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Sencillamente, un amigo
ROLANDO RODRIGUEZ
Parecía uno de esos seres que no podía morir. Los demás envejeceríamos y llegaríamos al final. El, no. Había logrado desdeñar el paso del tiempo y conservar la frescura y la pasión de aquellos días de 1966 en que lo conocí personalmente, tiempos en que su barba roja le había ganado un sobrenombre de épicas y lejanas evocaciones.
Después, fueron incontables las ocasiones en que hablamos de revoluciones y discutimos de lo humano y lo divino. Alguna vez, actuamos juntos, como en la edición del Diario del Che en Bolivia. Así, poco a poco, pasó a ser para mí El Gallego, como le llamábamos quienes teníamos el privilegio de considerarnos sus amigos. A lo largo del tiempo, pude descubrir todas las virtudes que encerraba dentro de un carapacho que, a veces, alguien pudo haber juzgado casi de impenetrable. Sin embargo, al hurgar se empezaba a establecer que vibraba como resultado de una enorme sensibilidad. Entonces, se hallaba su cálida afectuosidad, su lealtad extrema -que en el caso de Fidel se volvía culto intangible-, su capacidad de entregar una amistad sincera. Todo, a veces, en medio de una salida jovial o de un juicio incisivo o mordaz. Con estos últimos, lo vi flagelar a quienes lo merecían.
Quizás, no se comprendía que las tareas complejas, azarosas, preñadas de escollos, que le habían estado encargadas a largo de décadas, le habían moldeado el hábito de no prodigarse. Mucho más, si sabía que era presa codiciada por la prensa y los servicios secretos del mundo para tratar de descubrir, hasta en un gesto, lo que resultaba mortal revelar. Esto llevó a que esa prensa internacional lo catalogara de misterioso y hasta dejaran recaer sobre él, alguna vez, conjuras imaginarias y tramas dignas de organizaciones balcánicas de principios de siglo. Eso, lo movía a risa. Incluso, hace solo unos días, con motivo de una entrevista suya aparecida en la Revista Tricontinental, un periodista lo llamó todavía personaje enigmático, y nunca se me olvida que en cierta ocasión, Mercedes, la esposa de García Márquez, dijo en chanza sobre no se qué suceso acontecido en el continente: "Ahora le echarán la culpa al `feroz' Barbarroja".
Multiplicador de sus dimensiones, su modestia, sencillez y austeridad eran proverbiales. También, tenía la rara virtud de saber reunir la cautela y la audacia, la disciplina y la iniciativa. Trabajador de entrega total, su horario de trabajo preferido era la madrugada. Su ritmo no lo abandonó ni cuando tanta ansiedad contenida llevó a su corazón a jugarle temprano una mala pasada. No renunció, por esos tiempos, a continuar fumando sus buenos tabacos (su único vicio condenable, porque apenas bebía). Un día, estábamos juntos y vio acercarse a Alberto Hernández Cañero, director del Instituto de Cardiología, su médico. El tenía en la mano un lancero y, muy embarazado, como si se tratara de un colegial, se apuró a ocultarlo y escapar. Luego, me burlé de él. Muy embarazado, me dijo que no quería que Cañero supiera de su desobediencia.
En los últimos tiempos, un poco menos cargado de responsabilidades inmediatas, tenía la costumbre de pasar una o dos veces por semana por mi oficina y, entonces, nos tomábamos un café (el suyo siempre sin azúcar) mientras le dábamos un repaso a los acontecimientos. Aquellas visitas resultaban episodios entrañables. Su talento le permitía ir más allá de los sucesos y escarbar en las intenciones y los lances probables del futuro. Cuba o América se volvían sus temas predilectos. Uno de aquellos días, como estaba terminando un libro sobre el siglo XIX cubano, le puse delante el relato del revés ocurrido con las expediciones organizadas por José Martí, desde Fernandina en 1895, y le pedí que analizara las posibles fallas y alternativas para haber evitado el fracaso. Confieso que algunas de las precisiones que se hacen en este pasaje del libro, son resultado de observaciones suyas.
El viernes 6 de marzo fue el último en que vino a mi oficina. Muestra de su sensibilidad, aquel día comentó que un amigo común estaba enfermo y me insistió, en más de dos ocasiones, que no dejara de llamarlo para interesarme por él. Todavía, cuando caminaba hacia el ascensor, lo repitió.
El 12, temprano en la mañana, me llegó la noticia. Había estado hasta el día anterior en los actos conmemorativos de la fundación del II Frente Oriental Frank País. Esa misma tarde, había regresado a La Habana y asistido a una recepción en la embajada de México. Aunque tenía chofer, era de quienes sienten placer en manejar y andaba solo. Al abandonar el lugar, su diabetes irrumpió. En la avenida 7ma., ya cerca de su casa, perdió el conocimiento y el control del vehículo y vino el choque con un auto estacionado. Después, todo el ingente quehacer de los médicos nada pudo hacer.
La razón me dice que Manuel Piñeiro no vendrá nunca más por las tardes y hablaremos del mundo o de historia, porque ya no está entre nosotros, pero me he negado a decirlo de otra manera porque todavía no me lo creo. Quizás, porque ahora me doy cuenta de que, de manera definitiva, ya no faltará nunca al pase de lista de los seres legendarios.