 Para que la cotorra no
sea exclusiva de museos
Diego Rodríguez Molina
NUEVA GERONA.-Desde tiempos remotos el hombre se ha
identificado con las cotorras, atraído por su multicolor plumaje, sus parlanchinas
maneras de imitar los sonidos humanos y esa singular y pronta capacidad de asociación con
la gente. Por eso devino -enjaulada o no- mascota cautiva en hogares.
Tales condiciones las hacen ser, por tanto, muy perseguidas. No
pocos enemigos la acechan, incluso indirectamente quienes dicen quererlas y proteger en
familia.
Cada vez más compleja, sin embargo, se ha tornado la situación de
esta atractiva, longeva y fiel ave que los científicos se han encaprichado en identificar
como Amazona leucocephala. Aunque en libros se reporte solamente en Bahamas, Gran Caimán
e Isla de la Juventud, en las dos primeras prácticamente ya no tiene perspectivas de
recuperarse, tras varios años declarada en grave peligro de extinción, tanto que en
Bahamas se ve obligada a anidar en cavidades de la roca caliza.
De este panorama se deduce la responsabilidad cubana por salvar esa
subespecie endémica de Los Canarreos, con la mayor población de la región y el mejor
estado de conservación.
Sin embargo, pese a los grandes esfuerzos del país, con el apoyo de
prestigiosas instituciones del orbe, los resultados preliminares de un censo masivo
realizado a estos y otros ejemplares de la avifauna pinera, revelados en el IV Festival
Internacional de ayuda a las especies en peligro de extinción, alertan la negativa
tendencia al envejecimiento de la cotorra y la creciente disminución de su población
juvenil y de su capacidad reproductiva, dada la sustracción indiscriminada de pichones y
huevos para una ilegal comercialización.
También tiene en contra la cría en cautiverio -donde no se
reproduce-, con la consiguiente afectación a los demás miembros de la camada, que mueren
al caer a tierra los nidos, e incluso la pérdida de esas cavidades, tan difíciles de
lograr en las palmas barrigonas muertas, utilizadas solo tras adversa competencia con unas
15 especies luego que el pájaro carpintero abre los huecos.
Y si a esa dura lucha agregamos que la cotorra pone una vez al año
y la camada de cinco huevos se queda primeramente en tres pichones y es aún menor la
cantidad de los sobrevivientes, entonces se comprenderá mucho más la magnitud del daño
de los depredadores no naturales, con sus irresponsables actitudes, no siempre enfrentadas
con suficiente energía.
Este tipo de violación, al parecer inofensiva aisladamente,
reiterada de un año a otro, compromete con seriedad la supervivencia de la especie y su
futuro.
"¿Qué ocurrió con aquel elegante sitácido, de gran porte,
llamado guacamayo? Se extinguió en Cuba desde principios de siglo, no solo por
destrucción de su hábitat, sino también por la cosecha de pichones para llevarlos a
cautiverio en los más inimaginados confines", explica la investigadora Xiomara
Gálvez, y pone el ejemplo del catey -también de vivaces colores y más pequeños- muy
abundante aquí y desaparecido ya totalmente hace muchas décadas, por similares razones
vinculadas a la comercialización, que llegó a tener su principal mercado en Estados
Unidos.
La alarma se hace más intensa con estas señales que han comenzado
a inquietar en mayor medida a investigadores y autoridades de la ecología, quienes
coinciden acerca de la necesidad de adoptar medidas más allá de los esfuerzos por
crearles las condiciones para su desarrollo silvestre.
José Rivera, de la Empresa Nacional de Flora y Fauna participante
en el equipo que procesa los datos del conteo masivo, opina que la crítica situación
obliga, además de enfrentar con más rigor la comercialización, ilegalizada de acuerdo
con la Convención Internacional para el Tráfico de Especies Silvestres (CITIES), a
prohibir la tenencia en cautiverio de aves como la cotorra, como forma de frenar y
desestimar su captura indiscriminada.
Podrá parecer una medida fuerte y hasta a muchos desagradará
-comenta- pero se imponen acciones extremas para salvar a tiempo esta subespecie endémica
que tan rico colorido y original sonoridad da a la campiña cubana, cada vez más
vinculada al desarrollo turístico y de la economía en general por el nivel de
conservación o de recuperación de sus condiciones naturales.
A tiempo aún estamos para que la cotorra no sea en el futuro
exclusiva de museos, como son hoy el guacamayo y probablemente el vistoso carpintero real,
y siga siendo un símbolo vivo de los pineros y demás cubanos.
La situación, efectivamente, nos llama a pensar a todos -y todavía
más a quienes más cerca viven de las áreas donde anidan- y alertan previsoramente que
la civilización no tiene ningún derecho a interrumpir ese natural proceso mediante el
cual se garantiza la continuidad de la especie y cuya diversidad forma parte, justamente,
del bienestar humano. |