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 Barenboim, generoso y magnífico

Pedro de la Hoz
Pura música, toda la música, sin exageraciones ni divismo,
lección magistral acerca de cómo la excelencia artística cobra mayor relieve cuando la
técnica relevante se conjuga con la grandeza de espíritu y la generosidad en la entrega:
esa es la huella que dejó el pianista argentino-israelí Daniel Barenboim en el recital
que regaló a Alicia Alonso, al Ballet Nacional de Cuba en su cincuentenario y al público
que abarrotó la sala García Lorca el último viernes, para no perderse un encuentro
excepcional y único.
El programa anunciado no podía ser más exigente: sonatas de
Beethoven y Liszt. Del maestro de Bonn, Barenboim seleccionó dos momentos importantes de
su evolución pianística, el opus 13 y el opus 109, es decir, el principio y la plenitud
de lo que puede llamarse el ciclo de sucesivas contribuciones de Beethoven al desarrollo
de un lenguaje nuevo para el instrumento, en correspondencia con las necesidades
estéticas de su expresión. De Liszt, la imprescindible Sonata en Si menor, cuya
dramaturgia interior reclama del intérprete tanto el despliegue de sus mejores dotes de
virtuoso como una muy peculiar sintonía anímica con las diversas sugerencias de un
material que incluye pasajes líricos y épicos.
Barenboim discurrió por todas las zonas con un extraordinario
sentido de la lealtad, como para demostrar que el intérprete ideal es aquel que sabe
leer, asimilar, interiorizar y trasmitir ni más ni menos la escritura original más allá
de sus signos, penetrando en la esencia misma de los contenidos. En una palabra,
interpretar es servir y entregar y Barenboim lo hizo como pocos.
El resto de la noche quedará en los anales de la leyenda: doce
encores: valses y un nocturno de Chopin, música española y argentina, sublimación de
Lecuona, sutilezas románticas, filigranas memorables; el artista en pleno estado de
gracia, enervado y enervante, y a la vez, justo y noble. Sin hipérbole: entre lo mejor de
la música de concierto que haya visto y oído La Habana en tiempos.
Ya en el plano personal, una anécdota ilustra la dimensión humana
del pianista y director sinfónico: no quería irse de Cuba sin conocer personalmente a
Rubén González. "Es que el piano de González -comentó- no tiene parangón cuando
dibuja los danzones". |