CULTURALES

Mary Cruz y la fecunda
fabulación histórica


LUIS SUARDIAZ

Un ascético personaje del noruego Knut Hamsun decía en son de queja: Los años no traen madurez alguna, únicamente traen la vejez. Pero se equivocaba, al menos en el caso que ahora nos ocupa, la escritora Mary Cruz (Camagüey 25/4/1923) porque arriba, sin metáfora alguna, a sus setenta y cinco abriles en plena producción, y el último cuarto de siglo ha sido el más relevante de su diversa cosecha literaria.

Mary Cruz: Arriba a sus 75 abriles en plena armonía creadora.

Su primer cuaderno -Mis versos (1941)- anunciaba una voz lírica propia, sin embargo pronto se mudó para la crítica, el ensayo y la narrativa. Pocos saben que en la década del cuarenta escribió espacios dramáticos sobre la II Guerra Mundial para que su hermana Rosalina los dirigiera en la CMJK de Camagüey, y que ahora está a punto de trasmitirse por Radio Progreso una nueva novela suya de sesenta capítulos -Jinvicti- que se desarrolla en la selva ecuatoriana de los sesenta de nuestro siglo.

Doctora en Pedagogía, estudiante y docente en universidades de Detroit y la Florida en la década del cincuenta y más tarde en la Universidad de La Habana, su provincia natal aparece con frecuencia en su bibliografía desde la edición de Camagüey, biografía de una provincia (1955), prosigue con El Mayor (1966), y la novela Los últimos cuatro días (1988) que ofrece al lector de hoy las peripecias y contradicciones de la sociedad agramontina en el pasado siglo, en una prosa límpida y lírica, asistida por la ironía y el humor.

La Avellaneda, soberbiamente grande al decir de José Martí, no se queda detenida en estudios y prólogos sino que es el personaje central de tres caudalosas novelas de Mary Cruz: Niña Tuta -aparecerá este verano en Letras Cubanas-, Tula en España, debe ver la luz en breve, y Doña Tula, aún en proceso de elaboración. Otra novela suya publicará Ediciones Unión y se desarrolla en el Perú; su protagonista es el séptimo Inca, Yawar Wacac; se titula El que llora sangre. En esta ocasión, la autora decidió utilizar como parte de la trama, un narrador y escogió al Inca Garcilaso.

Investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística, redactora de Granma, ahora que la madurez le concede un poco más de tiempo sigue tejiendo la ficción con hilos de historia, pues a sus libros sobre Creto Gangá (1974) o Ernest Hemingway (1981) se unen obras como Colombo de Terrarrubra, finalista en el premio de novela Rómulo Gallegos y otras que todavía no han llegado al capítulo final. Así pues emergiendo de la cátedra, la biografía y el ensayo, Mary Cruz se ha consagrado a la fabulación histórica con tal acierto y fecundidad que se ha convertido en la primera novelista cubana de fines de siglo.


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