Pocas películas han recibido más propaganda en los cien años del
cine que Titanic. Tanta propaganda que con ella pudiera llenarse un barco de las
proporciones del infortunado. Punta de lanza de esa divulgación a caballo sobre el mito
ha sido el dinero: Una especie de pánico fue acompañado cada día de rodaje del director
canadiense James Cameron, ya que dos grandes estudios tuvieron que sumar fuerza financiera
para cubrir la monumentalidad fílmica concebida por este realizador con fama de gastar
siempre el doble del presupuesto original.
La británica Kate Winslet, junto
a Leonardo Di Caprio, ella mejor que él, ambos muy bien escogidos para una trama que nada
sería si el componente de tragedia amorosa, romántica, estrujadora de corazones, no
hubiera quedado a flote, en tanto el Titanic se hundía.
Resultó una empresa de extremos resaltantes, en la cual llegó a hablarse de suicidio
o champagne. Al final se bebió con la euforia del náufrago que ha probado la salinidad
de su hundimiento. Si bien Titanic se convertía en la producción más cara de la
historia del cine (se ha llegado a hablar de 280 millones de dólares), también sus
felices apostadores se coronaban del amarillo clásico, hoy devenido verde papel: en una
campaña arrasadora, la película desplazaba a mitos vivientes como E.T y Tiburón
y pasaba a ocupar el primer lugar en recaudación de la historia del cine. (Las últimas
cifras, conocidas hace ya algún tiempo, hablaban de más de 2 mil millones de dólares. A
esto hay que sumar la aparición del filme en video, tras una hábil campaña
propagandística que en los Estados Unidos alcanzó dimensiones de acontecimiento
nacional).
Después de Titanic, de su costo y triunfo en taquilla, no son pocos los que se
preguntan hacia dónde irá el cine con esos presupuestos desmedidos, a los que hace
encarecer la cada vez más recurrente mano de los efectos especiales. A esta altura del
acontecer cinematográfico, hay un espectador masivo que ha sido preparado por los efectos
comunicantes de la prensa y la televisión para interesarse primero por el costo del
filme, luego el tema, los actores y finalmente el director. Una ecuación simple hablaría
de mucho dinero, muchos efectos especiales, mucho entretenimiento a la altura de un
público joven más interesado en el cine como espectáculo que en su función artística.
Si el proyecto millonario cuaja y vuelve a cuajar, entonces las casas productoras se sacan
una lotería tras otra, recompensa a la cual no están dispuestas a renunciar, para
cederle presupuestos a proyectos hermosamente artísticos, pero riesgosos, o con pocas
posibilidades de alcanzar cifras millonarias.
El mérito de James Cameron en Titanic ha sido el poder elaborar un producto capaz de
satisfacer los gustos más variados y a la vez hacer creer al espectador que está viendo
algo de altísimo vuelo. Tal como lo hizo Spielberg con El color púrpura, aunque en otra
dimensión y con mucho menos densidad artística, el canadiense retoma los hilos más
probados del melodrama decimonónico, arma una trama de pasión y muerte con dos
encantadores protagonistas y la sitúa nada más y nada menos que en aquella primera y
última travesía que en 1912 realizara el entonces considerado insumergible Titanic.
Esto, que dicho así parece fácil, hay que saber integrarlo a unos recursos especiales a
los que Cameron sabe sacar excelente dramatismo, más allá del frío aplauso que pueda
obtener un buen técnico en la materia (recuérdese Tornado, gala de computadoras poniendo
a volar vacas, pero carente de pasión).
Y el golpe maestro de Cameron: El, realizador de grandes espectáculos, considerado el
Cecil B. De Mille del año 2000, que convirtió en estrella millonario a Schwarzenegger
luego de dirigirlo en Terminator, capaz de seguir dándole aliento a la segunda parte de
un Alien al que parecía Ridley Scott le había extraído el máximo, ya tiene enganchado
al espectador en la primera mitad del filme, sin necesidad de sacar a relucir alguna que
otra cosilla de sus dominios en los efectos especiales. Y cuando estos recursos llegan
luego del tejido conmovedor de joven pobre enamorado de muchacha rica y acosado por
pretendiente villano capaz hasta de matar, entonces es la apoteosis de este filme más
romántico que catastrófico, urdido con la inteligencia de los grandes fabricantes de
artesanías concebidas para dar en el corazón del blanco más universal.
En 1997, filmes de bajos presupuestos, algunos llamados independientes y otros
disfrazados de ello, ganaron casi todos los premios Oscar. Parecía el inicio de una nueva
era, en que la calidad se impondría a la superproducción tradicional, tan cara a
Hollywood. Pero todas aquellas películas juntas, entre las que se encontraba la excelente
El paciente inglés, no recaudaron lo que ya lleva Titanic.
Este año fue la contraofensiva de los grandes estudios. Se lo jugaron todo a Titanic,
pusieron las cartas en manos de Cameron y este logró un nada desdeñable trío de Ases.
Porque el cuarto As que muchos le conceden, ese, que no queda duda, lo ha puesto la
propaganda.