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 Raíces ideológicas
del 26 de Julio

LUIS SUARDIAZ
A CUARENTA Y CINCO años del asalto
al Cuartel Moncada, aquella gesta sigue siendo de
obligada referencia y fuente de enseñanzas para las
nuevas hornadas de revolucionarios y para todo el pueblo.
Durante la preparación de la
guerra de 1895, que él llamó con exacto sentido
político necesaria, José Martí, proclamado por Fidel
como autor intelectual del asalto al Moncada, que fue
también un asalto al cielo, había afirmado que la
historia de los pueblos no se mide por los siglos de
sometimiento sino por sus instantes de rebelión. Y
aquella rebelión protagonizada por combatientes surgidos
de las entrañas del pueblo así lo confirmaba.
El asalto a los cuarteles de
Santiago de Cuba y Bayamo fue una acción audaz y
heroica, mas no irreflexiva y el hecho de que no se
alcanzara entonces el triunfo no significa que no fuera
concebido por Fidel y sus más cercanos lugartenientes
como un precioso tejido. Unicamente el azar, lo
imponderable, impidió que fuera ya entonces la chispa de
una insurrección popular que descabezara a la tiranía.
La férrea censura y la campaña de
mentiras de los golpistas en el poder no permitieron en
las primeras semanas que la ciudadanía conociera el
objetivo de los asaltantes, su ideario, y su programa que
solo pudo cumplirse después de 1959.
No pasaría mucho tiempo en que se
abriera paso la verdad: en la cárcel, durante el juicio,
en el presidio político, desde la clandestinidad, Fidel
no escatimó un minuto en la difusión de su prédica y
en acusar con sobradas razones al batistato y denunciar
sus crímenes, antes, durante y después de aquella
acción, que no había sido un acto desesperado ni mucho
menos el propósito de un grupo de tomar la Patria de
pedestal para coronar turbias ambiciones personales.
Sin tiempo y sin recursos
materiales, sin la ayuda de los partidos tradicionales,
ni de los burgueses, muchos de los cuales en privado
criticaban al régimen, pero públicamente lo servían y
se servían de él, desde que se produjo el golpe del 10
de Marzo, Fidel, convencido ya entonces de la justeza de
la ideología marxista-leninista, comprendió que la
lucha directa era el único camino posible, de manera que
fue exponiendo sus ideas no a los eternos conspiradores
que se ahogaban en las aguas de sus propias teorías,
sino a los limpios de corazón. Pronto más de mil
cubanos, jóvenes en su inmensa mayoría, pasaron de ser
críticos espectadores a protagonistas conscientes del
gran cambio, aunque les fuera en ello la vida.
En su alegato conocido ya
universalmente como La historia me absolverá, el
líder de la Generación del Centenario precisó: Entendemos
por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa
irredenta a la que todos ofrecen y a la que todos
engañan y traicionan, la que anhela una Patria mejor y
más digna y más justa.
A ese pueblo pertenecían los
asaltantes y los que no pudieron participar en ese
momento, pero sí encarnaron decisivos combates en los
años siguientes, en la Sierra como en el Llano, y que se
han mantenido en la brega junto al pueblo durante estos
cuarenta y cinco años.
Muy pocos entre ellos habían
logrado cursar estudios, muchos eran desempleados y la
mayoría trabajadores bien distantes de la politiquería
al uso: albañiles, carpinteros, zapateros, empleados,
maestros. No habían tenido tiempo ni posibilidades de
adquirir grandes conocimientos, sin embargo, llevaban en
la sangre el patriotismo y la vocación de rebeldía de
la juventud.
En las humildes, destartaladas
escuelitas públicas habían conocido lo esencial de la
historia de la nación, respondían, sí, al instinto, a
la intuición de su clase social, sufrían en carne
propia los desastres de la República vulnerada y los
crímenes de la tiranía, y aunque muy pocos lo hubieran
leído a profundidad, compartían con José Martí el
hermoso concepto de la Patria como humanidad y aun cuando
no habían tenido la ocasión de forjarse en largas
luchas, causa admiración y asombro la madurez que los
caracterizaba.
La frustración de la República
mediatizada había sembrado amargura y escepticismo en
numerosas personas honestas y como bien dijo Fidel,
parecía que el Apóstol iba a morir de nuevo en el año
de su centenario, pero él y un puñado de visionarios,
de apasionados, sabían que el pueblo no había
renunciado a continuar su lucha; no por casualidad citó
en su alegato el episodio en que mambises bisoños, al
mando del teniente coronel Pedro Delgado, se enfrentaron
a las bayonetas de los soldados españoles sin otra arma
que sus vasos de lata, lo que estremeció a un curtido
guerrero como Antonio Maceo y todavía nos inspira hoy.
Tampoco se circunscribió a
experiencias cubanas sino que, para abundar en las
razones de los pueblos que se entregan decididos, elogió
la valentía de los mineros bolivianos que acababan de
derrocar al ejército oligárquico únicamente con sus
cargas de dinamita y su patriotismo.
Veinte años después, en Santiago
de Cuba, el Comandante en Jefe aludió a los vínculos
con los ejemplares combatientes de la etapa republicana,
y particularmente a la generación de Rubén Martínez
Villena que en versos llameantes había pedido una carga
para matar bribones y acabar la obra de las revoluciones,
y terminó esa pieza medular afirmando: Desde aquí te
decimos, Rubén ¡el 26 de Julio fue esa carga que tú
pedías!
Protagonista y vehemente estudioso
de la historia, en el discurso que pronunció el pasado
día 3 en la clausura del evento internacional Economía
'98, Fidel se refirió a la necesidad de preparar a los
pueblos para el futuro, luchando desde hoy, formando
nuevas conciencias, con la suma de más de un pensamiento
revolucionario y de las mejores ideas éticas y humanas,
la suma de las prédicas de muchos pensadores políticos,
de muchas escuelas y religiones y precisó: Hay que unir
el sentido ético y humano de muchas ideas que parten
desde lejanos tiempos en la historia del hombre: las
ideas de Cristo con las ideas socialistas,
científicamente fundadas, tan justas y profundamente
humanas de Carlos Marx, de Engels, las ideas de Lenin,
las ideas de Martí, la de los enciclopedistas europeos
que previeron la Revolución Francesa y la de los
próceres de la independencia de este hemisferio, cuyo
más destacado símbolo fue Simón Bolívar, que fue
capaz hace dos siglos de soñar con una América Latina
unida.
Convencido de la justeza del
pensamiento martiano en el sentido de que un principio
justo desde el fondo de una cueva puede más que un
ejército, aun antes de comenzar el adiestramiento de los
futuros combatientes, Fidel puso gran empeño en unir
voluntades y conciencias, y desarrolló ya entonces un
intenso trabajo ideológico que ha caracterizado su
incansable labor como dirigente revolucionario durante
más de medio siglo, sin descuidar otras tareas y deberes
al frente de la nación.
Desde la íntima conversación al
discurso público, en la hoja suelta, en el periódico
clandestino, y más tarde a través de Radio Rebelde,
como nos enseñó ya en el siglo pasado el Apóstol,
Fidel se consagró a forjar conciencias. Por eso el
revés del 26 de Julio fue solo un capítulo doloroso y
aleccionador y no una definitiva derrota, por eso la
persecución, la tortura, la muerte, lejos de apagar la
llama, acrecentó el incendio de la insurrección y el
espíritu revolucionario del pueblo.
Los forjadores de la conciencia
nacional dieron un paso decisivo, con Carlos Manuel de
Céspedes a la cabeza, al iniciar la revolución en Yara
en 1868.
Los combatientes del 26 de Julio
recogieron y levantaron esa bandera hacia las alturas con
el grito del Moncada. Y esa llama ya no se fatigaría
jamás. Por eso hemos resistido y continuamos avanzando,
a pesar de la feroz hostilidad del imperialismo yanki
empeñado en destruir nuestro ejemplo. Por nuestra
ética, por nuestro patriotismo, por nuestros principios.
Hace 45 años fue un puñado de héroes, armados de ideas
y con escasos fusiles; ahora es todo un pueblo dispuesto
a nuevas hazañas, a combatir por engrandecer nuestra
nación sin olvidar sus deberes con todos los explotados,
los pobres de la tierra, que de una punta a otra del
planeta cantan y gritan con nosotros: ¡Viva el 26 de
Julio!
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