 
La globalización inevitable debe ser la globalización de la
fraternidad

Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz,
Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los
Consejos de Estado y de Ministros, en la Reunión Especial de Jefes de Estado y de
Gobierno del Cariforo, efectuada en la República Dominicana, el día 21 de agosto de
1998, "Año del aniversario 40 de las batallas decisivas de la guerra de
liberación".
(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado)
Señor Presidente de la República Dominicana;
Excelencias:
La globalización es inevitable. Vano sería oponerse a una ley de
la historia. Pero la que hoy se desarrolla, desde un punto de partida igualmente
histórico, es en cambio posible y también inevitable transformarla, sin lo cual nuestra
especie no podría sobrevivir. Tal vez es ya tarde, pero sería mejor no esperar a que
fuese demasiado tarde.
Un grupo reducido de naciones ricas disfruta y divulga patrones de
consumo irracionales e insostenibles, mientras la inmensa mayoría de los habitantes del
planeta, que en el Tercer Mundo crecen exponencialmente, sufre de una pobreza cada vez
más humillante, insoportable.
Se pretende dar igual tratamiento a países con capacidades y
niveles de desarrollo muy distintos, lo cual es profundamente injusto. Nuestras economías
especialmente atrasadas y vulnerables, consecuencia lógica de siglos de coloniaje,
esclavitud y saqueo, sin esquemas preferenciales y un aporte considerable de recursos no
reembolsables procedentes del exterior, no podrían participar jamás con éxito en la
economía mundial.
Hace 50 años se nos viene engañando con la promesa de reducir el
profundo abismo entre países pobres y ricos que no ha dejado de crecer un solo minuto en
medio siglo de posguerra.
La llamada reciprocidad no sería otra cosa que una injusticia
histórica y una brutal arbitrariedad. Mientras se exige ese mezquino principio, y la
apertura indiscriminada de nuestros mercados, los países desarrollados no vacilan en
mantener y fortalecer mecanismos proteccionistas de diversos tipos, arancelarios y no
arancelarios, con mil diferentes pretextos.
Sobre la base de las disposiciones de la Organización Mundial del
Comercio se busca barrer con cualquier instrumento que proteja el valor de las
exportaciones y contribuya al desarrollo integral de las naciones caribeñas y del resto
de los países del Tercer Mundo. No importa si con ello se nos arrebata la soberanía a
pedazos, ni que se amenace con arrasar la identidad de cada uno de nuestros pueblos y sus
ricas, variadas y a veces milenarias tradiciones culturales.
La ayuda oficial al desarrollo, que podría servir para mitigar en
alguna medida los efectos nocivos de las tendencias actuales de la economía mundial,
disminuye de manera continua. La deuda externa sigue creciendo como un lastre insoportable
para los países que luchan por el desarrollo. El creciente deterioro de los términos de
intercambio, forma sutil pero despiadada de saqueo, representa otro freno a las
posibilidades de progreso de muchos de nuestros países.
En medio de esas tendencias el Caribe enfrenta el serio peligro de
una creciente marginalización. Algunos hechos y percepciones predominantes asignan a
nuestros países un lugar cada vez menos importante en el nuevo orden global que se
configura. La propia supervivencia de nuestros pueblos pareciera no tener la menor
significación. El tema del banano es ilustrativo. Las acciones contra el régimen de
importación europeo motivadas por los intereses egoístas de dos grandes transnacionales
norteamericanas, podrían sacrificar brutalmente las economías de pequeños países
exportadores caribeños cuyas exportaciones alcanzan apenas el uno por ciento del comercio
mundial de ese producto.
Se nos trata de imponer un orden económico en que nuestros países
pequeños y pobres no tendrán otro futuro que el de convertirse en una inmensa zona
franca donde la industria y el capital de los poderosos obtengan mano de obra barata,
destruyan nuestro medio ambiente, agoten nuestros recursos y multipliquen sus ganancias
sin pagar siquiera impuestos, cuando ya esos países no cuenten tampoco con los modestos
ingresos aduanales que antes recibían. ¿Cómo podrían sufragar educación, servicios
médicos, seguridad social, viviendas, agua potable y otras muchas necesidades elementales
de la población?
No podemos resignarnos a la idea de que los países pobres no tengan
otra alternativa que seguir compitiendo entre sí en una loca carrera por hacer cada vez
más y más concesiones para atraer los capitales y las tecnologías imprescindibles para
su desarrollo.
El Acuerdo Multilateral de Inversiones que se discute hoy en el club
exclusivo de los países ricos que es la Organización de Cooperación y Desarrollo
Económico, pretende mover el capital por todo el planeta reduciendo a la impotencia a los
Estados y convirtiendo a los países en estaciones de paso donde extraer ganancias
máximas y destruir el medio ambiente. Nuestros países reconocen la función que el
capital internacional desempeña actualmente en la economía mundial, pero no podemos
aceptar el desmantelamiento de nuestra soberanía ni renunciar a tener programas
nacionales de desarrollo. Para Cuba es intolerable que en ese Acuerdo Multilateral de
Inversiones se pretenda algo tan absurdo como la idea de convertir en norma jurídica
internacional de carácter obligatorio los principios extraterritoriales de la ley
Helms-Burton que el gobierno de Estados Unidos quiere imponer y que tan dignamente el
Caribe rechaza.
Amenaza también nuestro futuro la economía artificial de
especulación financiera desenfrenada que la globalización neoliberal ha estimulado hasta
extremos insoportables para el propio sistema, especulando con acciones, bonos, monedas
nacionales o cualquier elemento capaz de generar ganancias. Se destina una inmensa masa de
dinero a buscar dinero y multiplicarse a sí mismo sin producir nada, sin construir una
fábrica, sin relación alguna con el comercio real de bienes o servicios. Esa economía
artificial ha convertido al mundo en un gigantesco casino donde se apuestan cada día 1,5
millones de millones de dólares, es decir, una cifra equivalente al valor total de más
de 15 días del producto bruto de la economía mundial.
Es por ello que las crisis económicas se desatan, los globos
financieros estallan, las migraciones masivas no se detienen, el clima cambia, las
víctimas de las enfermedades prevenibles aumentan y la inestabilidad política y social
constituye la regla y no la excepción.
En medio de tantas dificultades, nos admira el esfuerzo tenaz de los
países del CARICOM por el bienestar de sus pueblos y el desarrollo de sus economías. El
turismo, a través del multidestino, bien podría convertirse en el motor principal de la
integración caribeña, el incremento del comercio, las inversiones y los contactos entre
nuestros países. Podríamos proyectarnos al mundo como el destino turístico más
atractivo, un destino único y diverso que al mismo tiempo brinde un buen ejemplo en
cuanto a la preservación del medio ambiente y nuestros recursos naturales.
En el desarrollo turístico de nuestra área no somos ni seremos
competidores sino socios y colaboradores estrechos. Nuestras playas e instalaciones
turísticas están abiertas a los países del área para recibir inversiones caribeñas
que quieran participar en el turismo cubano, al igual que estamos dispuestos a realizar
inversiones cubanas en los países hermanos y cercanos del Caribe.
Agradecemos profundamente el apoyo recibido de los estados
caribeños, que hizo posible nuestra participación como observadores en la próxima
negociación del nuevo acuerdo de la Convención de Lomé. Siempre daremos prioridad a los
intereses de los países del grupo Africa-Caribe-Pacífico que integran esa Convención;
no pretenderemos nada que afecte o disminuya en lo más mínimo las preferencias de los
países miembros, y trabajaremos junto a ellos, con la dedicación y lealtad que nos
distinguen, para mantener y ampliar esas justas preferencias.
La unidad es la única y verdadera fuerza con que cuenta el Caribe.
Solo unidos podemos defendernos a nivel de región y extender esa unión a Centroamérica,
Suramérica, Africa y los pueblos de otros continentes.
La unidad caribeña es también el rechazo decidido a cualquier
intento de dividirnos.
Los problemas del Caribe son inseparables de los problemas del
Tercer Mundo, y aún más: de toda la humanidad. Y requieren respuestas globales.
Contamos como aliados a los países del Tercer Mundo, y en
particular a los que forman parte del Movimiento de Países No Alineados. Los que ayer
fuimos descubiertos, repartidos, conquistados y convertidos en colonias, hoy tenemos la
posibilidad de actuar como fuerza mayoritaria en los diversos foros donde se decide el
mundo del siglo XXI.
El Caribe debe estar representado en el Consejo de Seguridad con la
frecuencia a la que la región, por su prestigio, su historia y su capacidad política, es
merecedora; en la Comisión de Derechos Humanos y en todos los foros donde se libra hoy la
batalla por el derecho a la vida y al bienestar de los pueblos.
El futuro depende de nosotros mismos.
Lo que reclamamos, y por lo que debemos luchar, es que la
globalización inevitable que por ley de la historia hoy se desarrolla, sea la
globalización de la fraternidad y la cooperación entre todos los pueblos, del desarrollo
sostenible, de la justa distribución y el uso racional de las abundantes riquezas
materiales y espirituales que con sus manos y su inteligencia es capaz de crear el hombre,
condición indispensable para la patria común ineludible de una humanidad que puede y
debe perdurar.
Muchas gracias. |