América Latina y el tifón financiero

JOAQUIN RIVERY

UNO DE los acontecimientos más relevantes de 1998 para América Latina fue sin duda el tifón financiero que llegó con vientos de alto poder destructivo, procedente de Asia y se hizo sentir amenazadoramente en las economías de la región, en la que dejó un saldo de erosión sensible del crecimiento económico con proyecciones indeseadas sostenidas para 1999.

La década de los 90 fue para esta parte del mundo testigo de la aplicación profunda del modelo neoliberal, con énfasis en la estabilización de los índices macroeconómicos a través de políticas destinadas a mantener la inflación en el mínimo posible, reducir los gastos estatales, privatizar las empresas públicas, abrir los mercados nacionales y buscar un crecimiento económico alto y estable, aunque al precio de desencadenar un caos social como nunca antes se había visto.

El modelo fue marchando más o menos bien para los conceptos del Fondo Monetario Internacional, propulsor exigente e inflexible del neoliberalismo. El Producto Interno Bruto creció, se privatizó prácticamente todo lo que era posible, los estados redujeron su poder sobre la economía y las medidas de ajuste avanzaron estabilizando la macroeconomía mientras la desprotección de las masas más pobres y el retiro de recursos a la educación y a la salud pública hacían más ancha la brecha entre ricos y pobres, a tal punto que la región es considerada como la de distribución más desigual de sus riquezas en todo el mundo.

En el último cuarto de 1997 se desató la turbulencia financiera en el sudeste de Asia y pareció inicialmente como que América Latina no sería muy afectada, pero la crisis se profundizó rápidamente, se extendió hacia el resto del mundo de una forma u otra y alcanzó plenamente a la región en 1998 con derrumbe de las bolsas, retiro masivo de capitales, baja en el crecimiento y alarma persistente.

La primera consecuencia fue que se esfumó la posibilidad de contar con un financiamiento externo abundante y de bajo costo, por cuanto en época de crisis los grandes capitales abandonan rápidamente el área de los llamados "países emergentes", se vuelven renuentes a las inversiones en ellos y se refugian en las naciones más poderosas.

Los efectos de la crisis, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), fueron transferidos hacia la región por tres vías.

Una de ellas es el comercio. La crisis provocó una baja en las exportaciones con destino al mercado asiático, que pudo asimilar mucho menos que antes y, encima de ello, las devaluaciones monetarias en aquella zona hicieron bajar los precios de las mercancías que exportaban, lo que las hacía más competitivas.

Pero, además, la baja demanda asiática, gran consumidora de materias primas, acentuó bruscamente el debilitamiento de los precios de los productos básicos (entre ellos el petróleo) que constituyen la fuente fundamental de ingresos de América Latina.

Como segunda vía está el sector financiero, que se vio sometido a muy fuertes ataques especulativos contra el tipo de cambio de las monedas, sufrió profundas caídas bursátiles y vio escasear o aumentar el costo del capital externo.

Las corridas de las bolsas latinoamericanas sintieron automáticamente los problemas de sus similares asiáticas y de la bolsa norteamericana hasta el punto que hubo días de pánico atroz en prácticamente todas las capitales del sur del Río Bravo. Se produjo una acentuada descapitalización, no solamente por la fuga de los capitales extranjeros, sino también porque los nacionales preferían convertir sus papeles en dólares para llevárselos a plazas menos convulsionadas.

En tercer lugar están las políticas para hacer frente a la crisis, enfiladas fundamentalmente a hacer más restrictivas las medidas fiscales y monetarias.

Para un cálculo exacto de los daños que la crisis económica ha causado en América Latina y el Caribe se requiere mucho tiempo, mas un indicador de lo que se puede esperar es que hacia fines de 1997 se estimaba para 1998 un crecimiento de alrededor de un cuatro por ciento.

Sin embargo, todas las cuentas se equivocaron en ese pronóstico, sometido a cambios a medida que la crisis se hacía más profunda. Cada cierto tiempo, a lo largo del año, las instituciones económicas hacían ajustes a la baja (3,5... 3,0... 2,6...) hasta que en diciembre la CEPAL dio su estimación definitiva en 2,3 por ciento de crecimiento. Cuando finalice 1998 y los detalles vayan fluyendo, quizás la realidad pueda ser todavía inferior esos últimos dígitos. En 1997 la región creció en un 5,2 por ciento.

Es elemental suponer que si el sector social había entrado en crisis mayor con la implantación de las medidas neoliberales, una turbulencia económica de esta escala tenía que agravar aún más la situación. Si los datos económicos son difíciles de perfilar hasta que transcurre algún tiempo y se unifican, peor aún sucede con las estadísticas sociales, generalmente manipuladas por muchos gobiernos para no presentar toda la profundidad de los males que corroen las sociedades por la parte más pobre de la población.

Si la propia CEPAL considera que América Latina requiere un crecimiento superior al del cinco por ciento anual sostenido para comenzar a resolver los problemas de la pobreza, la educación y la salud pública de millones de personas, los descensos en el ritmo solamente pueden agravar la situación.

Por lo pronto, la Oficina Regional de la Organización Internacional del Trabajo, divulgó un documento en el que señalaba que en 1998 el desempleo abierto sería del 8,4 por ciento frente a un 7,2 por ciento el año anterior. Y estas cifras son oficiales y no consideran el sub-empleo, que llega a casi el 50 por ciento y es enmascarado por los índices del llamado sector informal.

Los gobiernos latinoamericanos tenían dos vías para enfrentar la crisis: altas tasas de interés interno para proteger el tipo de cambio y evitar que la inflación resurja; o devaluar la moneda para no perder competitividad internacional con sus consecuencias de posibilidades de inflación. La primera vía ha sido la adoptada.

Terminando 1998, a la región le queda la incertidumbre del próximo año y las presiones que se prolongarán. Como la crisis no ha pasado por completo y debe mantener su influencia, las perspectivas de la producción mundial indican al descenso y América Latina y el Caribe no escapan a esta proyección.

Según las estimaciones de la CEPAL, los vientos del tifón financiero asiático se continuarán sintiendo y el crecimiento no superará el uno por ciento. Es decir, todavía más bajo que en 1998.

Una de las más nefastas consecuencias de la crisis es que el FMI aprovecha la coyuntura de que las naciones requieren de mayores ayudas financieras para extorsionarlas en cuanto a la política económica a seguir, exigiéndoles cada vez más neoliberalismo y apertura al mercado si quieren obtener créditos con los cuales cubrir las grietas causadas por las turbulencias financieras.

Lo peor para América Latina es que, si con índices de crecimiento del cinco por ciento la pobreza en el continente había crecido vertiginosamente, con el frenazo aplicado ahora a la economía no se sabe qué va a suceder. En fin de cuentas, el crecimiento económico está muy lejos del desarrollo y las cifras crean la ilusión de que las cosas van bien, pero van bien solamente para los sectores que concentran más las riquezas y son peores para las grandes poblaciones empobrecidas.

Tal vez donde mejor se recoja esa realidad sea en el mensaje navideño -emitido en tono de clamor patético- de monseñor José María Arancedo, obispo de Mar del Plata, Argentina, quien aseveró que "no podemos dejar de pensar en las consecuencias negativas y dolorosas de una creciente concentración de riquezas, que junto a una injusta distribución del ingreso aumenta el flagelo de la desocupación y la exclusión social".