| NACIONALES |
Patrimonio Cultural Nacional
Cruzada contra los biodegradantes
ALBERTO NUÑEZ BETANCOURT
La voz de alarma se escuchó en El Templete, la Casa de Africa, la Casa de los Arabes, la Casa de la Plata, la Casa Humboldt, y otros sitios de la antigua Habana que atesoran gran parte del patrimonio cultural nacional. Numerosos objetos de incalculable valor histórico y los inmuebles mismos se deterioraban aceleradamente por la acción depredadora de microorganismos e insectos.
A partir de una muestra, el biólogo analiza el tipo de patógeno y sus características.
Ante tal desafío, imbuidos por la laboriosidad de las hormigas y con el propósito de revertir ese efecto negativo, acudieron arquitectos, conservadores, restauradores, biólogos, químicos... Nacía así, hace poco más de un año, el programa integral de control de plagas en el Centro Histórico, propósito impulsado por la Oficina del Historiador.
Vencido el asombro que causó su presencia durante las primeras jornadas de trabajo sobre qué hacía un biólogo en medio de piezas de arte y documentos de historia, Lázaro Obel Castañeda relata el camino transitado hasta la fecha.
El biólogo es solo un integrante del equipo de trabajo que ha emprendido una cruzada contra los biodegradantes: hongos, bacterias e insectos nocivos a los bienes de nuestro patrimonio, expresa Lázaro Obel, especialista de la dirección de Conservación de la Oficina del Historiador de la Ciudad.
Sentimos la satisfacción de haber controlado varias plagas que ponían en peligro importantes colecciones de los museos. Por supuesto el trabajo no se detiene, nos queda por desarrollar proyectos relacionados con las termitas (comejenes) -el de mayor incidencia en las instituciones del Centro Histórico-, en la búsqueda de productos más efectivos y una metodología del tratamiento que contribuya a reducir en buena medida sus daños.
El programa compromete a un trabajo sistemático porque el clima tropical nuestro resulta favorable para la proliferación de insectos y microorganismos, además de que los valores altos de temperatura y humedad relativa repercuten en el estado general de las piezas, el color de los cuadros, la oxidación de los barnices, entre otros males.
El trabajo de conservación y restauración requiere de una minuciosidad tremenda, añade Lázaro Obel: primero, identificar los factores que intervienen, llevar al laboratorio una muestra y a partir de un estudio seleccionar el producto específico para el tratamiento. También evaluar el daño de la pieza y encontrar alternativas que disminuyan el uso de plaguicidas, porque comprobado está que el producto químico puede causar estragos en el objeto museable.
Nuestra máxima de trabajo es crear las condiciones óptimas para que de manera preventiva los factores biológicos, físicos y químicos puedan ser minimizados. Cuando el daño está hecho quedan irremediablemente secuelas y la obra pierde valor. Además, restaurar significa emplear no pocos recursos de alto costo económico en estos tiempos.
En cualquier caso de pieza conservada o restaurada garantizamos una protección basada en un seguimiento profiláctico para así preservar nuestro patrimonio cultural y ecológico, manifiesta el especialista.
Junto a los comejenes se ha detectado en el Centro Histórico una presencia notable de cucarachas, escarabajos de la despensa, insectos del género lepismas -muchas personas los confunden con las trazas-, y las tineolas, entre otros.
Uno de los éxitos de este esfuerzo integral de diversas instituciones es el rescate oportuno en el archivo de la Oficina del Historiador en el Museo de la Ciudad, de valiosos fondos documentales como las actas originales del Cabildo desde la fundación misma de la villa de San Cristóbal de La Habana, y la colección de grabados coloniales hechos en soporte de acetato.
El abarcador propósito concibe el saneamiento general de la zona del Centro Histórico, así como la promoción permanente de una cultura de protección ambiental en defensa de nuestro entorno e historia.