NACIONALES

Un episodio de Playa Girón que la CIA ocultó
más de tres décadas y media

De nuevo... Cuba no miente


NICANOR LEON COTAYO

LUEGO DE haberlo silenciado durante 37 años, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) reconoció que un piloto estadounidense que murió cuando la invasión de Playa Girón, en abril de 1961, y cuyo cuerpo fue conservado aquí a lo largo de 18 años mediante congelación, era un hombre que pertenecía a sus filas.

La Agencia ocultó esa realidad para no admitir que bajo su mando en la referida agresión militar hubo una participación directa de efectivos norteamericanos, y en aras de alcanzar ese objetivo borró públicamente cualquier vínculo con la persona que envió a la muerte junto a otras de la misma especialidad castrense.

El caso está relacionado con el ciudadano estadounidense Thomas Willard Ray, nacido en Tarrant, estado de Alabama, el 14 de marzo de 1930, y con sus familiares, obligados a recorrer un amargo camino, debido a que en el plano formal ni la CIA ni el resto de las esferas oficiales de Wa-shington conocían a este joven.

En sintonía con eso durante años ninguna entidad gubernamental norteamericana solicitó a Cuba el cadáver de este piloto, depositado a sabiendas públicas desde 1961 en el Instituto de Medicina Legal de La Habana.

El 19 de abril de aquel año, y como parte de los hechos de Girón, desde un avión B 26 Willard Ray bombardeó suelo cubano en las cercanías del central azucarero Australia, provincia de Matanzas, circunstancias en las que dicho aparato fue derribado por baterías antiaéreas.

Sus dos tripulantes lograron hacer un aterrizaje de emergencia y antes de la explosión e incendio del avión tuvieron tiempo de escapar. Los jefes de la operación de búsqueda orientaron hacer el mayor esfuerzo por capturarlos vivos, como sucedió con la inmensa mayoría de los invasores.

No fue posible. Uno de ellos, al verse descubierto, disparó su revólver contra los soldados cubanos, quienes al ripostar le causaron la muerte. Su nombre era Frank Leo Baker. El segundo de los militares estadounidenses, al ser localizado, trató de lanzar una granada de mano, pero resultó muerto por varios disparos. Se trataba de Thomas Willard Ray.

Veinticuatro horas antes de esos acontecimientos, como se supo ulteriormente, el jefe de operaciones de la CIA, Richard Bissel, había autorizado la participación de pilotos norteamericanos como Baker y Ray en acciones de combate contra Cuba. Tampoco resultó suficiente para evitar que la invasión de los hombres de esa agencia de espionaje fuese derrotada en menos de 72 horas.

Dieciséis años más tarde, un senador demócrata de Alabama, John Sparkman, empezó gestiones relacionadas con la devolución del cadáver de Thomas Willard Ray, trámites que prosiguió hasta la solución final el senador republicano de ese mismo estado, John Buchanan.

En mayo de 1978, la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA) informó al gobierno cubano que familiares de Ray estaban interesados en lograr la devolución del cadáver de este. En línea con la disposición que siempre existió al respecto, Cuba accedió de inmediato a brindar todas las facilidades que resultaran necesarias.

En esa misma comunicación, la SINA planteaba: "Se solicita la cooperación del gobierno de Cuba con vistas a que sean devueltos los restos del señor Ray a su hija en los Estados Unidos. Se ha pedido a Estados Unidos información personal del señor Ray y podrá ser suministrada al Ministerio en caso de obtenerse una respuesta favorable a esta solicitud".

Pero la información recibida en La Habana no ayudó a esclarecer la mencionada identidad. Debido a ello, el 16 de agosto de aquel mismo año la Sección informó al MINREX cubano que "ha solicitado nuevamente al Departamento de Estado la obtención y envío de datos de identidad que permitan al gobierno de Cuba determinar si el cadáver que este posee puede identificarse positivamente con los restos de Thomas Ray".

El 24 de marzo de 1979, Janet Ray Weininger, hija del piloto estadounidense, en una carta que envió al Departamento de Estado de su país, y que semanas después la SINA comunicó a las autoridades cubanas, autorizó el examen post mortem a fin de identificar los restos que se suponían fuesen los de su padre.

Mediante los análisis correspondientes, el 24 de agosto de 1979, el Instituto de Medicina Legal identificó el cadáver como Thomas Willard Ray, hecho que verificó un informe del Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos relativo a sus huellas digitales.

Al ser informado por la SINA, que los gastos derivados de un proceso que se extendió a lo largo de 18 años no serían pagados por el gobierno de Estados Unidos, y por lo tanto, tendrían que ser cubiertos por los familiares de la persona antes referida, el gobierno cubano por razones humanitarias decidió anular esa deuda. El cinco de diciembre de 1979 el cuerpo de Willard Ray fue enviado a Estados Unidos.

Sin embargo, las autoridades de Wa-shington continuaron negando que esa persona hubiese trabajado para una dependencia oficial de ese país, como, por ejemplo, la CIA.

Los días 15 y 18 del presente mes, más de tres décadas y media después de la invasión de Playa Girón, agencias cablegráficas informaron desde Washington que la CIA admitió que este ciudadano norteamericano había sido uno de los pilotos que empleó en la agresión.

Una de esas fuentes periodísticas, ANSA, basada en revelaciones de ese organismo de espionaje comentó que la instrucción dada a Ray fue que, en caso de ser capturado, dijera que era un mercenario contratado por organizaciones de origen cubano.

La agencia italiana añade que su muerte en combate y posterior congelamiento de su cadáver para entregarlo cuando fuese reclamado, "fue el comienzo de un ballet de mentiras. Para la CIA Ray no existía, para el gobierno estadounidense el hombre había desaparecido en la nada y para los familiares del piloto era el comienzo de una pesadilla".

También dijo que la batalla de los familiares para obligar a las autoridades de ese país a admitir que Ray había muerto en acción de guerra duró hasta el presente, pues la Agencia incluso creó "una falsa sociedad que por años le pagó una pensión a la viuda y subsidio a los huérfanos".

El despacho cablegráfico señala que ahora a los familiares les fueron entregadas dos medallas al valor y que los documentos dados a conocer por la CIA demuestran que, cuando este piloto recibió la orden de salir de Nicaragua en su aeronave, la invasión por Playa Girón ya era un fracaso.

Esta misma fuente considera, además, que ello constituyó un acto de desespero de la CIA, luego de que el presidente John F. Kennedy decidió negar cobertura aérea a los invasores para ocultar el papel desempeñado por Washington en esa desastrosa operación.

Lo sucedido con otros dos pilotos que la Agencia empleó en aquella aventura militar tiende a corroborar todavía más hasta dónde es capaz de llegar el comportamiento de ese organismo de espionaje.

Según documentos desclasificados recientemente, Crispín Lucio García Fernández y Juan de Mata González, ambos de origen cubano, escasos de combustible tras volar durante horas sobre el lugar de la invasión, realizaron un aterrizaje de emergencia en la base aeronaval de Boca Chica, cerca de Cayo Hueso, el 17 de abril de 1961.

De acuerdo a lo revelado, funcionarios de la CIA solo les permitieron descansar unas pocas horas y luego les ordenaron regresar a la pista clandestina en el norte de Nicaragua, desde donde se dirigía la guerra aérea contra Cuba, viaje en el transcurso del cual su avión se precipitó a tierra y murieron.

Según comentó el periódico The Miami Herald, la Agencia conocía la operación a realizar por García Fernández y Mata González, pero demoró siete meses para localizar el lugar del desastre, al tiempo que decidió dejar los cuerpos donde fueron enterrados por campesinos para evitar que aumentara el escándalo por el sonado fracaso de la agresión a Cuba.

Desde entonces los familiares de ambos hombres reclamaron sus cadáveres para trasladarlos a Estados Unidos, pero fue ahora, 37 años después, cuando la CIA los reconoció como parte de sus efectivos en aquella época, y cuando se anunció oficialmente que tratarán de encontrar sus restos.

¿Qué significa todo lo dicho? La historia que acaba de ser revelada por nuevos documentos de la CIA había sido denunciada en La Habana desde abril de 1961. Otra vez ha quedado de manifiesto que Cuba no miente.

Dos relevantes ejemplos anteriores, entre otros muchos, ya habían demostrado esto último. El pasado 18 de noviembre, como se recordará, fueron dados a conocer documentos del Pentágono elaborados entre marzo y abril de 1962, encaminados a montar provocaciones que justificaran una agresión a la Isla. Esto vino a corroborar denuncias formuladas al respecto por La Habana en aquella época y en años sucesivos.

Hace poco, el 22 de febrero, documentos de la CIA también desclasificados pusieron aún más en claro que el proyecto que desembocó en la invasión de Girón comenzó a fraguarse en 1959, y que a partir de entonces utilizaron a grupos de origen cubano a manera de fachada que cubriese la actividad de esa agencia de espionaje. Esto mismo fue señalado por el gobierno cubano en reiteradas ocasiones.

Pero además quedó al descubierto Miami como un gran centro de operaciones subversivas de todo tipo contra Cuba, e igualmente las estaciones de radio financiadas por Washington como instrumentos de la CIA para crear desorientación interna en la Isla. Una y otra cosas dichas aquí en numerosas oportunidades.

Ahora más recientemente lo desclasificado en torno al caso del piloto de la CIA Thomas Willard Ray.

Este permite, además de lo subrayado antes, identificar aún mejor el rostro de los principales enemigos de Cuba y conocer hasta dónde son capaces de llegar.

Algo después del triunfo de la Revolución, como afirman en sus Memorias el presidente y el vicepresidente de entonces, Dwight Eisenhower y Richard Nixon, ya tomaron la decisión de ahogarla. La ruptura del status neocolonial que padeció la Isla y la clara intención de aplicar un programa de justicia social a favor de la mayoría de los cubanos, resultaban para las autoridades de Estados Unidos, como siguen resultando hoy, algo inaceptable.

Desde aquellos tiempos, hasta la actualidad en que la extrema derecha del Congreso y de origen cubano de Miami son abanderados de la ley Helms-Burton, para nuestro país ha resultado necesario saber quiénes son sus más recalcitrantes e inescrupulosos enemigos, aún cuando tengamos presente que no son los únicos y que todos, por vías distintas, persiguen el mismo objetivo.

Dominado por los elementos más ultraderechistas, el Capitolio de Washington se ha convertido en baluarte de la guerra económica contra Cuba, hecho al que impulsa adicionalmente la presencia allí de tres legisladores del origen antes mencionado que realizan gestiones de carácter hostil en todos los frentes.

Políticos al estilo del senador Jesse Helms, la denominada Fundación Nacional Cubano Americana, sectores de la CIA como los que protagonizaron el episodio ahora revelado del piloto Thomas Willard Ray, entre otros que se mueven en las esferas oficiales de aquel país, son opuestos a todo lo que pueda disminuir en algo las tensiones bilaterales y solo aceptan lo que dañe aún más las relaciones entre las dos partes.

La posición de Cuba se encuentra, precisamente, a la inversa de la que propugnan esos aventureros atizadores de conflictos, y por eso hace y hará todo lo que sea posible, sin renunciar a sus principios para que tan repudiables objetivos no puedan ser llevados a vías de hecho.


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