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 EDITORIAL
El cuadro: representante
genuino del pueblo

LA VALORACIÓN y trascendencia del dirigente en la sociedad cubana,
crece en la misma medida en que son mayores las tareas, más complejos los problemas y
más difíciles las condiciones en que se desarrolla el país.
Acerca de su papel en la construcción de la sociedad socialista se
refirió con amplitud Vladimir Ilich Lenin, quien enfatizaba que después de elaborada y
trazada una línea estratégica, lo principal es el trabajo con los cuadros; también el
Che, en síntesis incomparable, definía al dirigente como la columna vertebral de la
Revolución.
En estos años del proceso revolucionario, Fidel y Raúl han
abundado en los conceptos, los rasgos, las virtudes y la actividad de quienes dirigen, y
ellos han ejercido, como nadie, ese magisterio invariable a fuerza de capacidad,
sacrificios, moral y ejemplo personales.
De esa concepción también hablan la tesis y resolución aprobadas
por el Primer Congreso de nuestro Partido, celebrado en diciembre de 1975, las cuales
refrendaron la fundamentación, las exigencias, y la política a seguir en la formación,
selección, ubicación, promoción y superación de los cuadros. Más recientemente, el
Código de Etica, resulta una ratificación de la continuidad de esa línea, la
verticalidad en los principios y las cualidades exigidas, particularmente en las
circunstancias actuales.
Al dirigente revolucionario, le son inherentes las cualidades
políticas, de orden profesional y de dirección económica. Está obligado a ser
riguroso, conscientemente disciplinado y exigente en el cumplimiento de las regulaciones y
las normas establecidas; ser modesto, austero, ejemplo de consagración, conducta
intachable, y fidelidad sin límites al pueblo, a la Revolución y al Partido; a él le
son incompatibles las actitudes de acomodamiento, adulonería, y cualquier manifestación
de corrupción.
Asunto vital es su ejemplo ante el colectivo de trabajo y la
población; las vivencias y la comunicación directa con las masas; el espíritu crítico
y autocrítico, y el estilo invariable de llamar directamente las cosas por su nombre con
el tacto y la habilidad que se supone posee un cuadro; a él solo les es dable una
máxima: a más trabajo, dificultades y necesidades, mayor ejemplo.
El dirigente tiene que ser una persona creadora de alta sensibilidad
política y humana, un incansable orientador, preocupado y ocupado por las informaciones,
sugerencias, reclamaciones y los señalamientos, y está obligado a responder a quienes se
dirigen a él en virtud de lo que su persona representa en la sociedad.
Ser cuadro no es una profesión ni mucho menos una designación
insustituible o vitalicia; es, en primer lugar, una representación política, estatal y
social, la cual se asume en virtud de las cualidades, los méritos y la capacidad
exigidos, y en ese desempeño permanecerá mientras sus resultados sean suficientemente
eficaces, y se corresponda con su condición en todos los órdenes.
El dirigente estatal debe ser un educador por excelencia. En
tanto representa al Estado y está avalado por las organizaciones y los organismos
políticos correspondientes para el cargo, responde de modo personal e intransferible por
la situación política, moral y la disciplina del colectivo que encabeza.
Piensan y actúan errados aquellos que dirigen y consideran que la
realización del trabajo político-ideológico es competencia exclusiva de las
organizaciones políticas, de masas y sociales del centro de trabajo, y que a él le
incumben solamente los asuntos estrictamente económicos y administrativos. Si bien es
cierto que la actividad política es la tarea principal de las organizaciones antes
mencionadas, ello no exonera a los que dirigen administrativamente de la obligación que
en ese sentido recae sobre su persona. La cualidad política también comprende su alta
responsabilidad a la hora de tomar las decisiones, incluyendo las de tipo económicas y
sociales.
Otra cualidad es su desempeño profesional y el dominio de la
especialidad donde se desenvuelva. Lo más común y deseable es que sea un especialista en
el sentido estricto de su calificación, aunque tampoco puede desconocerse el trabajo
eficaz de algunos dirigentes que, sin poseer todos los conocimientos requeridos, alcanzan
resultados positivos en virtud de sus cualidades de dirección y la autoridad ganada ante
el colectivo.
En las condiciones actuales no es posible concebir el desempeño del
cuadro sin capacidad y conciencia económicas suficientes para orientar, dirigir y
controlar.
Si bien esa cualidad es indispensable para un dirigente
administrativo, lo es incluso para quienes no tienen el administrar como misión esencial,
como es el caso de los cuadros del Partido. Así lo definió Fidel al clausurar el Quinto
Congreso del Partido:
Al cuadro político es imprescindible dotarlo de los
conocimientos, o escogerlo con las cualidades no solo de político, sino con las
cualidades de un buen gestor y de un buen dirigente económico. No quiere decir que tenga
que ser economista, puede trabajar con los economistas, puede asesorarse con los
economistas; pero él tiene que responsabilizarse con eso. Hay que lograrlo.
Otro de los rasgos exigidos, además, es su transparencia para
plantear a su debido tiempo, en el lugar adecuado, y en la forma correcta sus opiniones de
cualquier tipo, sus puntos de vista, discrepantes o concordantes, y señalar sin cortapisa
las deficiencias, sus causas y vías de soluciones. A un cuadro revolucionario podría
faltarle incluso el tacto suficiente para discutir un problema, pero los enfrentará sin
limitaciones si se trata de defender un principio, coartar una indisciplina, o corregir
una ineficiencia que perjudique al trabajo, al pueblo y a la Revolución.
Estos no son tiempos de autocomplacencia, sino de consagración al
trabajo. El país conoce del esfuerzo incuestionable de decenas de miles de cuadros que,
con desvelo y entereza, se esfuerzan por cumplir sus deberes y encaran las dificultades
con dignidad, valentía y espíritu. Sin embargo, de lo que se trata hoy,
impostergablemente, es de hacer más eficaz el trabajo común de quienes desempeñan
tareas de dirección en todos los sectores de la sociedad.
Ello requiere, como ha insistido el compañero Raúl, de un cambio
de mentalidad, de modificar los métodos y el estilo de dirección, de dejar atrás lo
intranscendente, secundario y superfluo, de hablar un nuevo lenguaje, que destierre la
retórica y busque materializar los objetivos y la acción que reclaman los tiempos que
vivimos, así como de hacer corresponder la palabra con los hechos y resultados.
La inmensa mayoría de nuestros cuadros lucha por alcanzar esos
propósitos, pero no dejan de existir en todas las esferas quienes no se percatan que
tales reclamos en la conducta los comprende a ellos por igual; también los hay quienes
consideran que lo que dicen, deciden y hacen es perfecto. En esa falta de no interpretar
lo que se reclama de su actuación, están presentes la superficialidad, la
autocomplacencia, y los rasgos de autosuficiencia, incompatibles con la condición de
dirigente.
Nunca deberá ser el tono plañidero ni la justificación lo que
caracterice la actitud de nuestros cuadros, sino el espíritu resuelto, la lucha contra
las dificultades, la defensa de los principios, los valores y los intereses del pueblo, al
cual se deben y responden por sus actos.
Al esbozar las cualidades, desde luego, no estamos modelando un ser
humano perfecto, sino perfectible; a una persona de incuestionables virtudes, en un
proceso de evolución permanente, y sobre el cual los dirigentes superiores y los órganos
de atención a los cuadros están obligados a influir permanentemente en su formación,
educación y desarrollo. A los dirigentes principales, en cada nivel, les corresponde la
evaluación sistemática y rigurosa de sus subordinados; reconocerlos y estimularlos;
conocer de sus necesidades personales; de igual forma, ayudarlos a superar los obstáculos
cuando tienen dificultades.
La Revolución, con su obra cultural, educacional, política y
social, ha sido forjadora por excelencia de cuadros capaces, de extraordinarios atributos
y de probada entrega a sus tareas, que han demostrado en las batallas decisivas de estos
años su alta responsabilidad política, patriótica y revolucionaria.
Como en un ejército popular, de la inteligencia, los méritos y la
inagotable reserva que tiene el pueblo surgen sus dirigentes, quienes forman un conjunto
de genuinos y fieles representantes de las masas y del poder revolucionario.
Por eso, el mayor mérito y estímulo que pueda recibir un cuadro
que se desempeñe en cualquier instancia de dirección, serán siempre los resultados
exitosos de su labor y el respeto, la admiración, el reconocimiento y el cariño que le
profesen sus subordinados, y el pueblo. |