NACIONALES

Breve historia de un gran símbolo

Cómo llegaron los restos
de Varela al Aula Magna


Vladia Rubio

"...la juventud a quien consagré en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria..."

Félix Varela

Ha amanecido ya y en los alrededores de la Catedral de La Habana hay un movimiento inusual: flores por doquier, vestiduras oscuras, y en los rostros como una luz de remembranza. La escena se repite a todo lo largo del camino que enlaza la plaza con la universidad.

Un armón cubierto por la bandera nacional es colocado en el coche fúnebre tirado por cinco parejas de negros caballos y escoltado militarmente. Tras él van los alumnos del Instituto de Segunda Enseñanza y las escuelas públicas están situadas en las calles por donde marcha el cortejo bajo una lluvia de flores. Son los restos de Félix Varela los conducidos de tal modo. Es 20 de noviembre de 1911.

Túmulo donde reposan en el Aula Magna, los restos del ilustre sacerdote y pensador cubano.

Muchos inviernos habían transcurrido desde que el eminente cubano muriera, en Estados Unidos, el 18 de febrero de 1853. Allí se había visto forzado a emigrar en 1823, condenado a pena de muerte, luego que el liberalismo fuera desplazado en España por el absolutismo, que barrió con todo atisbo de aquellas luces que brillaran en las Cortes, donde se alzara la voz del presbítero cubano, elegido diputado al parlamento español.

Desde su escaño había sometido a la asamblea un proyecto de régimen autonómico para la colonia que éramos, y clamado por la abolición de la esclavitud. Ni apéndice ni "siempre fiel isla", Cuba había sido invocada en su espléndida oratoria como Patria, su Patria. Pero lo más representativo de la aristocracia criolla torció el gesto en son de disgusto y desaprobación.

Aunque azarosa, no fue la suya una vida de emigrado que se rinde. Escribió allí sus antológicas Cartas a Elpidio, y también El Habanero, que circulaba clandestinamente en la Isla y era para él una posibilidad de acercarse a la juventud cubana de entonces, de continuar su labor con ella en la formación de una conciencia nacional, de educarla en el patriotismo.

A esa generación formada por el presbítero tocó a su vez la misión de educar en los valores preconizados por él a los líderes mambises de la Guerra de los 10 años, que en la manigua lucharían por hacer realidad los ideales independentistas y de justicia social del Padre Varela.

Tan entrañable era su amor a Cuba que, a pesar de la amnistía dictada en 1832, la cual le permitía hacerse ciudadano norteamericano, nunca tomó tal decisión ni pensó en renunciar a su nacionalidad.

Al conocer la noticia de la muerte de su maestro -que nunca pensó renunciar a su nacionalidad aun cuando vivió más tiempo en ese país que en su tierra natal-, José María Casal, escribió en carta fechada en San Agustín de la Florida: "Mi primera idea (...) fue llevarme a La Habana las cenizas de Varela para que los cubanos las conservaran con el respeto y veneración que se deben a los despojos mortales de un filósofo y de un santo; mas apenas anuncié mi proyecto, todos me dijeron que los católicos de este pueblo no lo permitirían".

Ese fue uno de los principales motivos por los que los despojos mortales del pensador no volvieron a su Patria hasta más de medio siglo después, cuando urgía la necesidad de agrupar alrededor de la figura de Varela los ideales patrióticos que ayudaron a fundar nuestra república. Los doctores Diego Tamayo y Manuel Landa estuvieron a la cabeza de este empeño.

Los restos se expusieron, primero, en el salón de sesiones de la Junta de Educación, luego, en el Ayuntamiento, de donde fueron trasladados en lujoso túmulo a la Catedral, para celebrar las exequias y que el pueblo le rindiera tributo.

Finalmente, en ceremonia oficial presidida por prominentes personalidades de la época y representantes de todos los centros docentes, se hizo el traslado hacia el Aula Magna universitaria.

Ya no era aquella la universidad conformista y rea-cia al criticismo, sino la que reclamaba el derecho a atesorar ese valioso símbolo, en la hora de unir "su recuerdo venerado con la actualidad del momento", según apuntara en aquella ocasión el maestro Enrique José Varona.

El 22 de agosto de 1912 quedaron en el Aula Magna los restos de Félix Varela y Morales, depositados por el rector Leopoldo Berriel en un mausoleo construido a ese efecto. Al colocarlos en la urna de mármol expresó:

"Queden aquí por siempre, para su eterno descanso, bajo la respetuosa custodia de la Universidad de La Habana, incensados, a perpetuidad, por la veneración de los cubanos y de cuantos rindan justificado homenaje a los grandes de la humanidad, los gloriosos restos del patriota purísimo, del educador, del filósofo insigne, del sacerdote inmaculado, inmortal en la memoria de sus ciudadanos y en la historia, Félix Varela."

Luego de firmarlo todos los asistentes, este texto fue situado en un sobre de tela, en el interior de la urna. Poco más de 85 años han transcurrido desde entonces, y la mirada de varias generaciones de jóvenes cubanos se ha detenido en este túmulo, ahora también acompañado por la mascarilla de Julio Antonio Mella, fundador de la Federación Estudiantil Universitaria y del primer partido marxista-leninista de Cuba.

NOTA: Sirvió de fuente para este trabajo Félix Varela. Retorno y presencia. De Heriberto Hernández González.

 


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