UNO DE los acontecimientos más relevantes de 1998 para América
Latina fue sin duda el tifón financiero que llegó con vientos de alto poder destructivo,
procedente de Asia y se hizo sentir amenazadoramente en las economías de la región, en
la que dejó un saldo de erosión sensible del crecimiento económico con proyecciones
indeseadas sostenidas para 1999.
La década de los 90 fue para esta parte del mundo testigo de la aplicación profunda
del modelo neoliberal, con énfasis en la estabilización de los índices macroeconómicos
a través de políticas destinadas a mantener la inflación en el mínimo posible, reducir
los gastos estatales, privatizar las empresas públicas, abrir los mercados nacionales y
buscar un crecimiento económico alto y estable, aunque al precio de desencadenar un caos
social como nunca antes se había visto.
El modelo fue marchando más o menos bien para los conceptos del Fondo Monetario
Internacional, propulsor exigente e inflexible del neoliberalismo. El Producto Interno
Bruto creció, se privatizó prácticamente todo lo que era posible, los estados redujeron
su poder sobre la economía y las medidas de ajuste avanzaron estabilizando la
macroeconomía mientras la desprotección de las masas más pobres y el retiro de recursos
a la educación y a la salud pública hacían más ancha la brecha entre ricos y pobres, a
tal punto que la región es considerada como la de distribución más desigual de sus
riquezas en todo el mundo.
En el último cuarto de 1997 se desató la turbulencia financiera en el sudeste de Asia
y pareció inicialmente como que América Latina no sería muy afectada, pero la crisis se
profundizó rápidamente, se extendió hacia el resto del mundo de una forma u otra y
alcanzó plenamente a la región en 1998 con derrumbe de las bolsas, retiro masivo de
capitales, baja en el crecimiento y alarma persistente.
La primera consecuencia fue que se esfumó la posibilidad de contar con un
financiamiento externo abundante y de bajo costo, por cuanto en época de crisis los
grandes capitales abandonan rápidamente el área de los llamados "países
emergentes", se vuelven renuentes a las inversiones en ellos y se refugian en las
naciones más poderosas.
Los efectos de la crisis, según la Comisión Económica para América Latina y el
Caribe (CEPAL), fueron transferidos hacia la región por tres vías.
Una de ellas es el comercio. La crisis provocó una baja en las exportaciones con
destino al mercado asiático, que pudo asimilar mucho menos que antes y, encima de ello,
las devaluaciones monetarias en aquella zona hicieron bajar los precios de las mercancías
que exportaban, lo que las hacía más competitivas.
Pero, además, la baja demanda asiática, gran consumidora de materias primas, acentuó
bruscamente el debilitamiento de los precios de los productos básicos (entre ellos el
petróleo) que constituyen la fuente fundamental de ingresos de América Latina.
Como segunda vía está el sector financiero, que se vio sometido a muy fuertes ataques
especulativos contra el tipo de cambio de las monedas, sufrió profundas caídas
bursátiles y vio escasear o aumentar el costo del capital externo.
Las corridas de las bolsas latinoamericanas sintieron automáticamente los problemas de
sus similares asiáticas y de la bolsa norteamericana hasta el punto que hubo días de
pánico atroz en prácticamente todas las capitales del sur del Río Bravo. Se produjo una
acentuada descapitalización, no solamente por la fuga de los capitales extranjeros, sino
también porque los nacionales preferían convertir sus papeles en dólares para
llevárselos a plazas menos convulsionadas.
En tercer lugar están las políticas para hacer frente a la crisis, enfiladas
fundamentalmente a hacer más restrictivas las medidas fiscales y monetarias.
Para un cálculo exacto de los daños que la crisis económica ha causado en América
Latina y el Caribe se requiere mucho tiempo, mas un indicador de lo que se puede esperar
es que hacia fines de 1997 se estimaba para 1998 un crecimiento de alrededor de un cuatro
por ciento.
Sin embargo, todas las cuentas se equivocaron en ese pronóstico, sometido a cambios a
medida que la crisis se hacía más profunda. Cada cierto tiempo, a lo largo del año, las
instituciones económicas hacían ajustes a la baja (3,5... 3,0... 2,6...) hasta que en
diciembre la CEPAL dio su estimación definitiva en 2,3 por ciento de crecimiento. Cuando
finalice 1998 y los detalles vayan fluyendo, quizás la realidad pueda ser todavía
inferior esos últimos dígitos. En 1997 la región creció en un 5,2 por ciento.
Es elemental suponer que si el sector social había entrado en crisis mayor con la
implantación de las medidas neoliberales, una turbulencia económica de esta escala
tenía que agravar aún más la situación. Si los datos económicos son difíciles de
perfilar hasta que transcurre algún tiempo y se unifican, peor aún sucede con las
estadísticas sociales, generalmente manipuladas por muchos gobiernos para no presentar
toda la profundidad de los males que corroen las sociedades por la parte más pobre de la
población.
Si la propia CEPAL considera que América Latina requiere un crecimiento superior al
del cinco por ciento anual sostenido para comenzar a resolver los problemas de la pobreza,
la educación y la salud pública de millones de personas, los descensos en el ritmo
solamente pueden agravar la situación.
Por lo pronto, la Oficina Regional de la Organización Internacional del Trabajo,
divulgó un documento en el que señalaba que en 1998 el desempleo abierto sería del 8,4
por ciento frente a un 7,2 por ciento el año anterior. Y estas cifras son oficiales y no
consideran el sub-empleo, que llega a casi el 50 por ciento y es enmascarado por los
índices del llamado sector informal.
Los gobiernos latinoamericanos tenían dos vías para enfrentar la crisis: altas tasas
de interés interno para proteger el tipo de cambio y evitar que la inflación resurja; o
devaluar la moneda para no perder competitividad internacional con sus consecuencias de
posibilidades de inflación. La primera vía ha sido la adoptada.
Terminando 1998, a la región le queda la incertidumbre del próximo año y las
presiones que se prolongarán. Como la crisis no ha pasado por completo y debe mantener su
influencia, las perspectivas de la producción mundial indican al descenso y América
Latina y el Caribe no escapan a esta proyección.
Según las estimaciones de la CEPAL, los vientos del tifón financiero asiático se
continuarán sintiendo y el crecimiento no superará el uno por ciento. Es decir, todavía
más bajo que en 1998.
Una de las más nefastas consecuencias de la crisis es que el FMI aprovecha la
coyuntura de que las naciones requieren de mayores ayudas financieras para extorsionarlas
en cuanto a la política económica a seguir, exigiéndoles cada vez más neoliberalismo y
apertura al mercado si quieren obtener créditos con los cuales cubrir las grietas
causadas por las turbulencias financieras.
Lo peor para América Latina es que, si con índices de crecimiento del cinco por
ciento la pobreza en el continente había crecido vertiginosamente, con el frenazo
aplicado ahora a la economía no se sabe qué va a suceder. En fin de cuentas, el
crecimiento económico está muy lejos del desarrollo y las cifras crean la ilusión de
que las cosas van bien, pero van bien solamente para los sectores que concentran más las
riquezas y son peores para las grandes poblaciones empobrecidas.
Tal vez donde mejor se recoja esa realidad sea en el mensaje navideño -emitido en tono
de clamor patético- de monseñor José María Arancedo, obispo de Mar del Plata,
Argentina, quien aseveró que "no podemos dejar de pensar en las consecuencias
negativas y dolorosas de una creciente concentración de riquezas, que junto a una injusta
distribución del ingreso aumenta el flagelo de la desocupación y la exclusión
social".