 EDITORIAL

Solo unas horas antes de partir de
la granjita Siboney hacia la fortaleza del Moncada para
reiniciar la Revolución interrumpida, el joven poeta y
asaltante Raúl Gómez García leyó por encargo de Fidel
su conocido poema que removió la fibra patriótica y
revolucionaria de aquella pléyade de héroes dispuestos
a impedir que la memoria de Martí quedara en letra
muerta.
La heroica acción que se
disponían a protagonizar jóvenes de todo el país en el
teatro de operaciones oriental, donde mismo habían
comenzado las luchas independentistas el siglo pasado y
se le impidiese la entrada triunfal al ejército mambí,
se inscribía por derecho propio como una página
extraordinaria que daría continuidad a la irrenunciable
voluntad de soberanía y justicia social que caracteriza
a nuestro pueblo.
Había primero que conquistar el
derecho a gobernarnos, sin la intromisión de amos
extranjeros, para luego desatar las potencialidades de
todo un pueblo desde el poder revolucionario y
encauzarlas a destruir el orden burgués, latifundista y
neocolonial de la república que nos dejó la
intervención norteamericana.
El asalto del 26 de Julio no era,
no podía ser a partir de sus objetivos históricos y la
voluntad de sus gestores, una acción militar contra dos
enclaves del régimen de turno, sino el inicio de un
amplio movimiento que involucraría en su desarrollo a
todo el pueblo para librar una batalla mayor contra las
raíces mismas de la sociedad neocolonial y dependiente,
con sus secuelas en el sistema económico, institucional
y los vicios y deformaciones que entronizó en la vida
cubana.
Con el esfuerzo y sacrificio de
centenares, millones de compatriotas, a lo largo de estas
cuatro décadas y media, el país logró transformar toda
su fisonomía y exhibe en la actualidad resultados que
parecen muy lejanos de alcanzar a la mayoría de los
ciudadanos de este planeta, donde el hambre, la
desnutrición, el analfabetismo, la incultura, la falta
de vivienda, el desempleo, la explotación, la
insalubridad, en suma, la violación de los derechos
fundamentales de las personas, siguen siendo signos
trágicos del destino que reserva para la humanidad la
globalización neoliberal.
Legítimo orgullo sentimos los
cubanos por la sociedad revolucionaria que tenemos, donde
a pesar de haber sufrido los embates de un triple bloqueo
a consecuencia del desbarajuste de los países
socialistas de Europa, la desaparición de la URSS y el
recrudecimiento de la guerra despiadada del gobierno de
Estados Unidos, ha podido resistir y mantener su valedera
política de Estado de y para los trabajadores, las
conquistas sociales forjadas en estos años y la unidad y
el espíritu de combate para vencer las dificultades que
se le presenten.
El pueblo, ese gran protagonista al
que la Revolución le dijo: Aquí tienes, lucha ahora
con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y
la felicidad, ha dado suficientes pruebas de
conciencia patriótica, revolucionaria, internacionalista
para afrontar todos los riesgos y peligros y defender
inconmoviblemente sus banderas de la independencia
nacional, la justicia social y el derecho al desarrollo
libre e independiente.
Los tiempos que corren no son menos
heroicos y desafiantes que los que vivieron los
combatientes del 26 de Julio, ni los guerrilleros de las
sierras, ni los luchadores clandestinos, ni los
milicianos, ni los combatientes, hombres y mujeres del
pueblo que cayeron o encanecieron defendiendo a la
Revolución y creando las bases de nuestro actual
desarrollo.
Aquellos que quisieron destruir la
nueva Cuba desde las primeras leyes revolucionarias, los
que durante casi cuatro décadas no han cesado de
conspirar desde el exterior para quebrar los pilares en
que se asienta la fuerza de la sociedad cubana, viven
obsesionados con fraccionar la unidad del pueblo, sembrar
la desconfianza hacia sus instituciones y dirigentes,
socavar los cimientos de la ideología revolucionaria,
calumniar nuestros éxitos y avances, ahora tratan
incesantemente de inculcar el pesimismo y desalentar la
moral de lucha que nos ha traído hasta aquí, de
victoria en victoria.
Contra todo lo anterior, unido a la
ineludible batalla económica por la eficiencia en todas
las actividades productivas y de servicios para continuar
recuperándonos y alcanzar los niveles de bienestar que
reclama y merece nuestro pueblo, el único camino posible
es seguir en combate, como hace 45 años hicieron los
jóvenes de la Generación del Centenario.
Defender la Revolución y la
ideología que la sustenta, desenmascarar y enfrentar las
calumnias y falsedades de nuestros enemigos del exterior
y de sus voceros de adentro, luchar para que prevalezcan
los principios y la moral de nuestra sociedad, combatir
con valentía y firmeza todo lo que pretenda fomentar la
desidia y la desunión, es la batalla a la que el Partido
y Fidel demandan a consagrarnos.
Un pasaje de La Historia me
Absolverá, lo sintetiza: No es con sangre como pueden
pagarse las vidas de los jóvenes que mueren por el bien
de un pueblo; la felicidad de ese pueblo es el único
precio digno que puede pagarse por ellas.
Como en los anteriores, también en
este combate ¡Venceremos!
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