La Batalla del Jigüe - Aniversario 40

Lo principal es la moral de lucha

Coronel AMELS ESCALANTE COLAS,
del Centro de Estudios Militares

Cada 21 de julio se cumple un año más de uno de los principales hechos de armas de nuestra historia contemporánea: "la Batalla del Jigüe".

Corría el mes de julio de 1958. La lucha insurreccional del pueblo de Cuba, con su vanguardia armada: el Ejército Rebelde, propinaba cada vez más, fuertes y continuos golpes a la feroz dictadura de Fulgencio Batista, que impotente para enfrentar el ímpetu revolucionario que se desarrollaba en toda la Isla, y en especial la guerra de guerrillas, que duraba ya aproximadamente 20 meses, teniendo como escenario principal la cordillera de la Sierra Maestra, descargaba su ira contra la población civil de las ciudades y poblados, y contra los combatientes clandestinos que caían en sus manos.

El capitán rebelde Andrés Cuevas, caído heroicamente en la zona de Purialón, durante el rechazo a uno de los intentos por reforzar al batallón cercado.

En el campo militar, el régimen tiránico, aprovechando las condiciones creadas por el fracaso de la huelga de abril, realizó un postrer esfuerzo para intentar liquidar a la guerrilla en la Sierra, encabezada por el Comandante Fidel Castro Ruz, lanzando desde finales del mes de mayo de ese año contra el Primer Frente José Martí, su conocida ofensiva de verano, cuyos planes habían quedado codificados como "Plan FF", que eufemísticamente significaba Fase Final o Fin de Fidel.

La ofensiva enemiga se desarrollaba en un territorio que abarcaba aproximadamente 900 kilómetros cuadrados, ubicado en el extremo occidental de la principal cordillera de Cuba. En el centro de dicho territorio se encontraba la Comandancia General del Ejército Rebelde, establecida en La Plata integrada por un grupo de importantes instalaciones, como el hospital y la radio rebelde y hacia donde iban dirigidos todos los esfuerzos del ejército batistiano, avanzando por tres direcciones convergentes.

Por una de esas direcciones, se movía el Batallón 18 enemigo, al mando del entonces Comandante José Quevedo Pérez (hoy general de brigada de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas Revolucionarias), que había desembarcado el 22 de junio por el poblado de La Plata, en la costa sur, ubicado a unos 115 kilómetros al oeste de la ciudad de Santiago de Cuba.

En su movimiento hacia el norte, rumbo a "la Comandancia", cumpliendo las indicaciones recibidas de su mando superior, el batallón enemigo había llegado, 4 días después de desembarcar, a un intrincado paraje de la abrupta Sierra, en la confluencia de los ríos La Plata y Jigüe.

Aquel lugar se conocía por sus escasos moradores, con diferentes nombres, pero el más empleado, era el del Jigüe.

Luego de varios días en que la fuerza enemiga intentó inútilmente en varias ocasiones adentrarse en la escabrosa región, con el fin de llegar al objetivo que tenía planteado, amaneció el 11 de julio concentrada en un área de terreno reducido, ubicada en una pequeña elevación, de unos 150 a 200 metros de largo por 50 de ancho.

Lo que no conocía el jefe de la tropa enemiga era que el bello amanecer que aquella mañana se ofrecía a su vista, llegaba acompañado por el establecimiento de un cerco que había organizado en torno a su unidad, una agrupación rebelde al frente de la cual se encontraba personalmente el Comandante Fidel Castro Ruz.

Desde el propio día 11 hasta el 21 en que terminó la batalla con la captura del batallón 18 completo, el enemigo realizó varios intentos por romper el cerco desde dentro, pero todos resultaron infructuosos, al igual que los refuerzos enviados desde la costa en dos ocasiones con el fin de rescatar a los sitiados, los que chocaron a la altura del caserío de Purialón con una poderosa emboscada rebelde que les cortó el camino, obligándolos a retroceder hacia la costa.

Durante aquellos días, la tropa rebelde, mientras que un lado no cesaba de hostigar a los cercados, por otro intentaba convencerlos para que depusieran las armas cesando la lucha. En tal sentido el Comandante en Jefe impartió las órdenes precisas para colocar altavoces en las alturas más cercanas a la tropa enemiga, por medio de los cuales se les lanzaban consignas revolucionarias; se les leían cartas de sus familiares, capturadas a soldados de la tiranía que habían caído prisioneros y actuaban como correos de la tropa castrense; se les trasmitían canciones; y en varias ocasiones se les leyeron mensajes y cartas dirigidas a algunos de los oficiales del batallón, donde se les explicaba los objetivos de la lucha revolucionaria y lo infame del régimen que ellos defendían.

Días después, habiendo sufrido sensibles bajas entre muertos y heridos, agotadas sus municiones, escasos de alimentos, incluida la pérdida del punto de abastecimiento de agua el día 19, al conocer la derrota de los refuerzos que habían sido enviados en su ayuda, y ante una insistente labor psicológica, las fuerzas del ejército, perdidas definitivamente todas sus esperanzas, se rindieron al propio Jefe rebelde, el que en la madrugada del día 21, a las 01:00 horas, entraba vencedor en el campamento enemigo.

Culminaba así una de las más importantes batallas de todas las libradas durante el rechazo de "la ofensiva".

En el orden material, el ejército perdió todo un batallón, que a partir de entonces dejaría de existir en los registros de órdenes y disposiciones del Estado Mayor del Ejército. De los efectivos de la unidad, calculados en 282 hombres, 41 resultaron muertos y 241 prisioneros (30 de ellos heridos). El Ejército Rebelde ocupó además, cerca de 250 armas, numerosos cartuchos de guerra y diferentes pertrechos más. Además, tuvo que lamentar la muerte de 6 combatientes, entre los que se encontraba, el bravo capitán rebelde Andrés Cuevas, ascendido póstumamente, por esta acción, al grado de Comandante. También sufrieron los rebeldes 6 heridos.

La Batalla del Jigüe fue una brillante victoria, concebida, preparada y dirigida directamente por el propio Jefe de la Revolución.

El Jigüe marcó la consolidación del viraje en la ofensiva que la tiranía había preparado con tanto esmero. Con las armas capturadas en el Jigüe, se armaron decenas de nuevos combatientes rebeldes que, más tarde, iniciarían la llamada contraofensiva, con la conocida segunda batalla de Santo Domingo, por donde comenzaría la expulsión de una de las principales agrupaciones que el ejército había logrado mover hasta muy cerca del principal bastión rebelde.

En el Jigüe se puso de manifiesto además, que en la guerra no basta con poseer armas para combatir, lo principal es la moral de lucha, capaz de mover a los hombres a realizar las más difíciles proezas militares.

En el Jigüe, entre 30 y 40 hombres fueron capaces de cercar y hacer rendir a 280. Todo ello se debió a que la desfavorable correlación de fuerzas existente en contra de la guerrilla era suficientemente compensada y aún más, superada con creces, gracias a que el combatiente revolucionario se lanzaba a la lucha consciente de la justeza del ideal que defendía, y que en última instancia sus ideas eran las propias del pueblo humilde del cual procedía.

En un nuevo aniversario de aquella magnífica epopeya, es dable evocarla, no como un hecho histórico más, de determinado nivel de importancia, sino como fuente de experiencias a extraer para fortalecer nuestra constante labor en la preparación del país y enfrentar así cuantas nuevas ofensivas pudieran ser lanzadas contra nuestra patria.

Los enemigos de hoy, mucho más poderosos que aquellos, deben saber, que si osan descargar todo su poder en una injusta y cobarde agresión contra Cuba, sufrirán la acción de todo un pueblo armado, que será capaz de, reeditando cientos de Jigües, luchar con decisión y sin descanso hasta obtener la victoria final.

 
 
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