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 La
música, ¿una buena o mala compañía? (final)
El baile a medias

Pedro de la Hoz
¿Dónde se baila esta noche?, es la pregunta ritual que formula
cualquier visitante cuando pisa tierra cubana. Cierto que nos gustaría ser comprendidos
en nuestra más vasta diversidad sonora -de hecho la brújula no se estanca en una
dirección y la rosa de los vientos se abre para señalar preferencias por la trova,
tradicional o contemporánea, por el folclor campesino, por el jazz, por el rock, por la
música coral, hasta por el arte lírico, que no faltan quienes buscan entre nosotros los
delirios de las romanzas y las habaneras-, pero cierto es también que se nos identifica
como uno de los vórtices de la música bailable en el mundo. Lógico entonces que una
buena parte de los turistas pregunte dónde se baila y encuentre en la geografía habanera
a las mejores orquestas, cuando no están de gira, atrincheradas en el Palacio de la
Salsa, el Café Cantante Mi Habana, la Casa de la Música, La Cecilia y algún que otro
sitio hotelero, como el Café Habana, del Meliá Cohiba, con una deliciosa onda retro en
el estilo de los 50. Son lugares a los que se accede mediante el pago en divisas y, aunque
algunos de ellos posean determinados mecanismos que flexibilizan la disposición de una
mínima cantidad de plazas en moneda nacional, resulta imposible abrirlos a esta última
opción debido al perfil económico en que se sustentan.
Las discotecas son harina de otro costal: nos estamos perdiendo la
promoción en vivo de la música cubana en este tipo de establecimientos, pues solo se
privilegia la variante del disc jockey y muy pocos de ellos cobran conciencia de la
necesidad de alternar la, al parecer imprescindible, explosión techno con los géneros
domésticos. La Casa de la Música sigue siendo uno de los pocos sitios en los que se
invierten favorablemente los términos: primero las orquestas y luego la disco propiamente
dicha.
Pero no todos los turistas quieren bailar exclusivamente entre
turistas o entre quienes medran con el turismo y entonces tienen casi como única opción
las tandas del Salón Rosado Benny Moré, isla solitaria en la promoción sistemática de
la música popular bailable. Si se indaga entre Adalberto o Pachito, Formell o José Luis,
Chucho o Paulito, o entre los soneros emergentes de probada calidad, todos coincidirán en
señalar el espacio de La Tropical como el balón de ensayo preferido para confrontar sus
nuevos temas con los bailadores. Y es que el músico se retroalimenta en contacto con su
público. Lo propio sucede con el turista avisado: le gusta tomar el pulso a los
bailadores cubanos y escuchar a sus orquestas preferidas en su medio natural.
Viejo asunto éste el de la reanimación de la trama bailable
capitalina. Por más proyectos que se hayan concebido -hasta una vez se habló de una
junta de patrocinio que implicaría la cooperación entre instituciones culturales, la
administración provincial y las organizaciones sindicales a cargo de los círculos
sociales- el despegue ha sido intermitente, cuando no fallido. ¿Por qué no concentrar
empeños y recursos a fin de acometer un programa racional que rehabilite, de manera
paulatina pero irreversible, los espacios bailables en la ciudad? ¿Por qué no aprovechar
la red de discotecas de la UJC en favor de este necesario movimiento social recreativo?
Estoy seguro que tanto cubanos como visitantes se sentirán más a gusto con soluciones
convergentes: en definitiva la música, los músicos, y el público saldrían ganando. Y
siempre habrá fórmulas inteligentes y prácticas para hallar el respaldo ec onómico suficiente e incluso obtener saldos favorables. |