 FMI
El drama del aumento del capital

JOAQUIN RIVERY
EL FONDO Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM)
acaban de terminar su asamblea conjunta anual sin resultados que hagan pensar en la
posibilidad de que estos organismos contribuyan a una salida de la crisis actual o, dicho
de otra forma, a evitar que las turbulencias financieras se ahonden y desencadenen una
crisis de mayores proporciones aún.
Aparte del conocimiento sobre "los grandes ejes" de la
tarea de sacar al mundo del caos actual, lo único realmente concreto que se obtuvo fue la
confesión de parte de Michel Camdessus -director general del FMI- de que "no
hablamos solamente de países en crisis, sino de un sistema en crisis".
Las demandas de que cambien los mecanismos fueron numerosas e
importantes. El otro punto espinoso, el aumento del capital del FMI en 90 000 millones de
dólares para poder hacer frente a las amenazas de bancarrota de otro país importante o
una serie de países, se ha convertido en un tema de suma urgencia.
Todo está conveniado en este sentido, pero todo se demora. El
acuerdo se logró hace más de un año, cuando casi comenzaba la crisis por el sudeste
asiático, pero sigue sin materializarse.
¿Por qué? Porque los métodos del FMI son tan poco democráticos
como los del Consejo de Seguridad de la ONU. Estados Unidos debe aportar 18 000 millones
de dólares, pero el gobierno de William Clinton no logra de ninguna manera que el
Congreso apruebe los fondos para la casi inaplazable ampliación de capital.
El problema es que Washington tiene poder de veto en las reuniones
del Fondo. La aceptación definitiva del aumento no se puede dar mientras la Casa Blanca
no concrete la entrega de su parte tan necesaria para hacer frente a cualquier
contingencia y, por cierto, la emergencia brasileña de un paquete de ayuda considerable,
que se calcula en 30 000 millones, está casi a la vista.
El FMI es un organismo internacional, dominado fundamentalmente por
Estados Unidos, la gran potencia que decide muchas veces si a alguien se le otorga o no un
crédito o un préstamo. La gran dificultad radica en la guerra intestina que existe entre
un Presidente demócrata y un Congreso dominado por republicanos conservadores.
Los republicanos -y algunos demócratas- ponen una serie de
condiciones al FMI para aprobar que el tesoro norteamericano traspase el dinero: exigen
transparencia en el funcionamiento del organismo financiero mundial, critican los
programas de ayuda emergente a los países en crisis, censuran porque el dinero va a veces
a gobiernos que supuestamente violan los derechos humanos y hasta plantean que se hacen
demandas inadecuadas a las naciones que reciben la ayuda.
La esencia no está en los reclamos de los congresistas
republicanos. El quid de la cuestión consiste, como en otros casos ya conocidos de la
historia, en que en Estados Unidos todo queda sometido a las reglas de la politiquería
interna, incluyendo cuestiones tan delicadas como la situación financiera mundial, que
bien podría golpear duramente a los ciudadanos norteamericanos.
En último caso, las reprobaciones al FMI habría que tomarlas en
dirección al propio gobierno norteamericano, su máximo impulsador durante muchos años,
el que frecuentemente impone sus consideraciones en ese y en otros organismos
internacionales basado únicamente en su poderío económico y militar.
Cuando los republicanos exigen que las actividades del FMI deben
estar sujetas a más control, se refieren a más control por parte de Estados Unidos, que
ya lo domina bastante.
Owen Arthur, primer ministro de Barbados, indicaba en la reciente
asamblea que las medidas emprendidas por las mayores economías de nuestra parte del mundo
tendían a empeorar los niveles de vida en el centro y el sur del hemisferio occidental, y
esto alcanza en primer lugar a los pasos que da e impone el gobierno de Washington a sus
vecinos meridionales.
Si Arthur exigió del FMI y el BM el fin de la práctica del diktat
y la exclusión, el primero en sentirse aludido debe ser el gobierno norteamericano.
La prensa norteamericana hace mucho ruido respecto a los
inconvenientes que el Congreso pone a la aprobación del dinero necesario para que el FMI
pueda continuar con los programas de ayuda a los países que caen en crisis, pero elude
las profundidades al no tocar la posición republicana como un manejo de política interna
en año electoral, que poco tiene que ver con la realidad y las necesidades de los propios
Estados Unidos y del mundo.
De esta forma, un nuevo golpe desestabilizador puede sorprender a la
comunidad financiera y el FMI puede verse sin los recursos necesarios para hacerle frente
debido a manías politiqueras que en la colina del Capitolio pueden más que cualquier
otra cosa. El mundo, sin quererlo, se ve dependiente de los intereses electorales internos
norteamericanos.
NOTA: Cuando yo hablo de "ayuda" del FMI, ruego se
me entienda correctamente. Se trata de "ayudas" extremadamente condicionadas,
cuyo fin es apretar las tuercas al máximo en los países subdesarrollados para proteger
los postulados de la teología del neoliberalismo, sin importar las consecuencias sociales
que se derivan de los famosos programas de la institución internacional. |