistoso carpintero real, y siga siendo un símbolo vivo de los pineros y demás cubanos.

La situación, efectivamente, nos llama a pensar a todos -y todavía más a quienes más cerca viven de las áreas donde anidan- y alertan previsoramente que la civilización no tiene ningún derecho a interrumpir ese natural proceso mediante el cual se garantiza la continuidad de la especie y cuya diversidad forma parte, justamente, del bienestar humano.

pixelb.gif (34 bytes)