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 Ardiente
bolero de algo ya visto

Jorge Ignacio Pérez
El último bolero, espectáculo teatral todavía en cartelera, en el
Centro Cultural Brecht, asume ante todo un gran reto: abordar con cierta profundidad la
viejísima problemática de la comunicación padres-hijos, aquí desde la perspectiva
femenina quizá a manera de comodín para las autoras del texto, aunque la naturaleza de
la mujer, desde los clásicos griegos, siempre significó una fuente inagotable de donde
sacar muchos tejidos dramáticos.
El último bolero se estrenó en mayo de este año en la ciudad de Santa
Clara.
La obra presenta, en la época actual, el reencuentro de una madre y
su hija después de diez años de lejanía. La madre, proveniente de los Estados Unidos,
intenta salvar una relación filial que nunca existió a plenitud; viene en busca de su
descendiente que ya no le pertenece y comprende que la joven es más hija de su tiempo, de
su realidad objetiva, e incluso de su comportamiento sexual, que de ella misma: en la
muchacha encontrará una marca de lo que significa el desarraigo familiar, la soledad, el
olvido.
Pero no es una pieza caótica en la que dos polos opuestos se
repelen, pues en realidad la polaridad es mínima. (¡Ya se verá, al final, cómo un
simple bolero mueve sensaciones ocultas y recuerdos!). Como tampoco se trata de un ajuste
de cuentas, sino más bien de un reproche a una parte del pasado.
Cristina Rebull e Iliana Prieto, autoras del texto, se lanzaron con
un proyecto bastante ambicioso al armar su trama con elementos conceptuales y
circunstanciales que por sí solos se prestan para temas independientes: la separación de
la familia, aquí concretamente dicha mediante el pasaje histórico de la emigración
cubana, y la intolerancia, puesta en tela de juicio por la asimilación o no de la
homosexualidad, un recurso que, como fenómeno social no menos importante, a nuestro modo
de ver se queda en la superficie de la obra, o sea, como una apoyatura dramática de la
que se puede prescindir, más teniendo en cuenta que ese lado no quedó bien resuelto en
relación con el personaje de Sofía, la madre, que enfrenta esa problemática con cierto
aire de despreocupación.
En líneas generales la trama está bien lograda aunque su contenido
ha sido bastante tratado, no sólo en el teatro sino también en otros medios expresivos
como el cine y la literatura más reciente. Incluso podrían establecerse algunos
paralelismos con tragicomedias estrenadas en estos últimos años, un tipo de escena que
trata con estética realista las circunstancias socio-económicas del país, aquí
montadas más íntimamente en un teatro de cámara.
Dos personajes visibles y otros cuatro referidos; el teléfono que
suena como ruptura cíclica de la situación central; ese contrapunteo entre madre e hija
que funciona como recuento cáustico del ¿qué hemos hecho con nuestras vidas?, y un
discurso verbalista alternante entre el dramatismo y la comicidad, todo lo anterior da
"cuerpo" a este espectáculo de una hora y 20 minutos de duración interpretado
correctamente por la propia Rebull (Beatriz, la hija) y Verónica Lynn (Sofía, la madre).
No obstante los logros histriónicos, la puesta en escena dilata
innecesariamente un acto que bien pudo haberse resuelto en menos tiempo físico, y no
porque el contenido no dé para tanto, sino por la linealidad discursiva que incluso da la
sensación de que la obra está "inflada". O sea, la puesta ofrece pocos puntos
de giro, y de no ser por ese oportuno teléfono que suena de vez en cuando y levanta la
curva de atención, sería poco soportable más de media hora en un sótano en extremo
ardiente de calor. |