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La música, ¿una buena o mala compañía? (I)

El agua en la sopa

PEDRO DE LA HOZ

Hacer sopa: así llaman los propios músicos cubanos a la función de amenizar almuerzos y comidas, o propiciar un ambiente sonoro adecuado a esos sitios. No es oficio nuevo: en un principio fueron tríos y pianistas que hallaron de ese modo una fuente de empleo relativamente estable en tiempos en que otros colegas, menos afortunados, para salvarse del paro, tuvieron que tomar plazas y autobuses en busca de voluntarias y misérrimas ayudas pecuniarias. Por entonces, contar con un lugar fijo no era hacer sopa, sino considerarse actor de una función artística social específica, y eso quedó consagrado, con toda la dignidad posible, después de que la Revolución trajera al músico cubano seguridad laboral, solvencia material y reconocimiento moral. En centros nocturnos y restoranes se hizo cultura de altísimo nivel: para disfrutar de Bola de Nieve había que ir al Monseigneur, y ese es un ejemplo a toda prueba.

Con el impulso a la industria turística en los 90, cobró un nuevo auge la presencia de músicos en los espacios gastronómicos frecuentados por los visitantes, mientras que en la red de restoranes, bares y centros nocturnos en moneda nacional, salvo contadas y honrosas excepciones, triunfaban criterios mercantiles: para qué la música, decían (y todavía dicen) ciertos empresarios, si la gente consume lo mismo y así somos más rentables. Crasa ignorancia mercachiflera: obviar el valor agregado de la oferta, por la legítima vía del entretenimiento cultural, es no saber de negocios.

Lo cierto es que el término hacer sopa cobró carta de crédito entre quienes se insertaron en los restoranes en divisas y ocuparon la atención de los clientes que querían encontrar en la Isla algo más que sol y playas: el testimonio de una identidad que se les presentaba al alcance del oído. Hacer sopa fue y es, para muchos, la manera de resolver problemas materiales en tiempos de contracción del empleo, pues las empresas y agencias musicales no han podido garantizar el 100 por ciento de la programación de todos sus contratados en los últimos ocho años. Y fue y es también, lamentablemente, una de las funciones artísticas más distorsionadas.

Aunque se ha dado una gran batida al intrusismo profesional a partir de instrumentos jurídicos que prohíben y penalizan esa práctica, todavía se le echa agua a la sopa en determinados centros que "emplean" a aficionados que se `contratan' por la propina. Ese es un problema que urge resolver definitivamente con el concurso de las empresas receptoras del talento artístico, las que comercializan la música y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura.

Pero no es el único ni el más importante asunto pendiente. La calidad de los ámbitos sonoros presenta sinuosas irregularidades: un recorrido por diversos enclaves de la capital, que puede hacerse extensivo a otros polos turísticos, revela la proliferación de formaciones que en nombre de la tradición -creen que ésta consista en un par de maracas, claves, tres acordes de guitarra y sandunga de exportación, a veces con mulata incluida- arruinan los contenidos folclóricos y rebajan la imagen de la música cubana a un estereotipo pseudocultural. Y esto es cosa de ver y escuchar también en hoteles y restoranes de primera. Por esta concepción, el Chan chan, de Compay Segundo, y la entrañable y respetable Hasta siempre, de Carlos Puebla, amenazan en convertirse en unos burdos clisés. No hablemos ya de el asedio a comensales con el fin de "luchar" improbables contratos en el exterior o vender casetes mal grabados.

Se impone la más cuidadosa caracterización de todas las unidades gastronómicas y los centros recreativos, incluidos los proyectados exclusivamente al turismo, pues pienso que lo mejor para el turista y lo que todo turista que se respete reclama consiste en insertarse de modo natural y orgánico en el ambiente musical que nos es propio. A la vez se requiere una continua fiscalización de repertorios y ejecuciones artísticas.

¿Cuesta mucho trabajo hacerlo? El grupo Cubanacán, con su empresa Carishow, nos da una pista: en La Zorra y El Cuervo cualquiera que se diga jazzista no toca, sino los mejores y las mayores promesas; en el club Imágenes hay que oír a Frank Emilio multiplicando las cubanísimas danzas de Lecuona y Cervantes o a Mario Romeu en pleno dominio de un Wagner tropical; en Dos Gardenias, el bolero más auténtico reina. Otros ejemplos: por muchos años el trío Taicuba en La Bodeguita del Medio y el trío de Freyda Anido en lo alto del Santa Clara Libre amenizaron suculentos yantares con no menos apetitosos repertorios de relumbre cultural. ¿Cuesta mucho trabajo conciliar los placeres de la mesa, el ocio y el arte? ¿No será posible poner de acuerdo al turismo, la economía y la cultura?

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