NACIONALES

Julio Antonio Mella

La roja flecha contra
el viejo muro


PEDRO A. GARCIA

Según la tradición familiar, la idea se le ocurrió a mi abuelo: la policía machadista nunca buscaría a Mella en casa de mi tío Eduardo, ya famoso entonces por sus ideas retrógradas. Solo podían visitar al perseguido y su anfitrión, la bisabuela Raquel, de rostro angelical, acompañada de mi madre, entonces una niña. Nadie en la familia supo jamás cómo se las arregló el abuelo para conciliar bajo un mismo techo la vehemencia revolucionaria de Julio Antonio con su retrógrado tío. Ninguno de los tres dejó constancia de aquella vivencia.

En sus recuerdos de niña, Mella se le presenta a mi madre como "un hombre alto, de cara bonita, pelo ensortijado, voz agradable, se sonreía mucho, no era nada serio, muy conversador. Leía mucho, siempre le llevábamos libros". Otros testimonios familiares dicen que sus rasgos distintivos eran la firmeza de carácter y su formidable capacidad de trabajo: "sencillo y sobrio, no muy amigo de fiestas. No es cierto lo que dicen algunos que él era un bailador empedernido. Eran las muchachitas las que lo obligaban a bailar".

A la tía Flora le oí protestar más de una vez contra quienes calificaban a Mella de alocado. "Era muy equilibrado y metódico, meditaba todos sus pasos, no actuaba precipitadamente". Juan Marinello añadía: "Estudioso y meditador, sin dejar de ser un hombre de acción. Veraz y decidido, valeroso y audaz".

DOS ANECDOTAS

Cuentan que Mella era un conversador infatigable. Se abstraía de tal forma cuando un tema le apasionaba, que cometía distracciones insólitas. Durante el movimiento de la Reforma Universitaria, el entonces presidente, Alfredo Zayas, lo invitó al Palacio Presidencial junto a una delegación de la FEU. En medio del diálogo, le trajeron a Zayas un vaso de leche. "¿Gustan?", dijo por elemental norma de cortesía. "Gracias", replicó Mella y ante el asombro de todos, cogió el vaso, lo vació de un sorbo y siguió hablando de la importancia de nuevos planes universitarios de estudios.

En 1925, la tiranía machadista le prohibió bajar a tierra a la tripulación del buque soviético V. Vorosvski. Mella no fue a nado al barco como cuentan erróneamente algunos, sino en una lancha y en compañía de Angel Ramón Ruiz, el portuario Molina y un obrero de apellido Gallego. Tras los tradicionales intercambios de saludos y obsequios, invitaron a los cubanos a almorzar. En la mesa, había fuentes de carne, pescado, vegetales y una sopera con dulce de ciruelas. Abstraído en la conversación, Julio Antonio se sirvió el dulce como si fuese sopa. Los soviéticos le imitaron por tacto. A la hora de los postres, se evidenció la distracción y la carcajada iniciada por Mella se hizo general.

PASION DE FUNDADOR

Roa le llamó el primer atleta olímpico del movimiento revolucionario cubano: a veces se nos antoja inverosímil su historial en los casi 26 años de existencia (nacido el 25 de marzo de 1903, fue asesinado el 10 de enero de 1929). Ingresó en la universidad a los 18 años. Deportista destacado, asumió la administración de la revista Alma Mater, donde también publicaba sus escritos. En 1922 fundó la FEU (ocupó el cargo de secretario en su primera directiva); fue también el principal animador de la Reforma Universitaria y el organizador del Primer Congreso Nacional de Estudiantes.

En 1925, dirigió la protesta nacional en demanda de la soberanía cubana de Isla de Pinos, que EE.UU. intentaba desconocer. Estuvo entre los fundadores de la Liga Antimperialista de Cuba y del primer Partido Comunista de Cuba, del que fue miembro de su Comité Central. Detenido bajo la injusta acusación de terrorista por el régimen de Machado, protagonizó una huelga de hambre que culminó con su absolución.

Marchó a México donde ingresó en el Partido Comunista mexicano y desarrolló en el órgano de este partido, El Machete, una activa labor periodística. También en el hermano país fundó el Comité Manos fuera de Nicaragua, en apoyo  a la lucha de Sandino contra los intervencionistas norteamericanos.

LA SANGRE VICTORIOSA

Aun en el exilio, Mella seguía siendo un peligro para el régimen machadista. Sobre todo cuando en 1928 organizó la Asociación de los Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC), frente amplio antimperialista que buscaba unir a obreros y campesinos con las capas medias de la sociedad para combatir la tiranía mediante la lucha armada.

No es ocioso subrayar que el Mella máximo líder de la ANERC era a la vez secretario interino del Partido Comunista Mexicano y activo militante de esta organización. Nunca negó la existencia organizada de fuerzas marxistas dentro de la ANERC ni fuera de ella. Orgánica y conceptualmente -afirma el investigador Felipe de Jesús Pérez-, la ANERC revive la experiencia del Partido Revolucionario Cubano, porque el comunista Mella comprende que la Revolución antimperialista planeada por Martí aún estaba por hacer y que al hacerla consecuentemente, se desembocaría en la Revolución Socialista.

Al peligro Mella solo había una forma de detenerlo y eso lo logró la tiranía en la encerrona de la Calle Abraham González de la capital mexicana. Con él, desaparecía el eslabón necesario que hubiera unido al movimiento comunista con el nacionalismo revolucionario. La falta de ese elemento cohesionador se evidenció en el derrocamiento del Gobierno de los 100 días y el fracaso de la huelga de marzo de 1935.

Como los héroes de Hemingway, la Revolución del 33 fue derrotada pero no vencida. Muchas de sus conquistas sociales fueron plasmadas en la Constitución del 40. Cuando el imperialismo y la reacción intentaron en 1952 hacer retroceder la Historia a la época de Machado, hubo otra vez Mellas en el Moncada y el Granma, en la Sierra y en el Llano.

Como dijera el Poeta, el ejemplo de Mella, "la roja flecha en el viejo muro, punta de sueño, lengua de futuro", vibrando allí se quedó clavada. Y la sangre victoriosa de su muerte fructificó en la revolución triunfante del Primero de Enero.


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