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Día de la Cultura Cubana

Libertad y responsabilidad

LUIS SUARDIAZ

A CIENTO treinta años de que se cantara por vez primera el Himno de Pedro Figueredo, el de Bayamo en armas, el vibrante Himno Nacional, celebramos una vez más el Día de la Cultura Cubana, en momentos de reafirmación ciudadana y de resonantes victorias cívicas y en escenarios internacionales, como la reciente de Naciones Unidas, contra el insólito bloqueo yanki.

No es un secreto que Patria y cultura son inseparables en nuestro devenir. Desde los primeros intentos literarios y artísticos de los siglos XVI y XVII comenzó a expresarse lo esencial cubano. Una canción con elementos autóctonos, la pintura de un paisaje, el elogio a un árbol, un río, un pájaro, una fruta, eran ya las simientes del canto total y aun los más moderados estudios y ensayos sobre conocidos fenómenos sociales eran considerados en los albores del pasado siglo como llamados al disturbio y a la insurrección.

Fue durante las tres décadas que van de Yara al fin de la Guerra por la Independencia en 1898 que se fue forjando el rostro de la nación, así en las homéricas batallas como en los desvelos de la tregua fecunda. Manifiestos y proclamas, diarios de campaña, modestos, pero eficaces periódicos, piezas musicales y teatrales, caricaturas y poemas no solo clamaban por un destino independiente sino constituían los gérmenes de un arte mayor que solo halló un ámbito propicio con el triunfo revolucionario de 1959.

Todas las ansias libertarias se concretaron en un símbolo: El Himno de 1868, cuando el verso, la música y los cantores llamaban al combate definitivo. En ese instante los hombres de pensamiento y los esclavos analfabetos recién liberados se unían aún más en una luminosa hazaña espiritual: luchar hasta las últimas consecuencias por la plenitud del ser humano. Cada cual con sus armas, como más tarde puntualizó José Martí, y no pocas veces con todas las armas.

Fue precisamente nuestro Apóstol quien nos encomendó una irrenunciable tarea cuando advirtió: No hay igual social posible sin igualdad de cultura, divisa de las sucesivas generaciones de revolucionarios que a lo largo de este siglo no han vacilado en cumplir con su deber patriótico.

Este año la Jornada Cultural está dedicada a un cubano ejemplar: Juan Marinello y también al VI Congreso de la UNEAC. De este modo, el aniversario ciento treinta del Himno, el centenario del dignísimo intelectual y el próximo Congreso de Escritores y Artistas se trenzan simbólicamente. Porque Juan Marinello no fue un lector sosegado sino un estudioso, crítico, y defensor de lo mejor de nuestra historia y de la cultura como proceso vivo, en desarrollo, y bastión de nuestra identidad.

Marinello ahondó como pocos en la obra de José Martí, y fue hasta sus últimos días uno de los más fértiles y fieles intérpretes de su legado. Al renunciar a la plácida y cómplice vida reposada que le ofrecía su origen de clase y lanzarse al torrente de la revolución social asumió no sólo lo mejor de las nuevas corrientes culturales, sino que no le hurtó el alma y el cuerpo a severas responsabilidades. De la elegante poesía intimista y el ensayo lujoso pasó a la tribuna improvisada, la urgencia del periódico y el rigor de la cárcel política, el desarrollo, o la clandestinidad.

De la modernidad literaria y artística, a la que nunca renunció, a la justeza filosófica y la praxis del marxismo, de lo doméstico a lo universal, con énfasis en las carencias y afanes de esa América nuestra que él aprendió a sentir como suya desde las primeras lecciones martianas y a partir de su propia experiencia.

Decantación y rescate de las lecciones del pasado, enfrentamiento decidido a las tareas de su tiempo y demanda de un porvenir donde prevalezcan el humanismo revolucionario y la libertad por sobre la necesidad de lo inmediato, caracterizan el pensamiento íntimo y la gestión pública de Marinello para quien la cultura no fue un disfrute de solitario sino un modo de servir. Por eso, el Día de la Cultura se honra con su figura, venerable y fraterna, universal y familiar, y debe llamarnos a meditación lo que, escrito por su mano, preside los trabajos del VI Congreso de la UNEAC, válido para todos los que aman y fundan: Toda gran libertad es gran responsabilidad.

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