CULTURALES

Fueron dos Grammys

La música cubana se impone en EE.UU.


Pedro de la Hoz

La ceremonia de entrega de los Premios Grammys 1997, efectuada el último miércoles en Nueva York, deparó a la música cubana dos momentos de júbilo: no solo el mejor álbum entre los géneros llamados tropicales, como estas páginas reflejaron ayer, recayó en una grabación doméstica, Buenavista Social Club, concebida en los estudios de la EGREM por una constelación de veteranos intérpretes de puro linaje sonero, sino que en la categoría de jazz latino se impuso Havana, registro único de la orquesta Crisol, una agrupación fundada en La Habana, durante la primavera pasada, por Chucho Valdés y el trompetista norteamericano Roy Hargrove, y en la que aportaron todo su talento los percusionistas José Luis Quintana (Changuito), Miguel Angá y Horacio (El Negro) Fernández.
Para Chucho, autor de dos de los temas del registro, Mr. Bruce y Mambo para Roy, estrenados en la Casa de la Música de Miramar y luego difundidos en el último Jazz Plaza de diciembre, y responsable de la mayoría de las orquestaciones, se trata de su segunda conquista del codiciado gramófono, pues en 1978, con su banda Irakere, abrió el camino dorado con Live in Newport.
Apenas unos minutos después de terminar la ceremonia, Hargrove se comunicó con Chucho y le dijo: "¡El milagro se hizo!". Changuito conoció la noticia mientras descargaba en La Zorra y el Cuervo, Angá, en París, y El Negro, en Los Angeles, brindaron con emoción por un disco que renueva la experiencia de fundir "dos músicas complementarias con una misma raíz", según suele definir Chucho al jazz latino.
"Yo le dije a Roy -recuerda Chucho- que este era el momento de hacer una orquesta cubanoamericana, con mucho sabor latino, pues teníamos en la mira, entre los que viven en Estados Unidos, a David Sánchez, un saxofonista excepcional, como se vio aquí en La Habana. Angá es el Chano Pozo de esta época; El Negro grabó, aunque el que vino después, Barretico, es enorme también; y todos saben que Changuito es el rey de las pailas. El Grammy no hace más que culminar el recorrido de un año extraordinario; no es que lo diga yo, ahí están los videos y las críticas de los festivales más importantes de Europa y Estados Unidos en 1997".
De Buenavista Social Club se puede escribir la crónica de un Grammy anunciado. Prácticamente, en esa categoría, no podía ser otro: raramente un disco encuentra la aprobación de la más exigente crítica y consigue tales volúmenes de venta entre auditorios tan disímiles, los hispanos y los anglosajones de EE.UU., los británicos y los griegos, los españoles y los italianos, los franceses y los suecos, los que sienten una afinidad por lo latino y los que descubren esa identidad por vez primera.
En contacto con Ry Cooder, productor general y gerente del sello World Circuit, quien en EE.UU. disfruta este premio como nadie, definió la realización como "una bendición, porque gracias a Juan de Marcos González (fundador de Sierra Maestra) pude reunir a varios de los mejores músicos de Cuba, estrellas individuales, pero mejor aún en colectivo, con una relación especial entre ellos".
Buenavista Social Club ofrece un abanico del son, la trova y el danzón (el que le da título al disco, firmado por el legendario Orestes López, y "Pueblo Nuevo" del maestro Guillermo Rubalcaba) desde una base coherente, bien pensada. La obra de autores como María Teresa Vera, Rafael Ortiz, Sindo Garay, El Guayabero, Guillermo Portabales y Ernesto Duarte, entre otros, brilla con intérpretes de la talla de Omara Portuondo y Compay Segundo, Puntillita y Elíades Ochoa, Cachaíto y Rubén González, el Guajiro Mirabal e Ibrahim Ferrer, Barbarito Torres y Lázaro Villa, los propios Juan de Marcos y Ry Cooder (que es tremendo guitarrista) y el inefable Compay Segundo y parte de sus muchachos en el ya imprescindible "Chan chan".


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