CULTURALES

La Elegía a Jesús Menéndez en sus 50 años

Una sinfonía en
verso para el héroe


LUIS SUARDIAZ

Se cumple medio siglo del asesinato de Jesús Menéndez y también del inicio de la Elegía que en su honor escribió Nicolás Guillén. La noticia le llegó al poeta en Rio de Janeiro y al día siguiente comenzó la que ha sido llamada con razón obra sinfónica, de excelente complejidad, riqueza formal y gran sentido ético. A su regreso a La Habana y en viajes por Europa continuó escribiendo y tachando y al fin logró lo que le pareció una versión aceptable en el término de Minas, Camagüey, en 1951.

La Elegía de Nicolás es considerada una obra cumbre de la literatura cubana.

En junio de ese año la publicó la editorial Páginas, ilustrada por la magia rebelde de Carlos Enríquez, con solo doscientos ejemplares que se vendieron a buen precio para contribuir a la causa del Partido del que Jesús era uno de sus pilares. Dos significativos comentarios escoltaban esta edición príncipe, el de José Antonio Portuondo sobre el poeta y el de Angel Augier sobre el gran líder azucarero asesinado, sin firma de sus autores.

Entre los primeros en reseñar la obra figura el poeta y periodista español Angel Lázaro que resumió su admiración diciendo: Da miedo este poema. Mirta Aguirre señaló entonces que Guillén liquidaba los abismos entre lírica y épica y resaltó sus altos valores éticos y estéticos. Al año siguiente, con motivo del cincuentenario del poeta, publicó un enjundioso ensayo que ha conocido varias reediciones en el que destaca la Elegía como uno de los grandes, o acaso el más grande, poema de toda nuestra literatura y ofrece lo que Martí llamaría un curso sobre la poética del autor.

La Elegía ha sido también estudiada y sabiamente comentada por autores como Angel Augier. Consta de siete momentos que se trenzan, usando de diversas y a veces sorprendentes combinaciones métricas y de prosa poética. Los versos libres que abren el canto presentan al líder en su medio natural y las cañas que le avisan del peligro que acecha, de súbito se poetiza una mañana de la bolsa en el corazón del imperio capitalista con citas de periódicos que informan de exitosas operaciones.

De pronto la sangre de Menéndez, cuya defensa de los trabajadores es una amenaza para los dueños de los monopolios, alcanza una alta cotización. Es el prólogo, el anuncio, de su muerte. Un capitán, ávido de la propina, será el instrumento.

Y para presentar al capitán del odio Guillén renunció al familiar octasílabo escogido, devolvió la materia prima al horno y fraguó entonces un canto sustentado por las raras nueve sílabas del romance heroico. Se describe el ámbito familiar del capitán, el dolor y la vergüenza de quienes lo quieren limpio y lo saben criminal, y un verso profético sobresale: Pero tras él corre la muerte.

En el quinto capítulo de esta epopeya aparece el son que tiene como protagonista un soldado honesto, compañero de Menéndez. No es un son jacarandoso y feliz sino doliente, joya de la poesía cubana con esa paloma herida que en cada tramo de su vuelo deja su sangre en viaje hacia la muerte.

Versos bien combinados y tensa prosa devuelven en el penúltimo momento de la Elegía a Menéndez como defensor no solo de los obreros cubanos sino de todos sus hermanos explotados de nuestra América y desemboca en el último episodio que anuncia la victoria de los humildes, la paloma de vuelo popular/ y el verde ramo en el aire sin dueño. Jesús, ese jinete de agua y humo que tan maravillosamente plasmó Carlos Enríquez, es el general invicto de las cañas, el que trae la buena nueva: He aquí el azúcar ya sin lágrimas, el que proclama que al final del largo camino, La mañana se anuncie como un trino.

Sinfonía heroica, alta espiga de la poesía universal, ha sido desde entonces estudiada y exaltada por valiosos críticos cubanos y extranjeros, llevada al canto coral, declamada brillantemente por Luis Carbonell, pero sobre todo ha sido un poema combativo, movilizador, formador de conciencia y el más claro vaticinio de la triunfante revolución popular, lidereada por Fidel, en la voz de Nicolás Guillén en homenaje a un gran cubano, Jesús Menéndez, cuya sangre asesinada no se derramó en vano.

 


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